sábado, 27 de noviembre de 2021

Escritores que paren y escritores que empollan

Hay todo tipo de escritores, pero en particular abundan dos: los que paren y los que empollan. Cada uno se distingue por su forma de enfrentar a la página en blanco y en cada práctica de escritura se esconden rituales y manías que forman parte de los entretelones de la creación. | Foto cortesía

Hay todo tipo de escritores, pero en particular abundan dos: los que paren y los que empollan. Cada uno se distingue por su forma de enfrentar a la página en blanco y en cada práctica de escritura se esconden rituales y manías que forman parte de los entretelones de la creación. | Foto cortesía

@diegorojasajmad

Últimamente me ha dado por pensar que existen dos tipos de escritores: los que paren y los que empollan. Los hay quienes se enfrentan a la página en blanco con alegría y optimismo, guiados por una mágica inspiración, un electrificado fervor que les mantiene en una constante hemorragia de escritura. Pareciera que nada planifican y al menor intento de reescritura o borrón espabilan y lo consideran un atentado a la emoción y por ende a la belleza. Es como si hubiera un puente que les llevara directamente de las fiebres de la imaginación a la imprenta. Podría decirse que este tipo de escritor crea la obra como en una suerte de parto sin complicaciones.

Otros, en cambio, sufren hasta el agotamiento por no poder encontrar la palabra justa o por dudar del lugar adecuado dado a cada signo de puntuación. Escriben una línea e inmediatamente la reescriben, con una perenne incertidumbre. Piensan cada palabra, justiprecian su sonido y significado, y ven en la papelera el sitio idóneo para todo primer borrador. Toman apuntes, hacen esquemas, investigan, redactan, borran, vuelven a escribir, corrijen y dejan reposar el escrito por un largo tiempo para luego volver a iniciar el círculo vicioso de la tachadura y la enmienda… Para estos últimos la escritura es a cuentagotas y no un manantial de verbo florido. Estos escritores, a diferencia de los primeros, empollan su creación.

No soy el autor de semejante taxonomía. En realidad, el primero que hizo consciencia de ello fue Miguel de Unamuno quien, en 1904, en un artículo titulado A lo que salga, describió con minuciosidad cada tipo de escritor:

“Hay quien, cuando se propone publicar una obra de alguna importancia o un ensayo de doctrina, toma notas, apuntaciones y citas, y va asentando en cuartillas cuanto se le va ocurriendo a su propósito para irlo ordenando de cuando en cuando. Hace un esquema, plano o minuta de su obra, y trabaja luego sobre él; es decir, pone un huevo y lo empolla. Así hice yo cuando empecé a trabajar en mi novela Paz en la Guerra, y lo traigo aquí por vía de ejemplo. (…). Hay otros, en cambio, que no se sirven de notas ni de apuntes, sino que lo llevan todo en la cabeza. Cuando conciben el propósito de escribir una novela, pongo por caso, empiezan a darle vueltas en la cabeza al argumento, lo piensan y repiensan, dormidos y despiertos, esto es, gestan. Y cuando sienten verdaderos dolores de parto, la necesidad apremiante de echar fuera lo que durante tanto tiempo les ha venido obsesionando, se sientan, toman la pluma, y paren. Es decir, que empiezan por la primera línea, y, sin volver atrás, ni rehacer ya lo hecho, lo escriben todo en definitiva hasta la línea última. (…). Estos son escritores vivíparos”.

Unamuno mismo sabía que una forma de escritura no implicaba una ventaja sobre la otra. En ambos grupos, tanto en los escritores ovíparos como en los vivíparos, pueden encontrarse obras magistrales, llenas de belleza e imaginación, y tanto la obra empollada como la parida muestran el mismo rostro ante los lectores.

De seguro cada quien tendrá sus preferencias. Para mí, Gustave Flaubert (1821-1880) es el escritor paradigmático del empollamiento, el escritor ovíparo por excelencia. Conocida es su exigente labor de escritura que le hacía pasar días y semanas frente a la página en blanco, puliendo y ensamblando cada frase en una paciente labor de relojería de la palabra. Su Madame Bovary, que pensó hacer en poco menos de seis meses, finalmente le tomó cinco años de trabajo constante con jornadas de diez horas diarias. Las angustias de su labor de escritura ovípara podemos conocerla gracias a sus cartas:

“Si no he contestado antes a tu carta doliente y desanimada, es porque he estado en un gran acceso de trabajo. Anteayer me acosté a las cinco de la mañana y ayer a las tres; desde el lunes lo he dejado todo y me he pasado la semana entera bregando exclusivamente en mi Bovary, disgustado por no adelantar. Ahora he llegado al baile, que empecé el lunes; espero que la cosa irá mejor. Desde que me viste he hecho veinticinco páginas en limpio (veinticinco páginas en seis semanas); han sido duras de pelar; mañana se las leeré a Bouilhet. Por mi parte, tanto las he trabajado, copiado y vuelto a copiar, cambiado, manipulado, que por un momento no veo nada; pero creo que se sostienen. Me hablas de tus desánimos: ¡si pudieras ver los míos! No sé cómo a veces no se me caen del cuerpo los brazos, de cansancio, y cómo los sesos no se me hacen caldo.  (…). Amo mi trabajo con un amor frenético y perverso, como un asceta ama el cilicio que le araña el vientre. A veces, cuando me siento vacío, cuando la expresión se me niega, cuando, después de emborronar largas páginas, descubro que no he hecho una frase, me derrumbo sobre el sofá y allí me quedo embrutecido, en un charco interior de aburrimiento. (…) Qué máquina tan difícil de construir es un libro, y sobre todo qué complicada”.

Esta forma de escribir como si se caminara sobre un campo minado hizo que la obra literaria de Flaubert, hecha en el transcurso de treinta años, apenas consista de cinco novelas: La tentación de San Antonio, Madame Bovary, La educación sentimental, Salambó, Bouvard y Pécuchet (esta última no llegó a concluir debido a su muerte) y tres cortos relatos. Si se le compara con la obra hecha por Balzac, Victor Hugo o Julio Verne, por nombrar solo a tres de sus contemporáneos, la producción de Flaubert es pequeña, sí, pero de una calidad que le ha hecho merecedor de una fama inmortal.

Flaubert empolló con paciencia sus obras. Quizás Julio Garmendia, Juan Rulfo o J.D. Salinger, entre otros de escasa y valiosa producción, pertenezcan a esta raza de escritores ovíparos. No sabría decirlo con certeza y eso sería tema para otro artículo que dudo si deba empollar o parir.

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– Detrás del escenario de la escritura: “Muchos escritores gustan de hacernos creer que producen en una especie de frenesí o intuición extática. Temblarían ante la idea de que el público viese lo que hay detrás del escenario: los laboriosos embriones de pensamiento, la decisión tomada en el postrer instante… las tachaduras y las interpolaciones; en una palabra, los engranajes y las cadenas, los trucos, las escaleras y las trampas…”. Edgar Allan Poe

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