lunes, 17 de mayo de 2021 | 3:31 PM

El Estado enemigo

La estatocracia socialcomunista se alimenta de las lecciones del monarca francés Luis XIV -El Estado soy yo- enraizada en el desponepotismo de la cúpula en el poder. | Foto cortesía

La estatocracia socialcomunista se alimenta de las lecciones del monarca francés Luis XIV -El Estado soy yo- enraizada en el desponepotismo de la cúpula en el poder. | Foto cortesía

El Estado socialcomunista es el más cruel y brutal enemigo del venezolano. No hay un solo aspecto de nuestra existencia donde ese Estado -que se escribe con mayúscula- tenga un gesto de cordialidad, sea amable, respetuoso o algo afable con la gente que habita sus dominios. Es como el peor vecino de un viejo y desvencijado edificio que vive en el mejor lugar, refaccionado con el dinero del condominio, del que este indeseable se ha apropiado para vivir a todo trapo con lo robado a la comunidad. La misma que apenas tiene para sobrevivir, y lo que puede llevarse a la boca lo cocina en un fogón alimentado con las chamizas que caen de los árboles. También debe acarrear el agua, siempre insuficiente para el aseo personal y para la limpieza del lúgubre y destartalado lugar que habita. Los zamuros -en asombrosas cantidades- rondan los basurales de desperdicios putrefactos, que permanecen semanas en los depósitos y se convierten en caviar para el agudo olfato de estos carroñeros.

Ese Estado mayusculado es definido como “Conjunto de instituciones políticas, jurídicas y administrativas que tienen jurisdicción sobre la población de un territorio limitado por fronteras”. En el caso nuestro no puedo evitar referirme a un Estado emasculado, cuyas instituciones han sido castradas e inutilizadas. La población tiene la certeza que ese Estado no cumplirá ninguna de las funciones enumeradas en el librito azul, que exhiben y zarandean en cadena nacional.

Eso sí, será usado para humillar al pueblo que dicen defender. Con ese Estado castrado -que sólo acumula violencia para controlar y reprimir- doblegarán, envilecerán y aplastarán cualquier atisbo de libertad que pueda circular en el espíritu de los venezolanos. Esos a quienes la élite dominante considera sus súbditos y esclavos, y en el mejor de los casos, simples fanáticos de la ideología socialcomunista, con la que han envenenado colectivos, comuneros, asociados y feligreses.

Emasculado como es y está, el Estado liberticida también cercena todos los derechos que la civilización occidental ha consagrado para la humanidad. El más amenazado es el mismo derecho a la vida, asediado por los cuatro costados, porque si la alimentación es insuficiente y de mala calidad la salud se resiente, y nos hacemos vulnerables frente a cualquier patología. Una vez enfermos sabemos que los hospitales públicos carecen de lo básico para atendernos: nuestros médicos se han ido del país o han muerto en la batalla contra el coronavirus, las medicinas escasean y las pocas que se consiguen provienen de laboratorios periféricos y poco confiables, y las instalaciones no cumplen con lo mínimo necesario para salvar vidas.

En este Estado de (des)gracia hasta el agua ha sido convertida en un líquido escaso, que sólo vemos cuando un chubasco y/o aguacero cae del cielo en forma continua y persistente. Esas nubes que se descargan provienen del empíreo -de lo divino y celestial- que es un universo envolvente y misterioso que sobrepasa nuestra frágil condición de simples humanos. Quiero decir que esa agua no puede ser entubada ni sometida, de manera inmediata por la ingeniería, para regular su volumen mediante un grifo. Valga recordar que estas tecnologías hidrológicas fueron desarrolladas, probablemente, durante el imperio romano, de la que quedan muchas estructuras que se mantienen en pie, como el acueducto de Segovia en España. Son varios siglos de experiencia en esta materia, pero el socialismo del siglo XXI perpetró un milagro involutivo, gracias al cual en Venezuela no sale agua por ningún grifo, desapareció la ducha y nos bañamos con totuma.

La educación venezolana -en democracia- logró avances muy destacados y relevantes, pero con el socialcomunismo se acentuó el Estado docente, con el egregio magister Aristóbulo como cabeza pensante. Bajo su égida se produjo una suerte de africanización en este ámbito. La exclusión sacó de las aulas a millones de niños y adolescentes que no pudieron culminar la primaria ni la secundaria. Los maestros y profesores se incorporaron a la diáspora que recaló en cientos de países, en búsqueda de los recursos que le permitieran alimentar a su familia. La formación fue hegemonizada por la universidad bolivariana, lo que se tradujo en una profunda mediocridad, coronada con la ideologización de los docentes y el culto al gran timonel, entre otras imposiciones del Estado omnipotente.

La Estatocracia socialcomunista se alimenta de las lecciones del monarca francés Luis XIV -El Estado soy yo-, enraizadas en el desponepotismo de la cúpula en el poder. Tenemos, entonces, un Estado fallido, forajido, corrupto y corruptor, interventor, pero por encima de todo, un Estado que es enemigo acérrimo del venezolano.

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