lunes, 17 de enero de 2022

El petro y Los Loas

Diana Gámez desentraña el origen del nombre de la criptomoneda del régimen de Maduro y señala que la verdadera motivación para bautizarla con ese nombre se encuentra en el esotérico universo del vudú.

Después de darle un revolucionario palo cochinero al bolívar, devaluándolo hasta su mínima expresión, ahora pretenden imponer una moneda virtual que solo entiende el locatario miraflorino y sus 750 economistas y administradores cubanos. En sus infumables y siempre prescindibles cadenas nacionales, no deja de hablar de su gran logro con la criptomoneda de marras. Desde la cúpula podrida quieren meternos por los ojos la fulana moneda, pero ni sus cortesanos más incondicionales se lo toman en serio. Pero sí la usan como un instrumento de tortura económica, para martirizar nuestra ya triste y complicada existencia, con las alucinaciones que la maldad provoca en ciertos poderosos.

Como el dólar, las criptomonedas provienen de Estados Unidos, lo que activa mi elemental suspicacia y me invita a preguntarme: ¿por qué a estos antiimperialistas y anticapitalistas les gustan tanto los billetes verdes, las monedas virtuales y el sistema bancario gringo para preservar sus mal habidas riquezas? En sus cuentas no depositan bolívares, yuanes, rublos o pesos cubanos, no señor. Les gusta la solidez, la confianza y la seguridad que proporciona una cuenta en dólares en un buen banco del imperio.

Hay que decir que las criptomonedas son consecuencia de los avances tecnológicos, en cuyo nicho se privilegia la seguridad como aspecto esencial, pues los datos quedan protegidos al 100%. No dejan huella y los pagos se realizan de manera anónima, lo que evita el robo de información personal y de dinero. Es una inversión confiable, que permite afrontar la inflación periódica a la que se ve sometido el mercado de precios.

En Venezuela, la hiperinflación es permanente y descontrolada, de tal manera que esta ribera del Arauca vibrador no es tierra fértil para la siembra de criptomonedas. Otro elemento inexistente en este desierto socialista es la seguridad, indispensable para que la confianza haga que inversores nacionales e internacionales decidan abrir sus cuentas en esta moneda virtual, madurada en la extravagante obsesión de un sujeto que se vale de la mentira como un recurso esencial de su performance en el poder. Ni aquí ni acullá le creen al estafermo, que no se cansa de prometer una suerte de paraíso fiscal para quienes demandan certeza y garantía para su capital.

Como en todo lo que perpetra este socialismo siempre hay un lado oscuro, que es menester desentrañar, porque además de la búsqueda del lucro, la abusión guía cualquier acto de cierta trascendencia, y la creación de una criptomoneda no es cualquier cosa, en especial si es el Estado el que pretende imponerla, cueste lo que cueste.

Si levantamos la epidermis para conocer el origen de esta moneda encontramos que hasta su nombre se nutre de una deliberada ambigüedad. Para cualquiera de nosotros, el que se llame petro, induce a una asociación automática con nuestro único producto de exportación. Allí es cuando las cosas no cuadran, y descubrimos que la verdadera motivación para bautizarlo con ese nombre se encuentra en el esotérico universo del vudú, una palabra de origen africano occidental que significa espíritu. Definido por el DRAE como un “Cuerpo de creencias y prácticas religiosas que incluyen fetichismo, culto a las serpientes, a los sacrificios rituales y empleo del trance como medio de comunicación con sus deidades procedentes de África…”

Si hurgamos un poco en esa enciclopedia que es internet tenemos que el petro es definido como una “Criptomoneda de origen ocultista, ubicada en el ámbito de los pactos que se hacen con Los Loas del vudú haitiano, cuyo culto es ejercido por los grandes hechiceros de la magia negra perteneciente a la orden de la serpiente que ellos veneran”. En Los Loas se distinguen dos tipos de familia: los radas, que son la rama de la magia blanca y Los Petros que practican la magia negra. “Los Petros son los espíritus más violentos, capaces de causar muerte, dolor, enfermedades incurables y actuar siempre a través de la venganza. Su otra finalidad es petrificar, paralizar, inmovilizar cualquier acción del enemigo. El rojo es el color preferido de estos espíritus, símbolo del baño de sangre que se ofrenda a satán”.

Sé que no estoy descubriendo el agua tibia. Pero en estos últimos veinte años hemos sido asombrados espectadores de cómo el inframundo de la brujería, la santería, la palería, et al, ha emergido sin ningún pudor, hasta imponerse como parte de la cotidianidad del poder cupular. Al mismo tiempo, lo dejan circular como algo normal entre los habitantes de este expaís, donde hay poco acceso a explicaciones racionales y civilizadas. Entonces, se refugian en ese mundo oscuro y lóbrego en el que ya está instalada la elite dominante. Eso se llama predicar con el peor de los ejemplos.

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