martes, 28 de septiembre de 2021

Fábula de la gasolina y del mito coronavirus

Se actúa colectivamente forjando expectativas que no se construyen con la realidad. Fantasías en una circunstancia compleja que no tendrá resoluciones de volver al desarrollo y a la democracia.

@OttoJansen

Las comunidades surcan el durísimo desierto que han impuesto el desmantelamiento de los servicios y la extinción de la gerencia pública. Esto ha traído mayores secuelas a las que la población responde con actitud mecánica. El estado Bolívar es dura constatación de esto: sus incontables crisis de agua, servicio eléctrico, transporte, aseo domiciliario y aguas residuales destruyendo la vialidad casi que dejan de lado a la violencia antisocial (en municipios mineros, etnias indígenas, en las ciudades y en el campo) que se pierde en números y casos. Ponen en otro hemisferio de la atención colectiva las dificultades de la desaparición de la moneda, la hiperinflación y, con ello, la adquisición de alimentos y productos de primera necesidad.

Es una atmósfera que no sorprende con las trabas infinitas a lo que fue la normalidad de las ciudades. Ya se dejó de responder a razones y fundamentos de la civilidad, a las leyes y a lo que directamente tenemos entre manos: el rescate del orden constitucional. En este punto “ayudan” las explicaciones de grupos de intereses económicos y políticos -siempre en las antesalas del poder del signo que sea- que propugnan pactos con la revolución bolivariana y sus alianzas con Cuba y otros Estados totalitarios, responsables de estos derroteros nacionales.

Amenazados como estamos por el COVID-19 que aúlla, in crescendo, los horrores de otros países, tenemos por morada el lecho de roca del abismo, cuyas dantescas dinámicas no están exentas de jerarquías y etiquetas sociales (es, sin duda, el cálculo del socialismo del siglo XXI) y donde seguramente y cada vez más, de continuar así, será la miseria con sus bajos instintos la que impondrá su naturaleza. ¿Por qué las numerosas protestas que vienen sacudiendo en las regiones venezolanas, descritas por los observatorios de servicios, conflictos y violencia, no tienen capacidad de generar soluciones ante males tan tortuosos? Sabemos que el control dictatorial, la represión con sus aparatos de seguridad y la censura imponen a los pobladores límites casi insalvables. Conocemos que la degeneración de las organizaciones partidistas no conecta con la aspiración ciudadana, harta de poses y manipulaciones. Hemos presenciado episodios bochornosos en nombre de la lucha por la libertad, que para colmo se repite alejando a la gente al rincón de fantásticos delirios contra el régimen y soslayando la perseverancia frente a las trampas dictatoriales. Pero, ¿por qué nos hundimos cada vez más, sin alientos que ayuden, a la resiliencia entronizada -tal como lo leímos en las redes- que también se ha demostrado como cultura de la vida democrática de otros periodos?

Limpiar la casa

Los guayaneses desafían desde la cotidianidad de su vida los embates de un tiempo anormal. Desde el espíritu construido por la boyante economía que nos proporcionaron las empresas básicas, los días y meses eran para la joda y los comentarios sin trascendencia sobre el hecho político cuando muchos descubrieron que el socialismo era además de una farsa, una tenaza contra la denuncia. Que es un grupo de incompetentes y corruptos, peores que los que ostentaron las riendas de Venezuela y de la región. Cuando descendemos al abismo de las necesidades y nos percatamos de que solo podremos superarlo con tesón y sacrificios, las reminiscencias ponen a la población en un trance escéptico, a las explicaciones incoherentes que eluden racionalidades dolorosas. Se actúa colectivamente forjando expectativas que no se construyen con la realidad. Fantasías en una circunstancia compleja que no tendrá resoluciones de volver a la república, al desarrollo y a la democracia, si cada guayanés no se dispone a asumir la lucha que le corresponde. Con ideas renovadas, claridad de objetivos, otros protagonistas y el ímpetu ante los riesgos.

En diciembre tendremos pernil, consigna de la usurpación que provoca risas y llantos, pero que sirve para que algunos relajen sus angustias y esperen que del cielo caigan los pedazos que nunca llegaron a las clases populares. Pero que ahora “sí vendrán” con otros “obsequios” para superar las pesadillas sociales que tampoco en 20 años de revolución han tenido soluciones. Los barcos iraníes normalizarán la gasolina -dicen- en un país petrolero cuya corrupción e incompetencia fundió las refinerías. El coronavirus, que tantas muertes hemos visto producir en otras sociedades, ahora resulta que no tendrá consecuencias en una Venezuela cercada por fronteras contagiadas. No habrá, según el relato prosaico, consecuencias en este país desmantelado en su red hospitalaria. Solo el espejismo que mata la esperanza de cambios es la explicación a estos delirios.

Al cerrarse el ciclo inexorablemente se impone la conseja del sentido común que invita al sentimiento nacional a detectar cómo se comporta el Estado fallido bloqueando todos los derechos. Urge articular las voces al unísono que empujen el imprescindible gobierno de emergencia nacional, propuesto por Guaidó y la Asamblea Nacional, hoy requisito fundamental para derrotar la tragedia extendida.

¡Mantente informado uniéndote al canal de WhatsApp o Telegram del Correo del Caroní!

Hazlo a través de los siguientes links https://chat.whatsapp.com/Gk9ekJ3cLHT6eHXvCIjFBZ | https://t.me/NoticiasCorreldelCaroni

Más del autor

Un tiro al piso

La motivación por recuperar la institucionalidad perdida de manera particular en las provincias y rescatar y reimpulsar la noción de gestión pública desaparecida tiene ecos en los propósitos de la ciudadanía regional. | Foto William Urdaneta

Las batallas por el agua

Los bolivarenses no tienen acceso a los montos asignados para la construcción de acueductos modernos ni a los documentos oficiales para determinar los millones de bolívares o dólares que debían mostrar las obras culminadas, mil veces diagnosticadas en décadas pasadas. | Foto cortesía

Integración familiar: el florecer del cambio venezolano

Esta condición estructural del alma venezolana es el mecanismo de fuerza y creatividad para alcanzar la derrota de los antivalores, a pesar de los incontables recursos y el desdén por la racionalidad. | Foto William Urdaneta

Sobre festines con pobreza

Lo mejor que sucederá en la región es que la indiferencia ciudadana sea tan evidente para esas fórmulas electorales circenses que los borre del mapa político en el propósito de enfrentar el modelo chavista. | Foto William Urdaneta

¡Síguenos!

Notas relacionadas

Profundizar la lucha libertadora

Algunos preguntan, qué proponemos en concreto como vía distinta a lo electoral. Pero, quienes preguntan lo señalado, saben que los caminos establecidos a lo largo de la historia para derrocar tiranías están vigentes. Allí están, a la espera del liderazgo necesario.

Gobernanza global, criminalidad, y democracia

El Seminario “Gobernanza Global y Crecimiento en Libertad”, auspiciado IDEA, ha dejado lecciones y desafíos para el pensamiento y la acción, muy urgentes de atenderlos.

¡Llegaron los robots!

Mecanismos más sofisticados con el paso del tiempo, más eficientes, con mayor musculatura, pero sobre todo, más constantes que sus predecesores de carne y hueso, en materia de valores éticos. | Foto cortesía

Cuidar a los cuidadores y cuidarse uno también  

Se sabe que la violencia intrafamiliar se ha incrementado en buena parte por las dificultades en el manejo de las emociones por parte de los padres. ¿Quién los acompaña a ellos?

Un tiro al piso

La motivación por recuperar la institucionalidad perdida de manera particular en las provincias y rescatar y reimpulsar la noción de gestión pública desaparecida tiene ecos en los propósitos de la ciudadanía regional. | Foto William Urdaneta

Sobrevivir a mi tiempo

Hay escritores que escriben para colmar las insaciables apetencias de su voraz ego; son los escritores ególatras y narcisistas que escriben para contemplarse indefinidamente en el pozo insondable de sus vanidades. Contra eso no se puede hacer nada.