viernes, 30 de julio de 2021 | 2:02 PM

Elogio a los libros

que nunca decepcionan. Ya que este 23 de abril celebramos su día, aquí brindo un breve homenaje desde la admiración y el amor.

@diegorojasajmad

En memoria de Narmig Vásquez, un amigo que fue como un libro

Los libros tenían una presencia sobrenatural en la casa de mis abuelos. Acomodados en un pequeño mueble de cuatro o cinco estantes, altivos y solemnes, aquellos ejemplares, vistos desde la perspectiva de un niño, escondían un maravilloso secreto que no resultaba fácil descifrar.

Lomos de colores, texturas y grosores variados, páginas con asombrosas y exóticas ilustraciones, olores inusuales, además del inexplicable sortilegio que tenían para calmar frustraciones y dar sosiego a los mayores, todo esto hacía presagiar que esa biblioteca era el centro de un mágico poder que yo solo había conocido en los cómics.

Una vez, por curiosidad, y mientras estuve a solas frente a esa biblioteca, me atreví a tomar algunos de aquellos ejemplares: la Enciclopedia Quillet, la Biblia ilustrada para niños¸ Platero y yo, la Gran Biblioteca Temática Salvat y un Almanaque mundial, entre los que recuerdo, parecían que me hablaban con sus grabados, mapas e imágenes de mundos mucho más interesantes que los ofrecidos por la escuela y la televisión.

Ya el daño estaba hecho.

Los libros se habían apoderado de mí y escapar de su influjo era ya una misión imposible…

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Los libros, como los paracaídas, salvan al abrirse…

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Cuando surgió la escritura, y llegó a convertirse en instrumento para el resguardo del saber, los viejos oradores griegos renegaron de su utilidad y juzgaron nefasto su influjo para la vida de la polis. La escritura, según decían, haría que dejásemos de ejercitar la memoria y daría paso a una nueva manera de estructurar los argumentos, sin repetición, sin vida, que sería el ocaso de la cultura toda.

Siglos después, con la invención de la imprenta, los monjes copistas renegaban de la utilidad del nuevo instrumento de Gutenberg. Argumentaban que los libros hechos de esa forma, mecánica y serial, harían perder la belleza y el espíritu que caracterizaban a los manuscritos. Auguraban una hecatombe que haría trizas la cultura toda.

Un tercer cambio vino con la electrónica y el siguiente lamento no se hizo esperar: ahora el libro digital era la nueva Némesis de la lectura, su acérrimo enemigo, que haría desviar a la juventud del placer de los libros de papel, verdaderos depositarios de la belleza (y de la cultura toda).

A cada cambio de formato, los lectores echan de menos sus experiencias y levantan barricadas para defender las prácticas conocidas.

Quizás no nos alcance la vida para ver a los jóvenes lectores de libros electrónicos de hoy, ya adultos, quejarse en un futuro de los lectores de libros hechos en un formato aún desconocido. De seguro dirán que esos muchachos del mañana no leen y que con ese nuevo formato donde pasan sus horas de ocio estará en peligro la cultura toda…

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Los libros: esas cajas donde dejamos olvidados los restos del día.

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Mi padre era un mago. Un mago de verdad, de esos de pañuelos, naipes y conejos. De pequeño me causaba mucho asombro aquel maletín para guardar herramientas que él había convertido en depósito de trucos. Para cualquier reunión familiar, mi padre siempre llevaba su maletín, del cual salían maravillas que dejaban boquiabiertos a todos: el truco de la moneda que aparece detrás de la oreja de un niño, el de los aros de metal que logran desunirse con facilidad, el de adivinar la carta previamente escogida y escondida nuevamente en el mazo, el de la paloma que emerge de un montón de pañuelos, el del cigarro encendido que desaparece en el puño… Truco tras truco, las fiestas terminaban con mi padre rodeado de niños que le rogaban por un acto de magia más.

En casa no era distinto y la magia persistía. Recuerdo los fines de semana con mi padre al frente del televisor viendo al Mago Henry o a David Copperfield hacer sus maravillas. Las explicaciones que me daba mi padre acerca de los trucos que observábamos siempre venían precedidas de una advertencia: “Un buen mago nunca revela sus trucos”.

Sin embargo, conocer el secreto de la magia no era una bendición ni privilegio para un niño de tan corta edad: saber de la existencia de la cuerdita, del espejo, del compartimiento secreto, de la carta marcada, de los artilugios que permiten la ilusión, todo ello me hizo perder la creencia en lo imposible y me obligó irremediablemente a buscar otro tipo de sortilegio, alguno que me hiciera recuperar el asombro. Recurrí a los libros para buscar la magia perdida y conseguí en ellos trucos estupendos, algunos superiores a los que hacía mi padre: supe de naipes que tenían vida y servían como soldados de una malvada reina, conocí a unos soñadores que intentaron ir a la luna, y lo lograron; me enteré de un hombre que al despertar se encontró convertido en un monstruoso insecto… Los libros revelaban sus trucos y no por ello dejaban de ser buenos…

Quizás, a fin de cuentas, me acerqué a los libros porque mi padre era mago, un mago de esos de pañuelos, naipes y conejos.…

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“Farmacias del alma”, así llamaban los antiguos egipcios a sus bibliotecas.

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Alguna vez leí que los fantasmas de biblioteca, esas apariciones espectrales que condimentan leyendas e historias alrededor del mundo, son en realidad alucinaciones producidas por hongos del papel de los viejos libros.

Lo mismo se dice de los espectros o duendes aparecidos en los antiguos establecimientos de impresión. En ellos fundían los tipos con plomo, metal tóxico que genera enfermedades degenerativas tanto físicas como mentales (‘saturnismo’ llamaban a la enfermedad), lo que, quizás, era la causa para que los impresores fuesen testigos de esas extrañas visiones.

Yo creo que la razón es otra.

Quienes se rodean de libros están a merced de la más poderosa de las enfermedades: la imaginación.

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Sean paracaídas, cajas o medicinas, los libros han permanecido a nuestro lado, fieles, pacientes, ofreciéndonos siempre la palabra justa y adecuada. Como lo haría el mejor de los amigos.

Otras páginas

Un tesoro inusual: Antes de la pandemia, era común ver cada vez menos librerías en el país. Varias han cerrado por la consabida situación económica, además de los excesivos precios y cargas burocráticas de importación. Ni digamos ya la situación actual de bajas o inexistentes ventas debido a la cuarentena. En un país donde el salario mínimo mensual ronda los tres dólares habría que ahorrar durante un poco más de medio año (sin comer) para comprar un libro nuevo y no hablemos del costo de los dispositivos electrónicos. Ni librerías ni libros se ven ya. Y las estadísticas, antes orondas estrategias de mercadeo, ahora brillan por su ausencia, como queriendo esconder una vergüenza ya conocida por todos. Así, como en la colonia o en el siglo XIX, quienes hoy posean bibliotecas, sea cual sea su tamaño o formato, se convierten en afortunados dueños de un preciado tesoro inusual. Hay que cuidarlas, pues serán mañana el instrumento de educación para salir de este foso.

Un trozo de cosa muerta: “Enseñar literatura es enseñar a ver más allá de lo aparente, a leer entre líneas. Pero nunca con la frialdad de quien hace la disección de un cuerpo. Si el maestro no comunica su emoción el texto puede quedar en las manos de su joven alumno como un trozo de cosa muerta”. Piedad Bonnet.

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