martes, 28 de septiembre de 2021

Desplazamientos: cruz de las regiones venezolanas

No tendríamos que abundar en una materia que no es de nuestro dominio si no fuera porque analogías en persecución de comunidades, presencia del Estado como agresor y la consecuencia dolorosa de desplazamientos de la población guayanesa, no nos fueran tan dolorosas y familiares. | Foto cortesía

No tendríamos que abundar en una materia que no es de nuestro dominio si no fuera porque analogías en persecución de comunidades, presencia del Estado como agresor y la consecuencia dolorosa de desplazamientos de la población guayanesa, no nos fueran tan dolorosas y familiares. | Foto cortesía

@OttoJansen

Por una de esos hechos felices de nuestras poblaciones venezolanas, convertidas luego en amarga burla con el cuadro de desgracias, penurias y enfermedades del escenario nacional, se conoce que todas las jurisdicciones parecieran tener una comunidad llamada La Victoria, y no hay para el presente nada que pueda existir menos asociado al triunfo, logros o alcances de calidad vida; en estos pueblos ni en ningún otro con nombre diferente.

Desde el estado Apure se proyectan imágenes impensables en la historia nacional; quizás explicadas con el tobogán de plagas que han caído en nuestro territorio: la población fronteriza de La Victoria -sur del municipio Páez- huyendo en masa de una guerra que no es otra cosa (según los conocedores) que la disputa de zonas entre las fracciones del narcotráfico colombiano y el régimen venezolano que juega a la solidaridad con una guerrilla que no es tal, pero que le permite vínculos con intereses entremezclados y que para el común de los mortales venezolanos se ha hecho siempre incomprensible y desconocido.

Las informaciones y reportajes, durante la semana pasada, han sido amplios en los detalles de periodistas y voceros calificados de nuestro país y de Colombia. No tendríamos más que abundar en una materia que no es de nuestro dominio sino fuera porque analogías de persecución en comunidades, la presencia del Estado como agresor y la consecuencia dolorosa de desplazamientos importantes de la población guayanesa no nos fueran tan dolorosas y familiares.

En 2019 hubo los sucesos sangrientos de la entrada fallida, boicoteada por el gobierno bolivariano, de la ayuda humanitaria, que fue con los meses el reflejo de persecución de etnias indígenas de la Gran Sabana y la huida fundamentalmente de estos a las ciudades brasileñas. Aún recordamos fotos y videos dramáticos de esos acontecimientos y de las continuas arremetidas donde los cuerpos de seguridad del Estado venezolano han sido los principales responsables. Pero el proceso de desplazamiento de población, específicamente en Guayana, es una procesión de hace años, con una velocidad lenta en principio, y sin una cantidad que pudiera ser llamativa a los estándares internacionales y que continúa cruzando de norte a sur, este y oeste de la región; empujada por la anarquía social y económica, la indiferencia militar, cálculos del proyecto revolucionario y los embates de grupos irregulares, llámese hampa organizada o grupos guerrilleros.

¡SOS desde Guayana!

“Movimientos de población fuera de su lugar de origen o de residencia habitual, de carácter temporal o permanente y por lo general a gran escala, que tiene un carácter involuntario, es decir, es motivado por la presión –o amenaza– de factores externos actuando libremente o en conjunción”.

Así define migración forzosa el diccionario de Acción Humanitaria en el material El asilo es de todos. Movimientos forzosos de población y solidaridad internacional, publicado por Unhcr-Acnur, la Agencia de la ONU para los refugiados, se lee. “Actualmente está ganando impulso el concepto de movilidad humana en las distintas políticas internacionales sobre migrantes y refugiados, cuya utilidad es integrar en una sola idea todas las formas de movimiento de personas”. Los conceptos formales del derecho internacional probablemente empecemos a utilizarlo más a menudo con la realidad nacional, tal como van las cosas, porque efectivamente el “ruido” de la intervención del Estado revolucionario para imponer el proyecto del Arco Minero contra la opinión de los residentes en las comunidades afectadas viene expresándose en pueblos indígenas de la troncal 10 del municipio Sifontes por estos mismos días con más violencia y asesinatos, lo cual por esa misma razón los últimos años han significado desplazamiento interno. En esta semana ha habido hechos de sangre en el municipio Sucre, quizás la población más indefensa económica y comunicacionalmente de todo el estado Bolívar, lo que acrecienta cifras de movilidad por aquellos caseríos. Los niveles de desplazamiento de los guayaneses por la situación del país es harto evidente en ciudades como Caicara, Upata, Ciudad Bolívar y Ciudad Guayana, solo que al no contar con cifras oficiales, la usurpación y las caricaturas de las instancias locales juegan a la “normalidad” invirtiendo hechos y realidades.

Ya lo habíamos comentado por estas líneas cómo en las barriadas de la capital guayanesa el número de jóvenes y personas de todas las edades ha abandonado en números significativos esas comunidades para instalarse en las minas de El Callao, Padre Chien, La Paragua, Roscio, Gran Sabana, la frontera con Guyana o salir hacia otros países latinoamericanos. Gente sin recursos pero a la que le era imposible inmovilizarse en sus pueblos a riesgo de perecer de hambre. Cuando suenan las metrallas en Apure y el ministro de la Defensa da una rueda de prensa para enarbolar términos patrioteros y despachar como un trámite los rugidos de un volcán social que se encuentra desarrollándose ante nuestros ojos, para ningún guayanés ni venezolano alguno es difícil imaginar que seguirá aumentando la migración, refugiados y los desplazados. Continuará el empeoramiento de este país hundido en la irresponsabilidad, la tergiversación y la politiquería.

Esa es la cruz de los venezolanos. El régimen revolucionario prepara nuevos zarpazos, salpicados con dólares de sangre y acompañados de una cierta “oposición” de utilería, con personajes que persisten en la indecisión y el vedetismo. Con semejantes caras, ultraconocidas en Guayana, La Victoria, como en Apure, desaparecerá fatalmente.

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