lunes, 14 de junio de 2021 | 11:36 PM

El indecorable Aldo Giordano

Su despedida me reconcilia con la Iglesia Católica. Esa que no se deja sobornar por el poderoso. Esa que es capaz de renunciar a una condecoración. Que tampoco es presa fácil de los halagos. | Foto cortesía

Su despedida me reconcilia con la Iglesia Católica. Esa que no se deja sobornar por el poderoso. Esa que es capaz de renunciar a una condecoración. Que tampoco es presa fácil de los halagos. | Foto cortesía

La verdad es que las jerarquías de la Iglesia Católica me resultaban indiferentes, hasta que se me hizo familiar el nombre de Aldo Giordano, que llegó a Venezuela el 26 de octubre de 2013. Su presencia en estos tiempos de pesadilla socialcomunista, de santería y palería, de adoración perpetua a Sai Baba, de profanaciones, herejías y brujerías, deben haber sido un desafiante reto para un representante del catolicismo. Nada fácil permanecer siete años en este caos anómico, anémico y anárquico, que dejó de ser país hace más de dos décadas. Una sensibilidad como la de Giordano -que venía de ser observador de la Santa Sede en el Consejo de Europa en Estrasburgo- debió sentir que llegó a una suerte de Gehena, que es un lugar de castigo eterno.

El apostolado de Giordano en estas tierras fue como una temporada en el infierno. Asediado por paranoias cupulares, violencia en todas sus formas y manifestaciones, inseguridad hasta en la nunciatura, y claro, el sabor amargo de no poder hacer nada mientras todo es destruido: como quien sólo puede observar la devastación de un tsunami. Con el agravante de la pandemia, que impidió el contacto cercano con una feligresía, que tiene la urgente necesidad de apuntalar su fe y esperanza: lo único que le queda a los empobrecidos y hambreados venezolanos.

Este nuncio supo y vio cómo el ateísmo comunista se ensañó contra la Iglesia Católica, mientras apoyaba a los innumerables credos y confesiones protestantes, diseminados a lo largo y ancho de Venezuela, con una variada presencia en cada uno de sus rincones. Sorprende ver cómo en cualquier conglomerado de este ex país se han erigido lugares de culto, ritos y adoración que buscan sus devotos más incondicionales entre los más pobres. Esos que cumplen con el diezmo, aunque no tengan para comer.

Tengo para mí que aquello fue de todo menos casualidad, pues el plan tenía como propósito debilitar los cimientos de la Iglesia Católica, una potente institución -que con sus aciertos e innumerables errores- ha permanecido más de dos mil años como elemento esencial de la cultura occidental. La dictadura castrocomunista lidió durante 13 años con dos Papas con quienes no comulgaba ideológicamente: Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI (2005-2013). El primero combatió abiertamente al comunismo soviético y Joseph Ratzinger siguió la línea de Karol Wojtyla. Así que para los socialistas del siglo XXI ellos eran sus enemigos, a quienes debían silenciar, aniquilar y extirpar del imaginario colectivo venezolano.

En 2013 el humo blanco salió del cónclave cuando fue electo el argentino Jorge Mario Bergoglio. La cúpula vernácula brincó de alegría porque sintió que este triunfo también les pertenecía. Es fácil imaginar que las llamadas iban y venían desde la Casa Rosada hasta Miraflores, porque el primer Papa latinoamericano era, además, peronista. Tal como lo es la camarada Cristina Fernández, presidenta de Argentina, miembro del Foro de Sao Paulo, y una de las pocas personas que acompañó los últimos días del presidente venezolano en La Habana.

En el convulso 2013 también muere Nelson Mandela, renuncia Benedicto 16, un tifón devastó parte de Filipinas y Aldo Giordano llega a Venezuela como Nuncio Apostólico. Vale decir, representante diplomático de la Santa Sede -no del Estado vaticano- con rango de embajador. Por cierto, es gracias a Pablo VI y a Juan Pablo II que la figura del nuncio adquiere una nueva dimensión, por tratarse de un pastor con formación académica y sacerdotal.

Siete años y siete meses estuvo este piamontés en un territorio tomado por la barbarie. Escuché su magnífico español durante la beatificación de José Gregorio Hernández Cisneros. Debo decir, que lo sentí genuinamente involucrado con esta devoción del pueblo venezolano, que tiene en sus altares y en su corazón a este médico, científico, universitario y generoso ser humano, nacido en Isnotú. Hubo valentía en su discurso al retratar a la Venezuela de hoy, en un un doloroso viacrucis producto de una tragedia integral sin precedentes.

Su despedida me reconcilia con la Iglesia Católica. Esa que no se deja sobornar por el poderoso. Esa que es capaz de renunciar a una condecoración. Que tampoco es presa fácil de los halagos, de quien se niega a escuchar el clamor de un pueblo sumido en el dolor, que no respeta la opinión de sus semejantes y que ha entregado la soberanía de Venezuela a otras tiranías, a delincuentes, terroristas y a depredadores de la peor calaña.

Agridulces

Bonny Cepeda -un tipo de rulitos que canta- que es viceministro de cultura en República Dominicana, sí agarró lo suyo. Como César después de la rápida victoria contra Farnaces, Cepeda también Veni, vidi, vici. Y se fue con su botín de 60 mil dólares, según dijo recientemente, sin que le quedara nada por dentro ni por fuera.

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