lunes, 10 de mayo de 2021 | 8:41 PM

De Vargas Llosa a Perla Suez

Señora Perla, déjeme decirle que esas masas son alimentadas por millones de venezolanos -pibes y pibas- excluidos por una tiranía que ha nos ha empobrecido hasta la miseria más dolorosa.

En la Venezuela socialista todo ha sido destruido, incluso el prestigio de un premio como el Rómulo Gallegos, instituido el 6 de agosto de 1964, durante el gobierno de Raúl Leoni, cuando la democracia luchaba a brazo partido contra fuerzas oscuras, financiadas por la URSS e inspiradas en el barbudo que bajó de la Sierra. En medio de la violencia -también de la naturaleza, desatada por el terremoto del 29 de julio de 1967- inicia su andadura este Premio Internacional de Novela, que rápidamente se convierte en el más reputado galardón de este género en el mundo de habla hispana.

Con disciplina, respeto por los lapsos y gracias al esfuerzo y honestidad de un jurado siempre muy calificado, este premio le fue concedido a las figuras más destacadas de la literatura hispanoparlante. El propio Rómulo Gallegos -ostensiblemente desmejorado- puso en las manos de un jovencísimo Mario Vargas Llosa el premio que lo distingue como el primero en recibirlo, el 10 de agosto de 1967, por su novela La Casa Verde. Quien luego sería Premio Nobel, enfatizó en su discurso de aceptación que: “La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos, escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite camisas de fuerza”.

Alguien dijo que Vargas Llosa cerró su alocución con vivas a la revolución cubana. Pero lo cierto es que el escritor peruano rompió de manera definitiva con el castrismo, y se convirtió en un crítico acérrimo de aquella desalmada tiranía. Después lo ganó García Márquez, y el dinero -unos 100 mil dólares- se lo donó al Movimiento al Socialismo (MAS), organización política surgida de una de las divisiones del Partido Comunista. El colombiano se quedó con la fama y el prestigio, mientras el vil metal sirvió para apuntalar a una agrupación partidista, donde convergieron muchos de los guerrilleros que bajaron de la montaña. Puede concluirse, entonces, que el Rómulo Gallegos, también sirvió para otros fines, como ciudadanizar a quienes usaron la guerra de guerrillas para intentar acabar con la incipiente democracia venezolana.

Fue un galardón codiciado que premió el talento de escritores tanto de esta orilla del Atlántico como de la otra. Entre 1967 y 2015 fue recibido también por: Carlos Fuentes, Enrique Vilas Mata, Menpo Giardinelli, Arturo Uslar Pietri, Manuel Mejía Vallejo, Abel Pose, Fernando del Paso, Fernando Vallejo, Roberto Bolaño, Javier Marías, Ángeles Mastreta, Elena Poniatowska, Eduardo Lalo, Isaac Rosa, Ricardo Piglia, William Ospina y Pablo Montoya, quien lo ganó en 2015.

La semana pasada un jurado -integrado por Laura Antillano, el argentino Vicente Battista y el colombiano Pablo Montoya- declaró ganadora a Perla Suez. Una argentina que no se mordió la lengua al masajear a la cúpula venezolana y mostrarle su incondicionalidad, justificada en complicidades ideológicas. Desde las lejanas tierras cordobesas negó -rotundamente- que sus camaradas bolivarianos en el poder violaran los derechos humanos de nuestros compatriotas.

Ceguera voluntaria que le impide ver en Venezuela lo que condena en otros continentes, “al ver ve las masas de inmigrantes que se mueven por el mundo buscando un lugar donde vivir”. Señora Perla, déjeme decirle que esas masas son alimentadas por millones de venezolanos -pibes y pibas- excluidos por una tiranía que ha nos ha empobrecido hasta la miseria más dolorosa. Nuestros niños deambulan por las calles- amenazantes y amenazados- expuestos a todos los peligros de la violencia más aberrante. Son usados para el narcotráfico, el sicariato, la pornografía infantil, la prostitución y el trabajo esclavo. Los venden en ese mercado de seres humanos, monopolizado por mafias, protegidas por valedores muy bien colocados.

En este expaís todas las estadísticas coinciden en que la pobreza ha escalado hasta el 95%. Usted, que fue encerrada en un corralito, podrá entender que hasta comer es un desafío en estas circunstancias. El bolívar no vale nada y un dólar supera el millón de bolívares, mientras los sueldos y salarios dan ganas de llorar. Saque cuentas, señora Perla, y verá que 100 mil dólares es dinero.

Si comer es un milagro imagínese qué ha pasado con lo cultural, con el arte, con la educación, con el pequeño placer de comprar un libro, ir a un restaurant, al cine, incluso con el entretenimiento más barato de la TV. Para las “masas venezolanas”, todo aquello es un imposible. Desde la cúpula nos han lobotomizado social, económica y culturalmente. Por eso a muy pocos le importa su premio, porque sólo sus camaradas la conocen, y no hemos leído ni leeremos su western patagónico, llamado El País del diablo.

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