lunes, 26 de julio de 2021 | 11:00 PM

Dos mujeres: palabras que pesan onzas de libertad

El juramento de Guayana está en no dejar en el olvido esas voces silenciadas por la violencia. Hay que fomentar la cruzada por la vida, la felicidad y los derechos. | Foto cortesía

El juramento de Guayana está en no dejar en el olvido esas voces silenciadas por la violencia. Hay que fomentar la cruzada por la vida, la felicidad y los derechos. | Foto cortesía

@ottojansen

El dolor es más fuerte cuando la ruptura de la vida ocurre a kilómetros de distancia de donde la existencia pasa sin sobresaltos. Es decir, lejos del poder político, de los operadores que movilizan los intereses económicos; de autoridades y gobiernos fantasmas que ven transcurrir los días en una permanente campaña propagandística, sin protagonismo del sufrimiento. Allí la tristeza desgarra desde el primer día y continua igual con el paso del tiempo.

A Dorialcely Tocuyo y a Martha Aristizábal, asesinadas en la población de El Callao, epicentro de la devastación minera del estado Bolívar, las mantiene vivas en la memoria de la gente el video que ha circulado por las redes sociales: esas palabras de Tocuyo, hace unas semanas, donde fustigó con firmeza las feas y oscuras irregularidades que ocupan a ese municipio. En el primer momento, conocida la noticia sobre el asesinato, la conmoción se expandió a toda la región. Hay razones: no es un caso más, como con total acierto calificó la periodista Clavel Rangel. Pero pasados unos pocos días, los señalamientos se han alejado del caso, para entrar en la especulación, en acusaciones que semejan a justificaciones, en la aparición de voces que exculpan a priori posibles indicios. En fin, esa maquinaria del poder y de los distintos intereses que todo lo burocratizan lo vuelve un episodio amorfo e incoherente como significado de la actividad extractivista, con las deformaciones económicas y sociales que hunden a los pueblos de Guayana e involucran como responsables a funcionarios de la revolución, amigos y socios.

Ahora los heroísmos en el estado Bolívar los hemos contemplado a lo largo de estos 22 años recientes, e inmediatamente a esas posturas que retan las arbitrariedades y atropellos les llega el silencio, indiferencia; esa pasmosa impunidad con la que luego toca lidiar.

Sucedió con Franklin Brito en el municipio Sucre, y ha venido sucediendo con importantes casos judiciales de jóvenes de Ciudad Guayana. Con los asesinatos también en El Callao de Carlos Clark, músico, y de Rosalba Valdez, exconcejala. De alguna manera, con las víctimas de la matanza de Tumeremo, con el asesinato del comandante y su ayudante de la guarnición militar de Sifontes. Los meses han sepultado estos casos y mucho más cuanto se trata de vecinos comunes. Lo que ha quedado es la impotencia de la gente, y por supuesto los hirientes problemas que se tornan en una especie de daga que les amenaza venganza a quienes se atrevan a reclamar justicia y derechos.

De perfumes y corajes ante la indefensión

Es conocido que el trágico episodio de las mujeres asesinadas en El Callao, como ninguno en el estado Bolívar, se vincula directamente con “la acción u omisión del poder político con la violencia en las minas, aunque es un secreto a voces”, definido con precisión por la periodista guayanesa mencionada en líneas previas. Este aspecto esencial expone la cruda realidad en la caracterización y propuestas de la lucha cívica por obtener condiciones de normalidad en los municipios distantes, más con las distorsión del proyecto del Arco Minero. Tal como es hoy la vida de esas poblaciones, no es cualquier enfoque lo que permite encontrar la justicia y el amparo colectivo. De allí que efectivamente no es una exclusiva expresión singular o de un único arranque emocional lo llevado a cabo por la asesinada cuando emitió acusaciones y denuncias de grueso calibre. Es muestra concreta de la insoportable condición que padece el pueblo con el uso de la moneda, los canjes y “vacunas” impuestos por la distorsión minera; la miseria que golpea a quienes quieren tener una vida decente y el corolario en las redes de prostitución y la esclavitud moderna, reflejados en los trabajos periodísticos de Correo del Caroní.

¿Cuál es la alternativa para estas poblaciones y cuál para la violencia de las bandas antisociales urbanas entremezcladas con el poder político en el estado Bolívar? Al panorama complejo, nada fácil, es imprescindible, al menos, la convicción y las tareas con el compromiso social, con impulsar y constituir la fortaleza institucional y política sustentada en el tiempo. Para abordar la alta impunidad, a la vez de hacer valer la condición ciudadana. Estos requisitos, lamentablemente, no se encuentran en la agenda de trabajo de nuestra región, y al afirmarlo no exageramos. El sentimiento popular no es interpretado por los dirigentes que se reparten cargos o roles electorales, permitidos por el régimen que impone ganadores y perdedores para mantenerse. Mientras las mujeres de Bolívar levantan la voz a costa de sus propias vidas, los pretendidos líderes políticos que dicen ser de oposición se lanzan a sus campañas de vanidades, desconectados del apremio de las comunidades de vivir en paz y progreso.

El juramento de Guayana está en no dejar en el olvido esas voces silenciadas por la violencia. Hay que fomentar la cruzada por la vida, la felicidad y los derechos; articulada con determinación a la crítica y propuestas de reestructuración de organizaciones sociales y políticas, que con visiones de modernidad, enfrenten el largo camino de las transformaciones hacia el desarrollo. Esas jóvenes madres de El Callao, que ahora no están, lo merecen por su coraje y testimonio en tiempos de farsas y farsantes.

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