domingo, 13 de junio de 2021 | 4:43 AM

¡Gracias, míster Trump!

Oscar Wilde tiene una segunda parte en la obra literaria de su autoría con el espejo de factores guayaneses. En este se refleja la cara bonita de los defensores de la libertad, pero el revés asombra por su fealdad.

@OttoJansen 

Los perdedores huelen a tigre, dice una conseja popular del patio, y efectivamente nadie se acerca a ellos. Mucho más debe ser a uno del imperio donde los movimientos de todo tipo son estruendosos. De acercarse, es decir de no tomar distancia, sea por curiosidad o por elemental civilidad, es de obligación la prudencia, considerando el campo minado de interpretaciones, intereses, susceptibilidades y, claro, análisis estructurados de quienes conocen la materia estadounidense (que existen muchos, como constatamos en los medios y en las redes; brillantes y con gran autoridad).

Nos interesa el ángulo de la extensa Guayana en el asomo a las elecciones gringas (por razones obvias, no vamos más allá de lo que supuso el espectáculo que tomó de pretexto el enfrentamiento entre demócratas y republicanos). Resultados que innegablemente incidirán, no sabe uno cuánto, en los tortuosos caminos de la recuperación del orden constitucional venezolano, que por lo que “olemos” (porque de olores hablamos), ya muchos están preparados para dejar el “pelero”, y no se sabe, o quizás sí, por qué los resultados de los comicios del país del norte son el alegre punto de partida para partidos, grupos, personalidades, asociaciones e instituciones que dejarán  de apoyar a lo que hasta ahora fue la figura del gobierno interino. Desde el mes de enero próximo en adelante, si no hay adelanto de “aguinaldos” en la ofensiva revolucionaria, será lo que Dios quiera con el futuro de este país. El olor a tigre, entonces, hasta donde nos llega la percepción, no ha tenido extensión al grueso de los guayaneses maltratados por la escasez de dinero, gasolina, hiperinflación, y la pesadilla diaria de los servicios: uno que otro comentario inmediato sin pasión particular. Otra cosa fue en el debate de las redes sociales con sus respectivas posiciones, que han tenido de diferente en esta ocasión, la respuesta diversa e inmediata con juicios sobre la libertad de expresión, la conducta del presidente saliente de USA (demasiado fácil de cotejar) y las supuestas revaloradas bondades de los nuevos giros políticos del suelo americano. Y entonces, como lo dijeron muchos, la extrañeza se inscribe en la pregunta del por qué una vanguardia tan certera -referencia puntual al caso del estado Bolívar- no lleva la misma preocupación, pasión y señalamientos de lo que ocurre en nuestro entorno inmediato.

La impertinencia de la observación en una discusión que tiene ribetes de preocupación genuina sobre las aristas democráticas parte de elementos locales concretos en los que se evidencia el cuestionamiento, por ejemplo, en relación con el episodio del allanamiento de Correo del Caroní hace pocos días, luego del cual a voces especialistas y demócratas nunca se les escuchó levantar la voz contra el atentado tiránico a la libertad de información y expresión. ¿Por qué no afecta con el mismo escozor el sufrimiento vivo por donde andamos? Hay que estar con el bien, esté donde esté. Por supuesto, son casos y cosas distintas, pueden decir algunos, y bueno… así quedará todo.

El retrato de Dorian

Oscar Wilde tiene una segunda parte en la obra literaria de su autoría con el espejo de factores guayaneses. En él se refleja, igual que en el texto citado, la cara bonita de los defensores de la libertad, pero que en el revés, la decrepitud (en este caso, esa relativización de la verdad) asombra por su fealdad. Si el ejemplo es pedagógicamente exagerado, no se puede negar que algo anda mal en la determinación de mirar los males del norte y no los de aquí mismo, en nuestras propias narices, con los testaferros económicos y políticos del general Rangel Gómez (prócer de la revolución bolivariana que marca los propósitos totalitarios), así como los que copan organismos internacionales de ayuda humanitaria con la forma ágil en que se deslizan en las pocas universidades funcionales y como los representantes y candidatos de partidos secuestrados en elecciones de legitimación del régimen.

Parece que estuviésemos impedidos de mirar las huidas hacia adelante de muchos que se pretenden líderes empresariales que siempre callan; los rituales que no asombran a nadie de la doble cara de los gastados dirigentes de la supuesta alternativa democrática que surfean en las olas permanentes de sus intereses, sin que la impotencia y la desgracia social les afecte. Todo esto ante los ojos de la cotidiana opinión pública regional.

De allí que nos parece justo darle las gracias a míster Trump por ser esa diana en la que se centran los encontronazos del sentimiento libertario que es casi un boomerang para las emociones venezolanas. Sin dudas, el proceso Chávez hizo trizas nuestros valores y bienes y fue superior en manotazos y desplantes, pero por lo que se ve, nos quedamos con lo que nos muestra el imperio en su dinámica polarizada. Claro y ya formalmente damos gracias al exmandatario por las diligencias y apoyo a la causa de este país, aun cuando por sus caprichos, intemperancias o el entramado de pasos de la normativa estadounidense (¿cómo saberlo?), las resoluciones anheladas se las terminó llevando el viento. Vamos ahora a esperar, mientras hacemos el reconteo propio de las fuerzas democráticas internas locales y nacionales, cuál será el modo de contribuir de la administración del señor Biden.

Nos queda, eso sí, ponerle mejor olfato, consecuencia y empeño a la tragedia social, económica y política de Guayana, en nuestro caso. Así puede hacerse mejor, creo, la exhibición del júbilo en favor de la perfectibilidad democrática donde esta se manifieste.

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