domingo, 20 de junio de 2021 | 12:30 PM

Estado petrificado

¿Qué decir de los centros de salud que se derrumban a vista de habitantes y pacientes? ¿Que no dice la población de los entuertos y penosos incidentes que han pasado con el servicio de agua a nivel de Heres, Caroní y Piar?

@OttoJansen

El término de Estado fallido, aun cuando describe a plenitud la inoperancia institucional de un país, también se asocia a lenguaje sobre la abstracta materia política. Pero las circunstancias de la cotidianidad venezolana son muchas y graves, como para no darse cuenta lo que el gobierno de la revolución pretende ocultar: nada funciona.

Se trata de episodios trágicos que ocurren en municipios, poblaciones pequeñas o en las ciudades con la pesadilla de los servicios públicos, por ejemplo. Muchas de las circunstancias a los que la vista del apolítico dirige su atención, son comparables a episodios terribles de naciones que llegaron al borde de la catástrofe, alejándose de los marcos de sociedades alineadas al espíritu de las normas, el imperio de la ley, la independencia de poderes y el Estado benefactor, vigilante de los deberes y derechos de mayorías; coordenadas de la civilización y la modernidad.

“Contó cómo castigaron a un miliciano que había delatado a su jefe: le quitaron todos los dientes con un alicate, le metieron alfileres bajo las uñas y luego lo despedazaron poco a poco; cuando estaba a punto de morir lo quemaron vivo en presencia de todos, hasta reducirlo a cenizas”. El párrafo corresponde a los relatos Los niños de la guerra sobre vivencias de la Colombia de finales de los años 90 y principios del 2000 que escribe el periodista Guillermo González Uribe y que cita el interesante libro El horizonte encendido del periodista venezolano Rafael Osío Cabrices en su paneo de esos años por la crisis de la democracia en Latinoamérica. La práctica del horror como mecanismo de control de los pueblos en aras de mantener el negocio de la droga que llevaron a cabo grupos de autodefensa, la guerrilla de las FARC-ELN y el propio Ejército del vecino país, en el medio de la violencia donde el Estado se diluía en nación hecha aguas por todas partes. Aquí no estamos exentos de tal posibilidad.

Organismos acéfalos

¿Cómo nos movilizamos sin transporte y sin efectivo? Es pregunta de cuantos buscan la normalidad y proporcionarse el sustento, y si bien es su preocupación fundamental, de igual manera no escapan al rumor, en ocasiones casi imperceptible que llegan, a pesar de los obstáculos para difundir la noticia de los medios de comunicación independientes. Son casos como el de San Juan de las Galdonas, en el estado Sucre, donde las bandas delictivas por el control de las drogas se enfrentan, descuartizan a ciudadanos e imponen a plomo su presencia. Un patrón que en Guayana comienza a hacerse normal. Las masacres en los pueblos de Paria que vienen sucediéndose desde hace varios años y que cada vez, como la más reciente de días finales de septiembre pasado, las autoridades niegan y minimizan. Sucedió en Tumeremo, de nuestro estado Bolívar, en el 2016, donde el gobernador y las autoridades callaron y negaron el ajusticiamiento hasta que ya fue inevitable por la reacción de la población. Pero no han parado los hechos sangrientos: este mismo año, los cuestionados enfrentamientos de bandas criminales con las Fuerzas Armadas en Sifontes y El Callao han dejado estela de denuncias en relación a muertes de inocentes, desapariciones y asesinatos de líderes indígenas por acción de grupos irregulares o en situaciones poco claras (José Vásquez, de Gran Sabana y Oscar Meya, San Luis de Morichal). El dantesco asesinato en Heres del exdiputado regional del PSUV Aldrin Torres y su compañera sentimental, sobre el que pesa un manto de silencio. Ocurrió también hace un par de meses en las minas que integran el municipio Sucre de este estado: matanza de la que se conoce poco, de la que supuestamente los cuerpos de seguridad y el propio Estado venezolano tienen detalles espeluznantes, como puede intuirse, y solo el silencio, el dejar pasar, es conducta de las llamadas instituciones. Frente a niveles de amenazas evidentes a la población ¿Se han pronunciado los concejos municipales? ¿Existe algún tipo de iniciativas del Consejo Legislativo del estado Bolívar en las circunstancias que competen a este territorio? Ni los organismos nacionales, ni las fantasmales instituciones locales elevan su sensibilidad o preocupación, menos encaminan procesos de investigación o de carácter legislativo. Este es el solo caso de la violencia antisocial, que además tiene expresiones de elevada organización en las ciudades; ¿Qué decir de los centros de salud que se derrumban a vista de habitantes y pacientes? ¿Que no dice la población de los entuertos y penosos incidentes que han pasado con el servicio de agua a nivel de Heres, Caroní y Piar? profundizados hasta por impericias e improvisaciones pintorescas, para desesperación de los habitantes; y por supuesto de montos de ejecución aprobados en algún momento, ninguno de los organismos oficiales indaga o se hace eco. El aparato del Estado venezolano no se ocupa. No lo hace porque perdió su razón de ser: están sumergidos en la demencia que avista imaginarios y espejismos ideológicos. Solazados en el caldo de intereses inmediatos, personales y grupales, mientras la población es asediada por el hambre, por problemáticas como las descritas y por el rosario infructuoso de medidas sobre la monetización o las distorsiones financieras y económicas de donde definitivamente no podrán salir, por falta de sindéresis y ausencia de las más mínima realidad.

Construir el bienestar guayanés

Las regiones deben dar el paso al frente, con decisión y firmeza sobre el papel que les corresponde en la recuperación de la democracia en Venezuela. Pudiera ser una afirmación eufemística, que no lo es cuando palpamos que toda la suerte del futuro del país, pretende hacerse desde Caracas, incluso la dirigencia partidista opositora quiere cumplir su trabajo político y hacer sus pronunciamientos desde la capital. Se entiende en un país hipercentralizado pero también se entiende, si se quiere interpretar el anhelo ciudadano, que las transformaciones de calidad de vida, profundización de participación democrática, asistencia del Estado e impulso concreto del bienestar social, pasa por fortalecer la actuación de las instancias más cercanas a la vida de las comunidades. Igualmente, por interpretar la idiosincrasia ciudadana de la Venezuela post revolucionaria, que exige dominio de las nuevas y variadas manifestaciones; más aún de una región tan extensa como la del estado Bolívar.

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