jueves, 16 de septiembre de 2021 | 9:58 PM

El globalismo anti-occidental

Las ideologías no han muerto como se predicaba. Sin embargo, a las más radicales y probadamente deshumanizadas se las usa como mitos movilizadores e instrumentales, con desembozado criterio utilitario y para el control brutal del poder.

Para la construcción política y el manejo contemporáneo de las relaciones internacionales, la cultura y la religión se muestran otra vez en su relevancia “como factores determinantes”. Ello es posible pues se ha superado el paradigma estado-céntrico, de allí la acusada globalización y también, debo enfatizarlo, su desviación más peligrosa, el globalismo progresista. Una “mayor riqueza y complejidad” revela la dinámica humana de actualidad, a pesar de la pandemia y el distanciamiento social en curso (Isaac Caro e Isabel Rodríguez, “El enfoque del diálogo civilizacional desde América Latina”, Bogotá, Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad, vol. 11, núm. 1, 2016).

Las ideologías no han muerto como se predicaba. Sin embargo, a las más radicales y probadamente deshumanizadas se las usa como mitos movilizadores e instrumentales, con desembozado criterio utilitario y para el control brutal del poder. Se las tamiza y reinterpreta arbitrariamente, para sumar adeptos entre los huérfanos de ciudadanía, los disgregados sociales e internautas, para confundir a seguidores reflexivos, o para dividir a quienes se estiman como peligro para las pretensiones expansivas y dictatoriales del globalismo.

De suyo impulsan al ser humano, a la subjetividad autónoma que es el hombre como ente racional y pensante, para hacerlo tributario de las fuerzas integradoras emergentes que los mismos impulsores del “relativismo utilitario” citado ven como propicias para el dominio “político” y de las voluntades en el planeta: la Naturaleza y la Inteligencia Artificial. No por azar se habla de “post-milenarismo” (Eric Gans, 2000). “Nos encontramos en plena crisis” afirman la mayoría de los pensadores (Sergio Pérez Cortés, Itinerarios de la razón en la modernidad, México, Siglo XXI Editores, 2012).

Opto en lo personal por volver, desde la otra acera, a la crucial reflexión de Jacques Maritain, factor de convergencia y promotor del “civilizado” cruce de civilizaciones constante en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, cuyos deberes nadie lee: “La política no se ocupa de entes abstractos”, dice. El bien y el mal de que se ocupa “se hallan encarnados en energías históricas de una intensidad, una duración y una amplitud concreta determinadas”. Por lo que de “frente a las fuerzas que actúan en la escena de la historia, no tiene que apreciarse tan sólo la verdad o la falsedad de los valores que representan consideradas en sí mismas y en estado abstracto, en su significación intemporal. Tiene que apreciarse además la energía de realización histórica y el coeficiente de porvenir que aportan», agrega (Ídem, pp. 234-235), sea para confrontarlas, sea para acompañarlas.

Maritain, ante el realismo deshumanizado de quienes cultivan como deidad a la Madre Tierra o, cambiando lo cambiable, juegan a la virtualidad narcisista sobre las autopistas de la información, prefiere conjugar en términos tridimensionales. Asume a la realidad tal y como es, luego la describe y ordena a través de normas efectivas y no de ideales irrealizables. Mas no se deja atrapar ni por la crudeza de lo cotidiano, la de la especie caída, ni por la técnica matemática de los legistas o el determinismo naturalista; pues al cabo, para él, según mi exégesis y bebiendo en las enseñanzas de Werner Goldschmidt, las dimensiones sociológica y normativa de la realidad tienen como desiderátum uno estrictamente humano, por ende, el verse perfeccionadas conforme a la justicia; léase, con vistas a la mayor libertad del hombre, sujeto y no objeto de la naturaleza y autor tanto como víctima de la ciencia, transformada hoy en andamiajes digitales disgregadores y masificadores de la humanidad.

Un ejemplo resulta pertinente a nuestra consideración inicial. Lo concreta en 2005 el gobierno de España como Alianza de Civilizaciones -contra Occidente- en defecto del Diálogo entre Civilizaciones adoptado por la ONU en 2001. Ya Fidel Castro, el Gran Hermano del Caribe hace de las suyas junto a Lula da Silva, reo de delitos. Desde el Foro de São Paolo construyen sus anclajes de manos del procónsul José Luis Rodríguez Zapatero, para luego volver hasta América y hacer los ensayos y después regresar a la Península, dándole su estocada final al Occidente de la Justicia.

“En Occidente se manifiestan entre diversos sectores crecientes sentimientos de rechazo de los valores árabes e islámicos, percibidos por muchos como intransigentes y como una amenaza para su modo de vida”, reza el galimatías de Zapatero, que es fórmula de impunidad y manipula al mal de la criminalidad agregando lo que sigue: “Más preocupante todavía es la asociación que a veces se realiza por algunos entre dichos valores y las prácticas violentas, o incluso el terrorismo. Paralelamente, en el mundo árabe e islámico se reafirman con vigor los símbolos propios de identidad, a la vez que se difunde una imagen distorsionada de un Occidente agresor (por la frecuente disposición a hacer uso de la superioridad militar), discriminador (en la aplicación de la legalidad internacional), e insensible ante sus justas reivindicaciones políticas (por ejemplo, en el caso de Palestina)”.

El asunto no es baladí. Hugo Chávez, peón del juego global planteado por el Foro como manga de perseguidos por corrupción y presentes en el Grupo de Puebla, plagiando a Antonio Gramsci, confiesa en 2004 que “la vieja idea hay que golpearla, golpearla, golpearla, pero golpearla sin clemencia por el hígado, por el mentón, todos los días, en todas partes, las viejas costumbres, si no lo hacemos, si no las demolemos, ellas nos van a demoler tarde o temprano”.

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