sábado, 18 de septiembre de 2021 | 3:41 PM

El dinero del poder

En cuestiones de Estado y de administración del poder es difícil hablar de moralidad y ética. Hay que tener en cuenta que para que los trámites de la vida pública funcionen no hay que hablar de honestidad de la boca para afuera.

Hace un año, mi amigo Aníbal Morgado me obsequió un libro escrito por los agudos periodistas José Díaz Herrera y Ramón Tijeras. Tiene el título de este escrito y en verdad es una lección de economía política que me ha disipado dudas pero a la vez me ha sembrado cierta amargura aderezada con impotencia.

Este texto dibuja todo el entramado de corrupción y malversación que se organizó alrededor de los partidos políticos españoles pero donde tiene papel estelar el PSOE a partir de la era liderada por Felipe González y Alfonzo Guerra.

Después de leer el libro y conseguirme un capítulo dedicado a nuestro querubín angelical Gustavo Cisneros, hombre del círculo de amigos de la dupla González-Guerra, no me queda más que avergonzarme porque ese señor es venezolano. Qué raya.

La lectura final de todo este boñiguero auspiciado desde el gobierno y el partido en función de gestor: pese a todo, España salió del foso y se convirtió en una de las economías más prósperas y modernas de la Unión Europea.

Con esto no estoy justificando lo indebido, pero puedo decir que el problema era de formas no de fondo. Había una preocupación por construir una sociedad moderna y consolidada en la prosperidad y participación económica, con estándares de calidad de vida, los que hoy son un referente.

En cuestiones de Estado y de administración del poder es difícil hablar de moralidad y ética. Hay que tener en cuenta que para que los trámites de la vida pública funcionen no hay que hablar de honestidad de la boca para afuera. Es mejor callar y demostrar con hechos. La corrupción y su consabida desolación y miseria son el mal de lo que estamos muriendo en estos momentos.

Es muy difícil, pero muy difícil que en asuntos del Estado no se le escape una liebre a quien está en el más alto sitial, se lo escuché decir en una visita al presidente Luis Herrera Campins en su casa de Sebucán (La Herrereña). Y miré que en eso de la honesto LHC demostró serlo.

Se puede ser honesto, pero la duda siempre estará latente en los políticos. Es cuestión de oficio y estilo que la gente aprenda a diferenciar y para eso está la historia.

Cuando aterrizamos en Venezuela, la complejidad y a la vez lo llano de nuestro país nos hace estar en las estadísticas de los países asaltados sin ningún control instituido. Somos comparados con esos países africanos robados por tiranos y su banda de asaltantes asesinos sin ningún tipo de escrúpulos. O más cercano, Haití, en la gobernanza sombría de la banda de los Duvalier que lideraba Francois Duvalier y sus Tontos Macouse.

Hemos pasado de ser uno de los países con más prosperidad del hemisferio a una calamidad de dimensiones desconocidas. Sí, tenemos que hablar de desconocimiento del daño, porque lo que vemos es lo que no se puede ocultar: electricidad, sistema de agua, sistema carretero, aeropuertos, terminales, telefonía, seguridad, salud, educación. ¿Cómo serán los pasivos ocultos de nuestro país? ¿Qué otros desastres nos esperan en el camino?

No compremos cotufas ni dulce de lechosa para el final. Compremos Rivotril o Rispiridona para aguantar el trancazo, por no decir una palabrota.

Vuelvo al escenario español en la era González-Guerra. A pesar de los negociados y otras maniobras económicas en la oscuridad, España salió airosa de los espaturramientos de una guerra civil y de las políticas ultraconservadoras nacionalistas y estatistas del franquismo.

España privatizó y se sacó las ataduras del Estado dueño. Fue allí donde se hicieron los grandes guisos, pero como quien dice desde la oscuridad: el daño fue necesario.

Y a nosotros ¿qué nos dejan después de dos décadas? Un país arruinado y asaltado por una banda de malandros disfrazados ideológicamente. Eso, sin más nada que decir. Un país robado y destruido para que no se levante nunca será.

Por estos días leía a Stanley Milgram, el sicólogo social que estudió a fondo el autoritarismo y la maldad. El de la obediencia debida, el de los límites entre tiranía y ciudadanía.

El poder enceguece y los que lo ejercen no salen del cuarto oscuro donde están prisioneros. El caso de Adolfo y Hitler y su banda; el de Mao Zedong y su banda; el de Pol Pot y su banda… el de Josif Stalin, otro asesino que disfrazó el discurso con los eufemismo de justicia social…

¡Democracia sí, tiranía no!

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Literatura y espiritualidad

Allí sigue vigente el pensamiento y la obra del gran Juan Liscano, quien me decía que a pesar de que los políticos nos subestimaban, por encima de todo la literatura es una relación tormentosa con la vida pero tiene que ser parte de la conciencia crítica.

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