sábado, 27 de noviembre de 2021

El significado de la familia para las nuevas generaciones

𝘓𝘰𝘴 𝘰𝘫𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘦𝘳𝘳𝘰 𝘴𝘪𝘣𝘦𝘳𝘪𝘢𝘯𝘰 es un libro realista como para limitarlo a ser literatura juvenil. Es valioso para cualquier persona que tenga o desee tener una familia, ya que nos lleva a replantearnos las relaciones familiares.

𝘓𝘰𝘴 𝘰𝘫𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘦𝘳𝘳𝘰 𝘴𝘪𝘣𝘦𝘳𝘪𝘢𝘯𝘰 es un libro realista como para limitarlo a ser literatura juvenil. Es valioso para cualquier persona que tenga o desee tener una familia, ya que nos lleva a replantearnos las relaciones familiares.

@francescadiazm

Familia. Es una de las primeras palabras que escuchamos, de las primeras que nos repiten sin parar. “La familia es la base de la sociedad”, por manido, me parece lugar común. Pero sí, toda la vida nos han hablado de la familia. Además, el objetivo de una familia siempre es seguir creciendo: crear más familia.

Las nuevas generaciones han roto el paradigma de la familia convencional. La lucha por el matrimonio igualitario, la adopción homoparental, el aborto… ¿Se está perdiendo el sentido de familia?

Es típico que nos enseñen esta lección en la escuela. Simultáneamente, las maestras entregan una hoja de papel a cada niño y les piden que dibujen a sus familias. Este clásico dibujo puede remover dudas, preguntas y angustias en los niños. Hoy en día se acepta que hay muchos tipos de familias, así que ya no es tan escandaloso que un dibujo contenga solo una abuela y una mamá; un papá y un hermano o dos mamás.

Como las generaciones pasadas siguen teniendo mucho poder, el estereotipo está latente y la familia idónea para representar en todos los anuncios, es decir, la familia que los niños están orgullosos de dibujar, es la conformada por un papá, una mamá y hermanos. Tener esta familia es motivo de orgullo, de felicidad. Los niños que pueden dibujarla se sienten orgullosos porque plasmar esto en la página que tiene escritos sus nombres equivale a tener la familia perfecta.

Yo podía dibujarla, así que por muchos años me sentí muy orgullosa de creer que tenía una familia perfecta. Perfecta bajo los esquemas de un padre que trabaja, una madre ama de casa y unos hijos que estudian porque cualquier variación a este patrón podía destruir esa sensación de perfección. Ese dibujo se cuelga en el refrigerador, los padres lo ven con gran satisfacción y no necesariamente porque el niño tenga cualidades artísticas, sino por lo que representa: esa hoja de papel contiene lo que han logrado construir para su hijo, el bien intangible más valioso que pueden ofrecer como progenitores, la familia.

Pero llega un momento en el que esta ilusión de perfección se desvanece, se rompe y con ella la idea de que tenemos la familia perfecta. Este es el momento que vive el protagonista del primer libro de Antonio Santa Ana, un protagonista que no tiene nombre y que nos invita a leer la historia de su familia.

“Hay un momento de la vida en que nuestros padres se nos revelan tal cual son. Sin secretos”. El libro de Santa Ana tiene muy buenas frases para resaltar, el autor combina su experticia en literatura y música para crear una narrativa muy culta; sin embargo, esta es mi frase favorita del texto. Efectivamente, hay un momento en que nuestros padres dejan de ser superhéroes y empezamos a verlos tal cual son. A cuestionar sus designios, a rechazar la carrera que siempre soñaron para nosotros. Empezamos a ver lo que antes era ley, como simples sugerencias.

Considero que ese es un signo de notable inteligencia. Algunas personas nunca logran salir de lo enseñado por sus padres, nunca alcanzan siquiera a cuestionar nada, a ver un poco más allá y desarrollar el mínimo criterio. Esta revelación es imperativa para poder desarrollarnos como adultos críticos. Ese primer cuestionamiento a esas figuras de autoridad que hasta ahora creíamos infalibles. Los buenos padres deberían ser felices de que sus hijos les cuestionen, les acribillen a preguntas. Los buenos padres te enseñan a pensar por ti mismo, no a pensar como ellos. El objetivo no debería ser que los hijos se parezcan a sus padres, sino que puedan encontrar su propia voz.

Los ojos del perro siberiano, así se titula la historia del escritor argentino, publicada en 1998. La historia es narrada por el hijo menor de un matrimonio rico perteneciente a la clase alta argentina. Ezequiel, el hijo mayor, fue el orgullo de la familia hasta que se contagia de SIDA y sus padres deciden cortar la comunicación con él. De esta manera, el narrador fue separado de su hermano, bastantes años mayor, quien le es prácticamente un desconocido. Al cumplir 11 años decide indagar sobre el motivo del perenne enfado de sus padres contra su hermano y así entabla una gran relación con él.

Nuestros padres son los dirigentes de nuestra familia, son quienes nos enseñan cómo caminar en la vida y creemos ciegamente que son quienes saben qué es lo mejor para nosotros. Al menos, eso creyó el hermano de Ezequiel, pero se encontró con una incógnita que trazó el rumbo de la historia “¿Y si nuestros padres, quizás solo por esta vez, están equivocados?”.

Pese a lo que algunas personas piensan, mi generación no está destruyendo la base de la sociedad. Como todo, el concepto de familia también evolucionó y las personas jóvenes se cuestionan si nuestros antecesores tenían razón, si había solo un modelo de familia ideal y lo demás era una aberrante distorsión de ese modelo. El paso del tiempo ha aceptado muchas situaciones que antes causaban rechazo, por ejemplo, el divorcio, las familias compuestas por una pareja homosexual, las familias donde una mascota es un miembro más y, por supuesto, las familias que no quieren crecer más. El único requisito para formar una familia, contrario a toda la letanía de valores y obligaciones sociales exigidas siglos atrás, es el amor.

Eso es realmente la familia. Evocaba el dibujo de los primeros años de colegio, las lecciones, los mil libros que existen para enseñar cómo formar una familia porque creo que lo han vuelto complicado. Y la verdad es muy simple, la familia es el amor. El amor real, no el que sentimos por obligación. No el amor que sentimos por un familiar que jamás vemos, pero que nuestros padres dicen que nos quiere mucho y nos cargó cuando éramos bebés.

Hay un momento en que nuestros padres se nos revelan como realmente son y, asimismo, hay un punto en que nosotros nos revelamos para ellos. Ellos no son las personas perfectas que creímos y nosotros no somos los hijos idóneos que ellos estaban seguros que iban a formar.

Crecer es darnos cuenta de que las familias perfectas no existen, que no hay un manual para criar a los hijos perfectos ni los padres pueden ser perfectos. Cuando comprendemos eso empezamos a tomar nuestras propias decisiones, dejamos de ser lo que nuestra familia quiere que seamos porque comprendemos que ellos pueden estar equivocados. Deslindarnos de esa idea de ser los hijos perfectos, de querer ser parte de ese cuadro de familia perfecta, ese cuestionamiento y decisión es lo que realmente nos lleva a ser. A ser nosotros. A entender que no somos una continuación de nuestros padres, que no tenemos que ser lo que ellos quieren que seamos: somos lo que somos y punto.

El conflicto central del libro es ese, ese punto en el que empezamos a separarnos de los ideales familiares y empezamos a crear los propios que pueden ser terriblemente opuestos. Es el mundo de los adultos, el morbo de los curiosos, la deshonra que suponía el tener SIDA en esos años… todo esto visto desde la perspectiva de un niño de diez años que no puede compartir la estigmatización que sus padres temen, ya que ni siquiera la comprende en su totalidad hasta el final de la historia.

La evolución de lo que concebimos como familia no es nociva, por el contrario, es incluyente. Es heterogénea, acepta múltiples formas de crianza y se basa en buscar el bienestar emocional de los miembros. Lo importante ya no es tener una familia numerosa o con una trayectoria universitaria primorosa, esta generación le da más importancia a tener una familia planificada y emocionalmente estable.

Es una historia fascinante para comprender las crisis familiares, que pueden ser más duras que cualquier otro tipo de crisis porque estas involucran a los seres que amamos. También son muy duras porque, aunque no lo queramos, siempre estaremos unidos a estas personas. Aunque rechacemos todo, creo que siempre nos llevamos algo de nuestros padres con nosotros. Un rasgo, una debilidad, un pensamiento. Involuntariamente seguimos unidos a ellos. Nunca podemos separarnos del todo del tinte de su crianza.

Los ojos del perro siberiano me parece demasiado realista para limitarlo a ser literatura juvenil. Creo que es valiosa para cualquier persona que tenga o desee tener una familia, ya que nos lleva a replantearnos las relaciones familiares, la madurez, la turbulencia y las múltiples crisis por las que todos pasamos. No hay familias perfectas, solo grupos de personas que se aman haciendo lo mejor que pueden.

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