lunes, 20 de septiembre de 2021 | 9:31 AM

Defensa extramuros para la universidad venezolana

Las luchas por la universidad venezolana que ahora se mueven subterráneamente, como también de ONG en la opinión pública, no puede minimizarse. Que no se desestime la fuerza del extramuros que agazapa la acción de defensa ante el cerco totalitario.

@OttoJansen

La sentencia 0324 del Tribunal Supremo de Justicia, de agosto de 2019, que ratificó la realización de elecciones en las universidades autónomas públicas con inclusión del personal administrativo y obrero, contraviniendo el artículo 109 de la Constitución, al desvirtuar la estructura del claustro universitario -condición de autonomía y principio de jerarquía-, y que posteriormente fue suspendida la semana pasada, finalizando febrero de 2020, es una intención percibida por mayoría de los venezolanos como el propósito de la revolución de someter a su control la reserva del conocimiento, la diversidad del pensamiento y rebeldía estudiantil. Por ello ha levantado una nada despreciable atención en la opinión pública en un instante nacional donde el hambre, la precarización del servicio público, la violencia, la ausencia de autoridad y de derechos más elementales centran la vida de la población. Esto pudo haber hecho pensar lo sencillo que sería para el régimen poner sus tenazas en la educación superior que, agonizando igual que el resto de los niveles del sistema educativo, continúa levantando voces e ideas por la libertad y anhelo democrático.

La Universidad Central de Venezuela (la muy querida casa que vence las sombras) representa el mejor manjar y hacia allí apuntan las maniobras del asalto, sin que importen demasiado las formas; total, ya el régimen tiene todas las posibilidades con el TSJ como instrumento para “fundamentar” la ley que sea necesaria, pero además y aparentemente mejor que con el resto de los operativos de control de la sociedad venezolana, también tiene sus “cabezas de playas”, algunos vacilantes actores de la academia y no pocos tradicionales trepadores, que permiten aplicar la aplanadora cuando haga falta. Se inscribe este importante episodio dentro de la batalla por el rescate del orden constitucional de Venezuela y más allá de los rumores y cuentos sobre los pactos que se habrían hecho para armonizar el ambiente venezolano vía el objetivo revolucionario de realizar las elecciones parlamentarias a su medida, y no las elecciones presidenciales. Más allá de los corrillos sobre los supuestos “golpes de muñeca” de la rectora Cecilia García Arocha en función de aspiraciones políticas; lo cierto es que la población -regularmente desestimada- no deja pasar las maromas revolucionarias de arrasar con las casas del saber, implicándose en el sentimiento que clama por preservar la libertad académica y la autonomía universitaria.

Las ruinas de Cursos Básicos

En el estado Bolívar, la situación de las universidades públicas, incluso las dirigidas por el gobierno, como la Simón Rodríguez y la Universidad Bolivariana de Venezuela, tienen años desbarrancándose en problemáticas de todo tipo; las tradicionales batallas por presupuesto insuficientes y por complicaciones con cupos estudiantiles se convirtieron en ritos añorados. La UDO Bolívar es el reflejo de la destrucción integral por el trato de la revolución. El edificio de Cursos Básicos, la Escuela de Geología, y su auditórium, ubicados en el sector La Sabanita, de la capital guayanesa, muy pronto serán tragadas por escombros y el olvido. El transporte estudiantil no funciona, los niveles de matrícula han ido desapareciendo y en el área docente de Geología de los por lo menos 100 profesores, ahora se consiguen 13 que soportan la humillación del hambre y zapatos rotos en aras de su vocación y del símbolo de calidad que fue la Universidad de Oriente. Todas las casas de estudios de educación superior en la región “airean” sus pesadillas, sus dramas y los pequeños triunfos que son inmensos a la vez, en la oferta de las funciones más elementales. Solo el faro de la UCAB Guayana resiste con mayor operatividad, y aun así, la tormenta de la gigantesca crisis social y económica no cesa de atropellar su permanencia: la Escuela de Educación, por ejemplo, resiste la baja impresionante de inscripciones y estudiantes.

Pero la gente, aunque no lo demuestre con aspavientos ruidosos, no es indiferente al cuadro de la situación de las universidades. No tendrá recuentos rigurosos, no sabrán de verdades que enfrentan a las manipulaciones del oficialismo y sus aliados, pero les duele que sus muchachos pierdan tiempo, que no sean los médicos, ingenieros, educadores, administradores o especialistas que soñó la familia. No en balde, por ser la esencia de la cultura del ascenso social en el proceso democrático de la otrora Venezuela, es difícil olvidar que no hubo joven que hace cincuenta años al llegar a Caracas no tuviera como meta integrar las aulas de la UCV.

El significado de las luchas por la universidad venezolana, que ahora se mueven subterráneamente, como también de oenegés con relevancia en la opinión pública, no puede minimizarse. Que no se desestime la fuerza que hoy, en el extramuros de las escuelas, agazapa la acción de defensa de la sociedad civil (cuando expresiones partidistas, como en Bolívar, se encuentran ausentes al tema) ante el cerco totalitario del régimen chavista. Las posturas “civilizatorias” ante las fauces del totalitarismo para “acuerdos” sobre el país, que solo deben estar sujetos al mandato constitucional, en nada han sido parte del retroceso, por ahora, de la invasión de los bárbaros a las 10 universidades públicas amenazadas. Vendrán nuevos episodios.

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