sábado, 25 de septiembre de 2021

En casa jugamos a ser el jurado de las películas

Después del descontento del actor Joaquín Phoenix sobre el “racismo sistémico” de las premiaciones, con honrosas excepciones, no es nuevo lo de dudar de esos reconocimientos. ¿Por qué no darle un puntapié a esos galardones y jugar a ser jurado en casa? Siempre puede uno vacilarse la experiencia y hasta inventar categorías.

Ha llegado la temporada de premiaciones en el cine y el galardonado Joaquín Phoenix ha declarado su descontento con el sesgo racista del premio Bafta. La crítica a ese y otros galardones tan codiciados, estriba en que no son los méritos lo que está más en juego, sino en la suerte de pertenecer a determinado grupo social o étnico. Por eso me parece una excelente opción darle un puntapié a esas premiaciones y acogernos a nuestros propios juicios y gustos desde nuestra butaca particular. Jugar a ser jurados de cine y actuación, ¿por qué no?

Mucho antes de que surgieran estas serias dudas sobre el profesionalismo de estos concursos, ya muchos teníamos reservas. Estaban fastidiosos los eventos y, además, poco creíbles. Durante sus noches de gala, por ejemplo, al mencionar los candidatos para una categoría como la actuación, se mostraban algunas escenas escogidas y, en muchas ocasiones, no logré entender la alharaca. No sé si era porque la escena estaba fuera de secuencia, o de la experiencia total de la película.

Sin duda uno puede coincidir con el jurado de esos eventos, pero vamos a estar claros, hay personajes que atrapan y para un actor el premio se inicia cuando puede escoger esos personajes, esos guiones espléndidamente escritos, esas películas. De la misma manera, hay tipos de personajes que son más premiables que otros. Por eso los actores shakesperianos prefieren interpretar a Ricardo III más que a Romeo. Con el primero deben asegurarse de mostrar un buen tirano malvado que renquea y hasta exuda azufre, es decir, que anda sulfurado. Distinto es interpretar el proceso de un adolescente iluso como Romeo, quien después pasa a tomar una decisión de vida. Las metamorfosis internas son más difíciles de mostrar.

En ese club de personajes recios está el de Idi Amín en El último rey de Escocia (2006). El actor Forest Whitaker ya había hecho trabajos tan o más complejos que ese, pero fue por su personificación del dictador, que le fuera otorgado un Bafta. Como dije anteriormente, al contrario de estos trabajos más premiables, las actuaciones tipo “la procesión va por dentro” no son tan visibles ni reconocidas por el espectador. Ese es el caso de la actuación de David Suchet en las últimas escenas de Asesinato en el Expreso de Oriente (2010), de la serie Poirot (ITV, Reino Unido). Para un personaje tan apegado a la ley y la justicia como lo es Hércules Poirot, el tener que tomar una decisión fuera de norma lo coloca en una diatriba filosófica y teológica inédita para él. A lo largo de la trama, su angustia iba in crescendo a medida que se disipaban los misterios. Ante la decisión inevitable, el famoso detective se aferra a las cuentas de su rosario, sudando frío en medio de la nieve, intentando contener la tensión. Fue esa interpretación un desarrollo intelectual del actor porque, Agatha Christie no llegó a desarrollar la escena plenamente en la novela, así que Suchet debió guiarse por las características del personaje a lo largo de la obra de la escritora.

Los premios están muy ligados a esos personajes que impactan, y es esencial para el actor aprovechar esa aura y expresar su encanto. En la cinta Ironweed (1987) Mery Streep y Jack Nicholson caracterizaron a unos mendigos que en medio de su deambular por las calles mantenían su pureza de espíritu. Muy parecidos a los recoge latas, igualmente adorables, de Perolito y Escarlata en Radio Rochela (RCTV), caracterizados por Emilio Lovera y Nora Suárez.

En casa jugamos a ser el jurado de las películas e inventamos una categoría: “Lo malo de tu actuación es que lo hiciste demasiado bien”. Ese título nos ha ayudado a calibrar las actuaciones en el sentido de no depender de las simpatías con el personaje.

Con quien primero se nos ocurrió fue con Gene Wilder en Todo lo que siempre quisiste saber sobre el sexo (1972). Las miradas zoófilas de Wilder fueron tan repulsivas que las imágenes nos persiguieron por días. En esa categoría de los aborrecibles cae también Charlotte Rampling, quien en Max, Mon amour (1986) hace pareja con un gorila. Es ella una actriz que logra desnudarse moralmente y perturbar a cualquiera. En esa línea está Jeremy Irons, quien es otro especialista en personajes insondables o ambiguos que andan en la cuerda floja. Subterráneos todos.

Denzel Washington es otro de los asquerosamente buenos. Después que vimos Flight (2012) quedamos enervados con su caos. En una línea similar se puede catalogar el trabajo de Matt Damon en El Talentoso Mr. Ripley (1999). Una vez leí la reseña de un crítico británico quien explicaba la superioridad de la versión francesa de 1960 de Tom Ripley, interpretada por Alain Delon. El crítico hizo incluso un paralelismo entre el personaje y la biografía transgresora de Delon. Seguramente el actor francés es mejor, tanto, que prefiero no verlo.

Hay actores que parecieran cómplices de uno porque llegan a transmitir los afectos y pensamientos más íntimos de sus personajes. Hay escenas inolvidables de ese tipo en la cinta La muchacha con el tatuaje de Dragón (2009), basada en la novela homónima de Stieg Larsson. Mikael Blomqvist (Niqvist) nunca descubre los secretos de Lisbeth Salander (Noomi Rapace), pero cuando ella muestra su deseo por él, ya con esa revelación hay una plenitud en Mikael. En su mirada hacia Lisbeth cuando yace dormida junto a él, Mikael pareciera estar frente a un ángel, y con una comprensión tan profunda, que nos remite al autor de la saga.

En una acera distinta está Samuel Jackson. Él es tan divertido, que lo seguimos hasta cuando hace películas baratas. Desde que interpretó al racista jalamecate de Stephen en Dyango (2012) está dentro del club de los aborrecibles. Otra imperdible es Cate Blanchett, y sus actuaciones son algo impredecibles. De hada o de prostituta, no siempre se sabe cómo va a respirar y vibrar a través de sus personajes.

Por supuesto, no se pueden quedar atrás los actores de las telenovelas venezolanas. En estos días falleció Raúl Amundaray, y con su nombre me vienen muchos recuerdos de infancia, en especial su caracterización de Carlos Delgado Chalbaud en El asesinato de Delgado Chalbaud (1980, RCTV). Haberlo visto en ese trabajo fue un descubrimiento muy grato, saber que él tenía mucho más de lo que podía mostrar en esos culebrones interminables. Marina Baura, su coprotagonista más conocida, era muy respetada en casa por su trabajo en Doña Bárbara y otros dramas producidos bajo la pluma de José Ignacio Cabrujas.

Premiar la actuación de acuerdo al tipo de personaje me parece más sensato. Villanos sulfurosos con villanos sulfurosos. Subterráneos con subterráneos, y así con los encantadores, metamórficos, cómplices, divertidos, y hasta entre personajes de gallina o de perro. Lo mejor es jugar a ser jurado y quitarse esta tiranía de los premios.

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