viernes, 18 de junio de 2021 | 4:49 AM

De Mandrake al actual movimiento obrero

El ejercicio democrático ha continuado su cercenamiento y el tortuoso camino de entender la libertad, que tiene como trámite imprescindible la exigencia de la férrea defensa ciudadana. | Foto William Urdaneta

El ejercicio democrático ha continuado su cercenamiento y el tortuoso camino de entender la libertad, que tiene como trámite imprescindible la exigencia de la férrea defensa ciudadana. | Foto William Urdaneta

@ottojansen

Dos acontecimientos por estos días proyectaron, en lo personal, episodios de años atrás en la región y en el país. Estos hechos actuales tienen que ver con la beatificación del doctor José Gregorio Hernández, ese santo del pueblo vinculado con la integridad nacional en creyentes y ateos. Lo otro, los disturbios y el inicio potencial de la emboscada al curso democrático en la república de Colombia, en desarrollo. Cuando los primeros escarceos de los sucesos del “Caracazo”, año 1989, recuerdo, no sé por qué tan nítidamente, hacía diligencias en horas de la tarde por la calle Mariño, de San Félix, y al siguiente día conversé en detalles -pues someramente había intercambiado puntos de vista-, sobre lo que ya era conmoción en Venezuela, con el señor “Mandrake”, un apreciado amigo que me llevaba algunos años, trabajador de la empresa Ferrominera para la ocasión y todavía habitante del sector Cambalache.

“Te dije que a esa gente la protesta se les fue de las manos”, me espetó don Luis. Ya no era posible moderar perspectivas, que era mi postura de horas antes. Ahora, ¿por qué Mandrake? Nunca entendí el apodo. Era un hombre de piel morena y hasta sus hijos le llamaban de ese modo, lo que aceptaba con la misma dulzura y sabiduría que exhibía al desglosar sus pensamientos sobre el devenir social y político. Se suponía que se asemejaba a ese personaje de las historietas que vestía todo de negro. Era un ciudadano humilde, anónimo en sus luchas y un demócrata, civilista convencido. No era antiadeco ni anti nada, como era costumbre encontrar a muchos en aquellos años de refriegas, cuando el chavismo aún no asomaba las fauces con que ha destrozado a Guayana y a todo el país.

Con el tiempo nos encontramos en Ciudad Bolívar, donde cumplía con sus quimioterapias. Entonces, algo, muy poco, intercambiamos sobre el feo panorama local y nacional. No lo vi más; sus muchachos me contaron de su fallecimiento.

Don Luis era un pensador, recurso preparado que podía disponer de manera “silvestre” (sin presencia oficial en ninguna estructura) ese movimiento obrero que acompañaba a las empresas con la producción y el orgullo del aporte concreto. Ferrominera, que era cosa distinta a la efervescencia de movimientos y fórmulas que existían en Sidor, prestos todos al salto a la política local y regional; igual proyectaba su dinámica de luchas. En tales circunstancias la agudeza de Mandrake se fundaba de experiencias de asambleas y reuniones, enfocada en la serenidad más que en la estridencia; en el juicio crítico y responsable. Hasta donde recuerdo, sus opiniones públicas eran parcas y puntuales.

La aniquilación del movimiento laboral

El ejercicio democrático ha continuado su cercenamiento y el tortuoso camino de entender la libertad, que tiene como trámite imprescindible (ahora lo sabemos) la exigencia de la férrea defensa ciudadana. Así pasó en Venezuela, y si Colombia no tiene el tratamiento adecuado va en esa dirección. Como cuando don Luis Amezquita (que tanto tiempo hace) en aquellas calles polvorientas y marginadas de Cambalache lo destacaba ante mi asombro: siempre desestimamos o no medimos con exactitud la hondura por donde vienen las escaramuzas y sus consecuencias.

Le pregunté a la calificada periodista Clavel Rangel, quien me acompañó recientemente en una transmisión vía Instagram que conduzco dos veces a la semana en esa red, sobre las perspectivas de los trabajadores de Guayana. Fue serena pero firme en retratar la destrucción del movimiento sindical, aunado al derrumbe de las empresas del proyecto industrial pesado. Ella misma se preguntaba por dónde empezar la reconstrucción, reconociendo la valía de la autoridad moral de Rubén González, secretario general de Ferrominera (que ahora es la que incentiva a no paralizar la dirección de las luchas posibles; decimos nosotros), de la iniciativa del Parlamento de los trabajadores de hace poca constitución; de tareas como las de no abandonar las instancias internacionales, caso la Organización Mundial del Trabajo. Pero la periodista señaló, y esto lo comparto a plenitud, las difíciles circunstancias de la presencia generacional en la casi imposibilidad de una generación emergente cuando no hay áreas de trabajo sobre cuyas condiciones se genere un debate que no sea el de la gran corrupción, la quiebra y la politiquería revolucionaria. Donde no existe la posibilidad, con los obstáculos de la persecución a la disidencia e inmovilización por el coronavirus, de articular desafíos, dándole claridad a las prioridades, sin que se haga presente la nostalgia del ya vencido proyecto Sucre Figarella.

Me recordaba del señor Amezquita la vocación de pensamiento, inexistente para la activación colectiva del movimiento sindical. En cuanto a lo de la beatificación, será por el traje negro, asociado en el imaginario venezolano con el doctor José Gregorio Hernández, que también me pareció (a diferencia del personaje de las tiras cómicas) en don Luis su magnífico ropaje de iluminado. Con las diferencias y el respeto del caso, por supuesto. Pero son estas personalidades, con visión de futuro y tiempo, las que marcan la trascendencia. Ya llegará la hora del rescate de la democracia y allí volverán las remembranzas de ese “Mandrake”; no por mago, sino por sabio, útil y humilde.

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