jueves, 21 de octubre de 2021

El colapso definitivo es verosímil

La irritación social que traga, como nunca, la humillación del engaño por tantos años, es evidente que empuja su destino y no el de los cálculos políticos del régimen.

@ottojansen

La certidumbre de la realidad pretende, como es práctica, ser un elemento nulo en el neolenguaje revolucionario. Hablamos del estado Bolívar y su condición de reservorio de agua dulce de Venezuela y del mundo. Los ríos más grandes y caudalosos que acompañan (en riveras o ramales) gran parte de nuestras poblaciones están ahí, pero nada tienen que ver con la distribución de agua a comunidades, pueblos y municipios. Es “ilógico” en la categoría de los sacrificios antiimperialistas pensar que a los lados de los ríos Orinoco, Caroní, Caura, Yururari o Yocoima, estando conglomerados residenciales históricos importantes, tenga que estar garantizado como insumo de la modernidad ese servicio. La realidad -“nula” en revolución- es que colapsan los viejos equipos, acueductos que fueron superados por el tiempo y ahora con la desesperación de la población, se hace evidente la ausencia de obras que en estos últimos años de un proceso de gestión administrativa de dos décadas nunca dieron el salto de los presupuestos aprobados a la concreción y utilidad pública.

Montos significativos sin destino claro, estructuras abandonadas, responsabilidades que ahora ninguna instancia gubernamental asume. En Guayana, con el servicio de agua, llegamos al llegadero de la actuación oficial por parches e improvisaciones. A partir de este año de espectaculares calamidades, por lo que se ve y como ya es rutina en los pueblos de la región, Ciudad Guayana extiende a todos sus confines (desde Vista al Sol y La Victoria, pasando por Alta Vista, Unare e internándose en el Core 8, Las Amazonas, y más allá) la sed de sus habitantes y el desmantelamiento en metástasis de las zonas que habían permanecido menos críticas en los servicios.

Ahora, el objetivo revolucionario es lograr el operativo más estructurado de sus ambiciones, por sobre las penurias y las carencias, que a ratos braman cual volcán en erupción. Se trata de sus elecciones parlamentarias con políticos pagos, tontos útiles, personajes de toda ralea y con control absoluto (sin escrúpulo alguno) de las maniobras que le otorguen la permanencia al poder totalitario. Por eso ante las crisis del servicio de agua de estas últimas semanas en Caroní y meses en Piar; como del trasporte en Ciudad Bolívar, los reiterados cortes de electricidad en Caicara del Orinoco y municipios del sur, o la distribución del gas; no ha existido pronunciamiento de los alcaldes o del gobernador (este, enredado con los escenarios de contagios de la COVID-19). No ha habido información confiable a la opinión pública por parte de la hidrológica, y por su supuesto, nada que ver con algún tipo de acompañamiento a las comunidades que protestan y piden agua. La campaña no es tanto por las parlamentarias chapuceras que ya tienen bajo la manga, sino por hipnotizar a la gente con la “normalidad” revolucionaria. La irritación social que traga, como nunca, la humillación del engaño por tantos años es evidente que empuja su destino y no el de los cálculos políticos del régimen.

Estados permanentes de flagrancia

 En un permanente vaivén de balsa sobre aguas encrespadas está el Estado fallido revolucionario. Desbordado por las problemáticas más pequeñas, quedó demudado y desnudado por el informe perturbador de la Misión Internacional Independiente de determinación de los hechos sobre la República Bolivariana de Venezuela; originado en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. A los guayaneses que viven sus tragedias no les fueron indiferentes comentarios de los que pudieron leer las 443 páginas, con los 223 casos investigados y análisis de otros 2891, soportados en este informe. Seguramente a los efectos rigurosos del impacto en la opinión pública sea menester disponer de las mediciones específicas, pero son innegables los indicios sobre la atención del ciudadano común a la materia, donde se detallan desapariciones, torturas, detenciones sin respeto por la ley, prácticas ilegales convertidas en patrones de conducta del Estado, entre muchas otras espeluznantes descripciones. Ese interés se explica por la naturalidad con que los venezolanos viven cualquier trámite, por nimio que sea, como la compra de alimentos, medicinas, surtido de gasolina o el uso del transporte, sin que no exista, atropellos, arbitrariedades, vejación o “caciquismo” en el comportamiento de funcionarios, allegados al régimen y hasta de pobladores en esa cultura normalizada

 La flagrancia no está en la socavada sociedad, a sus derechos y normas civilistas. Está en un Estado que ha trastocado valores, ha destruido los que se proyectaban en la profundización de la convivencia ciudadana y ahora en el balance -un dictado, cátedra, y ejemplo del ejercicio de acompañamiento, denuncia e investigación exhaustiva, anexado a los instrumentos jurídicos y de ley como el aportado por el reporte de la ONU- que vamos sacando venezolanos, no solo se constata cómo se ha hecho uso de la corrupción, del robo escandaloso del dinero de la nación, sino que igualmente cómo han establecido mazmorras para todo aquel que sea calificado de enemigo interno: el horror sin repulsión del que viene sintiéndose impune por siempre.

 Hay motivos razonables, como tanto lo repite el informe de la Misión, en la certidumbre que el proyecto revolucionario se destruyó. Los hay también para afirmar que se viven horas de cobardía en algunos factores. Pero igual hay motivos para ratificar las luchas del rescate constitucional. De arriar con determinación, haciendo de la sociedad civil, que protesta por el agua, la luz, el gas y la calidad de vida, la más firme aliada para la recreación del Estado democrático; impulso de la libertad, desarrollo y regeneración política.

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