martes, 28 de septiembre de 2021

El cilindro

Las canciones, como las obras literarias, también cuentan fascinantes historias. Una de ellas, compuesta por Rubén Blades, relata uno de los mayores desastres nucleares ocurridos en América Latina.

Las canciones, como las obras literarias, también cuentan fascinantes historias. Una de ellas, compuesta por Rubén Blades, relata uno de los mayores desastres nucleares ocurridos en América Latina.

@diegorojasajmad

No es común oír acerca de accidentes nucleares en América Latina. Sin embargo, un evento de este tipo ocurrió no hace mucho y se considera el mayor desastre radiológico acontecido dentro de un perímetro urbano, el más grave en toda la historia del planeta.

En Goiania, ciudad brasileña ubicada a 200 kilómetros de la capital, existía un edificio derruido y abandonado en donde antes funcionaba una clínica privada. Ahora el lugar servía de refugio a varios indigentes, quienes buscaban cobijo en sus ruinosas paredes.

En septiembre de 1987 dos chatarreros entraron en el edificio en busca de viejos metales para revender y allí hallaron un curioso objeto. Era una pesada máquina con 600 kilos de plomo que pusieron con mucho esfuerzo en una carretilla y la llevaron a casa para desmantelarla y venderla luego a una chivera. Tras varios días de intentos fallidos, con cincel y martillo acabaron por desarmarla, y en una cápsula que había en su interior encontraron 100 gramos de un polvo que emitía una extraña luz azul.

No hubo problemas para vender las piezas a la chivera y cuando el nuevo dueño descubrió la misteriosa luz quedó impactado. Invitó a sus amigos y vecinos a disfrutar de ese extraño fenómeno e incluso ordenó hacer una sortija para su mujer con el desconocido material. Ese extraño polvo brillante fue la alegría de la comunidad y al menos cinco familias vecinas recibieron muestras. Una niña, hija del dueño del depósito, comió un bocadillo con las manos impregnadas del polvo. Algunos adultos y niños se lo pusieron en el rostro y en los brazos para brillar en la noche, llenos de júbilo y alegría.

Varias de estas personas empezaron a sentirse mal, con náuseas, pérdida de cabello, fiebre y heridas en manos y brazos, y una de ellas, la esposa del chatarrero, acudió al hospital en transporte público con una muestra del material, inocente del peligro que llevaba consigo. Allí, luego de dos semanas de abierta la cápsula, se descubrió por fin de qué se trataba: era Cesio-137, un elemento altamente radiactivo utilizado en los aparatos médicos de radioterapia.

Al difundirse la noticia, la población de Goiania entró en pánico. En pocos días, 120.000 personas acudieron a los puestos descontaminación. Un número no calculado abandonó la zona y el comercio disminuyó drásticamente, pues nadie deseaba tener algo que hubiese estado antes en la ciudad. Incluso hubo protestas en los cementerios pues la población no quería a esos cuerpos radioactivos cerca de las tumbas de sus familiares, a pesar de que habían sido previamente descontaminados y puestos en ataúdes de plomo. Por eso recibían a las carrozas fúnebres con pedradas, para ahuyentarlas. La situación se estaba saliendo de control.

El saldo final fue de 5 personas muertas, de forma fulminante, por la radiación, para luego, al pasar de los años, llegar a 60 personas fallecidas por las secuelas, 628 contaminadas y más de 6.000 expuestas a la radiación, pues el material se extendió hasta 160 kilómetros a la redonda. Se demolieron viviendas, edificios enteros, e incluso se llegaron a remover las capas superiores del suelo en distintas zonas para ser enterrados posteriormente estos desechos y cubiertos con una gruesa capa de hormigón.

Los directores de la clínica fueron acusados por no disponer adecuadamente sus desechos clínicos y se defendieron afirmando que el aparato no era responsabilidad de ellos sino del Ministerio de Previsión Social. Todos se lavaron las manos ante el desastre nuclear de Goiania y una sencilla multa resolvió judicialmente el asunto.

Ante esta tragedia, el cantautor panameño Rubén Blades compuso la canción “El cilindro”, incluida en el disco Amor y control de 1992. En ella relata el desastre de Goiania y la canción nos sirve como testimonio imperecedero para que más nunca ocurra algo parecido, invitándonos a reflexionar acerca del destino de nuestros desechos industriales y hospitalarios. Dice la canción:

“El gobierno explicó a través de expertos

que ‘los muertos fueron víctimas de radioactividad’.

Le dieron una multa a un hospital local,

‘por botar substancias tóxicas en un área popular’.

No hubo milagro, ni hubo justicia,

y esa tragedia no es noticia ya.

Ni aquel cilindro, con el polvo de cielo,

que alegraba a la miseria con su luz.

Nadie se acuerda de la familia que, brillando, murió en la oscuridad.

El hospital pagó su multa, barata le salió la culpa,

pues la vida de un pobre no vale na’”.

Años después de la tragedia, el gobierno brasileño aún se niega a reconocer a todas las víctimas de Goiania y en la ciudad la radiación continúa con su mortífero trabajo, ahora bajo tierra.

Otras páginas:

Los tragalibros: “Caso singular el de los apresurados que, con serlo, parecen poseer facultades excepcionales de asimilación. Van sobre el libro a las volandas y, sin embargo, no puede negarse que lo lean a fondo. Así Southey, así Napoleón en Santa Elena. De Macaulay se dijo que absorbía los libros por la piel. La leyenda llegó a creer que Menéndez y Pelayo se quedaba con el contenido de una página en un solo vistazo y hasta pasándole los dedos encima. Sterne se indignaba contra estos tragones”. Alfonso Reyes

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