viernes, 18 de junio de 2021 | 5:05 AM

Destrucción y chatarra

Vista la devastación no hay que ser muy avispado para concluir que el poderoso es en esencia un chatarrero, graduado con honores en la universidad de la horrura y la escoria. | Foto cortesía

Vista la devastación no hay que ser muy avispado para concluir que el poderoso es en esencia un chatarrero, graduado con honores en la universidad de la horrura y la escoria. | Foto cortesía

En 1998 los venezolanos escucharon con devoción las trasnochadas serenatas de un coplero que refrendaba con sus milongas todas sus promesas de redomado falsario, pero cuyo único propósito era adueñarse no del país, sino de sus riquezas y de la voluntad de los lugareños, hasta convertirlos en serviles fanáticos de sus alucinados desvaríos. En su morral de dislates y aberraciones también traía la mandarria, con la que destruiría todo aquello que hubiese sido erigido antes de su ascenso al poder. Para perpetrar esta demolición eligió a voraces depredadores, quienes todavía gozan mientras destrozan todo lo que encuentran a su paso. Como los del estado islámico arrasando Palmira en Siria, o los talibanes cuando derribaron los budas gigantes de Bamiyán en Afganistán.

Después de acabar con todo -como el barbarazo de la canción de Wilfrido Vargas- me imagino a estos exterminadores en una danza ritual alrededor del fuego, alimentado con fragmentos de lo destruido. Una verdadera orgía que celebra la labor cumplida y complace al gran timonel, al líder inmarcesible, al redentor, al mesías ante el que se prosternan, rodilla en tierra.

Vista la devastación no hay que ser muy avispado para concluir que el poderoso es en esencia un chatarrero, graduado con honores en la universidad de la horrura y la escoria. A chatarrear llegó con cortesanos, serviles, carroñeros, usureros, chulos y enchufados de toda ralea y nacionalidades, unidos por la ideología socialcomunista. Esa que los convenció de su superioridad moral e intelectual, cuya misión es salvar a la humanidad.

Pues bien, para salvarnos fue menester acabar con lo existente hasta convertir todo en una suerte de bascosidad, esa que sigue inundando el territorio del que se han apropiado. Empezaron -como correspondía- por la empresa petrolera, que llenó de orgullo a los nativos y que se convirtió en la quinta más importante del mundo. La acción inicial de este proceso revolucionario de devastación tuvo al capital humano como punto focal. Durante generaciones recordaremos aquel dedo enhiesto que acompañó al grito pelado de “fuera”, que sacó de su puesto de trabajo a los más destacados expertos de Petróleos de Venezuela.

Después de pulverizar la nómina vino el desmantelamiento de toda la arquitectura material de esta industria, a cuyo cargo estuvo, entre otros, ese miembro de la izquierda caviar llamado Rafael Ramírez Carreño. Primo hermano de el Chacal, Carlos Ilich Ramírez, un sicario, un terrorista, asesino de cientos de personas inocentes. Ustedes entenderán que el enchufe doble de Ramírez no fue casual. Su condición de depredador tiene pedigrí en el más criminal de los comunismos. Cumplió su cometido, y hoy, hasta los taladros son pedazos de hierro oxidado, que esperan su destino final: ser extraídos para exportarlos como chatarra.

Con esa Pdvsa chatarreada la macolla busca captar 77.000 millones de dólares. Por cierto, todo se hace en Moscú desde 2019, cuando la filial de Pdvsa-Europa mudó sus oficinas de Lisboa a la capital rusa. El responsable de la sede moscovita es el criollito Andrei Grichayer, designado por el emperador Vladimir Putin, quien ha expandido sus dominios hasta estos hambreados y lejanos territorios tercermundistas.

La escasa producción petrolera tiene como destino Cuba, tiranía que tutela la dictadura venezolana, y otra parte va al pago de la deuda contraída con el imperio comunista chino. Lo otro que se exporta de esta colonia es chatarra, lo único que ha producido el socialismo del siglo XXI en 22 años, obtenida de la destrucción, entre otras, de las empresas básicas de Guayana. De aquel emporio no petrolero, enmarcado en lo que el francés Charles Perroux llamó “polo de desarrollo”, sólo quedan las ruinas dejadas por el tsunami revolucionario, que no dejó piedra sobre piedra en esta región.

La palabra chatarra viene del euskera y tiene 7 acepciones. Una de ellas se refiere al dinero, ese que tiene poco valor, como el bolívar, que también ha sido chatarreado por el socialismo hasta convertirlo en desecho. Del que nos desprendemos rápidamente, o se acumula como inútiles pedazos de papel en cualquier lata oxidada. En paralelo nuestra propia vida también ha sido arruinada, en medio de este proceso revolucionario destructivo, con su patológica adicción por la escoria, los escombros, el cascajo, los desperdicios, y todo aquello que tiene que ver con aniquilación y exterminio, cuyo producto final es la chatarra.

Agridulces 

El terrorismo ha hollado el sagrado suelo venezolano, al usar al estado Apure para una guerra entre disidencias de las FARC. El frente décimo y la segunda Marquetalia expulsan a la FANB y se enfrentan en y por un territorio que creíamos nuestro.

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