lunes, 20 de septiembre de 2021 | 9:59 AM

El problema político de la ciudad de Caracas

Los ranchos alrededor de Caracas, más que un problema urbanístico y ambiental, ha sido, es y seguirá siendo, un enorme problema político. Aún en los años setenta, cuando los índices de bienestar eran superiores a los de cualquier otro país de la América Latina, era difícil creer tales cifras, de cara a las cotidianas imágenes de miseria.

A mediados de los años 90 corrió una noticia de que se estaba planificando un proyecto para construir una autopista Caracas-Litoral por la falda este del cerro El Ávila. La lectura inmediata que le di a semejante idea fue la de que el Parque Nacional El Ávila se vería afectado y que los ranchos de siempre se acomodarían por los lados de esa autopista. La segunda lectura era, que los proyectistas estaban movidos por la división entre el este y el oeste de la ciudad. Los habitantes de las zonas más privilegiadas del valle de Caracas no quisieran tener que acercarse a la autopista Caracas-La Guaira con sus parches y su cadena de barrios adyacentes, ni tampoco tener que pasar por los túneles y boquerones. No, una evasión cualquiera. No, una piquiña cualquiera.

Los caraqueños saben que los cerros y montañas poblados de ranchos es una espantosa tarjeta de presentación. La más de las veces lo que hay es un absoluto desprecio por esa realidad, y es un desdén que no abona a la solución del problema. Lo importante es que no siempre fue Caracas así, y por eso causa pesar, rabia y hasta decepción. Un texto extraordinario que nos muestra esa ciudad antes del siglo 20, lo escribió Juan Antonio Pérez Bonalde en su muy elogiado poema lírico Vuelta a la Patria (1877). En esa obra, el poeta describe su recorrido de regreso a Venezuela, desde la vista de los pescadores en el puerto de La Guaira, hasta encontrarse con los azules montes que rodean la ciudad de su niñez. Al leer los siguientes versos se revisita este testimonio de la subida a Caracas en ese entonces:

   

Ya no hay más que montañas y horizontes,

y el pecho se estremece

al respirar, cargado de recuerdos,

el aire puro de los patrios montes.

De los frescos y límpidos raudales

el murmullo apacible;

de mis canoras aves tropicales

el melodioso trino que resbala

por las ondas del éter invisible;

los perfumados hálitos que exhala

el cáliz áureo y blanco

de las humildes flores del barranco”;

Los siguientes versos aún son recitados de memoria por quienes admiran tanto la ciudad como a la poesía de Pérez Bonalde:

“De pronto, al descender de una hondonada,

“¡Caracas, allí está!”, dice el auriga,

y súbito el espíritu despierta

ante la dicha cierta

de ver la tierra amiga.

….

Caracas allí está; vedla tendida

a las faldas del Ávila empinado,

Odalisca rendida

a los pies del Sultán enamorado”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A diferencia de urbes planas como Buenos Aires, Lima o Santafé de Bogotá, la pobreza no es tan notoria en esas urbes como lo es en Caracas, donde tiene una presencia de primer plano. Recuerdo que la abuelita de unas amigas peruanas, quien se sentaba en el balcón en las noches, confundía a los ranchitos con unos barcos en la costa, y mis amigas debían explicarle sobre la verticalidad de la ciudad. Los escasos kilómetros de valle, y muchas laderas de cerros, hacen muy difícil el crecimiento horizontal. Esa situación ha traído un descalabro ambiental visible en los suelos e innumerables quebradas.

Sin embargo, más que un problema urbanístico y ambiental, ha sido, es y seguirá siendo, un enorme problema político. El caraqueño debe convivir con la imagen del rancho como un recordatorio del fracaso social. Aún en aquellos momentos de bonanza económica, cuando los índices de bienestar eran superiores a los de cualquier otro país de la América Latina, era muy difícil creer esas cifras de cara a las cotidianas imágenes de miseria.

La visibilidad de la pobreza que se despliega alrededor de Caracas se cierne como espada de Damocles en la esfera pública. Para muestra, basta con leer las declaraciones del entonces líder de Solidaridad, Lech Walesa, cuando visitó Caracas en noviembre de 1989. El prominente político polaco no ocultaba su espanto ante la miseria que veía ante sí. Para una democracia que luchaba por dar igualdad de oportunidades, era un reto tejer fino y responderle a Walesa, sin caer en hondas contradicciones.

Con ranchitos improvisados bajo puentes, a lo largo de quebradas y por cuanto recoveco de montaña hay en la ciudad, los habitantes de muchas urbanizaciones de clase media alta han aprendido a convivir con la vista de la miseria en su trayecto a casa. En pocas palabras, el caraqueño se acostumbró a que era posible vivir bien, aunque estuviese rodeado de gente que vivía muy mal. Eso es lo que explica la solo idea del proyecto alterno de autopista que mencioné al principio, un síntoma de la normalización de la desigualdad.

Por eso muchos caraqueños se sintieron rejuvenecidos al llegar a Guayana en los años 70 y 80. Ciudad Guayana es una urbe planificada, y gracias a eso ha estado medianamente protegida del caos. Por ejemplo, en los años 80 se detuvieron varias invasiones. Tanto las autoridades de la CVG como las municipales en tiempos de la descentralización en los años 90 lograron urbanizar los terrenos y evitar descalabros al peor estilo de Caracas. Sin embargo, no es esa la realidad de Guayana el día de hoy.

Siempre he abogado porque Caracas deje de ser la capital de Venezuela. Pero antes de tomar una decisión como esa, convendría más preparar a la urbe que vaya a ser el nuevo centro de la administración del poder. Todo esto es materia de debate, y como en anteriores oportunidades, es tentador dejar el problema, rendirse, correr la arruga y posponer las decisiones. Un reto siempre presente, sin duda.

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