viernes, 3 de diciembre de 2021

De lo trágico

Théodore Géricault fue uno de los abanderados del romanticismo, y su obra La Balsa de la Medusa, de 1819, es una representación auténtica. Por sus tonalidades lúgubres y oscuras, refiere a la nocturnidad como uno de los escenarios secretos de la experiencia humana y la fuente de las fuerzas psíquicas más aterradoras.

@ngalvis1610

Transcurren días de introspección, de reflexión, de encuentros que solo son propicios en la soledad, en el alejamiento. Compartimos más de una opinión y se suscitan muchas formas de apreciar el mundo. Cuantiosos juicios, unos más ciertos que otros y la razón a la orden del día para quien se place en poseerla. Un sinfín de verdades declaradas y confirmadas, producto de la autoridad y de la postura mejor asumida.

Por suerte no es mi caso, no es mi posición el tener o no la razón, y en tal caso, mucho menos tener que defenderla. Creo y pretendo respetar la visión y el modo de pensar ajenos, pero eso no me obliga a estar de acuerdo. Me pueden parecer hasta interesantes ciertos comentarios, otros no tan felices para mi manera de entender la vida.

Sin embargo, disfruto conversar y comunicar. Eso de ser feliz o por lo menos sentirse bien con el mundo y con uno mismo es la eterna meta inalcanzada. Lo cierto es que el espíritu trágico es sustancial al ser humano. Siempre recurrente la pesadilla del final de los tiempos y del mundo ¿Qué vamos a esperar cuando todo se acabe? ¿Si todo termina, que puede venir después? ¡Y quién lo sabe!

Todas esas interrogantes están a la disposición en el transcurrir de los tiempos presentes en todas las páginas de nuestra historia en la tierra. En unos momentos más acentuados que en otros, pero continuamente sin falta. Y con esas preguntas, las sentencias, vivimos lo que nos merecemos. Asistimos a recoger nuestra cosecha. Lo que hemos contado es un encadenamiento de errores que nos han llevado al fracaso más irremediable. Estuvimos equivocados desde el inicio y le declaramos la guerra a la naturaleza, la que no evitará pasarnos factura.

Navegamos aguas turbulentas e ineludiblemente naufragaremos para que aprendamos la lección, la que nunca estará de nuestra parte. Es nuestra tragedia y lo que nos erige como seres con gran capacidad de llorar al mundo, sin haberlo perdido, sentir dolor profundo por lo que no ha sucedido, pero que tiene que venir y no podemos evitar.

Es una manera de describir ese sentido trágico, romántico que nos define y se ha convertido en nuestra religión, en nuestro primer acto de fe. El castigo merecido. Esta condición se hizo puntualmente presente en las postrimerías del siglo XVIII, al punto de inaugurar una estética recurrente en las manifestaciones artísticas: el Romanticismo, marcada por el lapidario concepto “del mal de fin de siglo”.

Y en este capítulo cito a uno de los grandes pintores franceses de todos los tiempos, Jean Louis-Théodore Géricault (1791-1824), gran lector de Lord Byron y de Walter Scott, a quienes prefería antes que cualquiera de los clásicos que la época heredera de la tradición clásica exigía como revisión obligatoria.

Sumado a esta cita, hacer mención de un suceso que causó gran alboroto hacia 1816, el naufragio de la embarcación conocida como Medusa frente a las costas de Senegal: un suceso que fue abstraído por Gericault y le permitió crear una de los iconos de la pintura occidental, la famosa obra La Balsa de la Medusa, de 1819, donde el artista congela uno de los momentos más dramáticos de esta tragedia.

Algunos supervivientes logran, a pesar de sus condiciones, divisar en la distancia un barco que se aleja hacia un horizonte más remoto. Lo que representaría la posibilidad de una redención, de una salvación, de una esperanza, que les es negada. Para lograr una impresión y una carga expresiva, el pintor contrasta el negro, que lo difumina a manera de barniz bituminoso que utiliza para representar las salpicaduras de agua en primer plano y los cuerpos desplazados en aparente desorden compositivo como consecuencia del caos producto de la angustia y el abandono.

Este cuadro alberga todas las características del romanticismo, porque las condiciones subjetivas que definen lo estético son reales, ocurrieron. Es una escena llena de pasión y fuerza en la que Gericault se atrevió a mostrar un episodio sórdido con una pincelada extraordinariamente enérgica, acentuada por su realismo macabro al utilizar de modelos cadáveres para captar fielmente los detalles. Todo magistralmente conjugado para garantizar la emoción. Por otra parte, el artista respetuoso de la academia evidencia su formación al establecer una disposición compositiva de forma piramidal.

Así que el espectador percibirá los rostro y cuerpos de los difuntos, como los de los aún esperanzados y de los que han sucumbido en la desesperación en una difusa penumbra, que inunda la escena con colores lúgubres y pesados. La dirección visual es levemente elevada para aproximar al espectador de una manera inquietante a la escena.

La obra causó revuelo, ya que narraba la auténtica historia del naufragio, con las implicaciones sobre el papel del gobierno francés, la decisión tomada por el capitán y sus oficiales, quienes se reservaron los botes salvavidas y abandonaron a su suerte, en una improvisada balsa, al resto de la tripulación y pasajeros, un total de casi ciento cincuenta personas, quienes se hundieron en la desesperación, el salvajismo y el canibalismo.

A pesar de la indignación suscitada, la obra va a consolidar la reputación y la maestría de Gericault, y se convirtió en uno de los referentes más excelsos de la gran pintura occidental. Es de gran influencia y sigue reviviendo el asombro por lo recóndito de los sentimientos humanos, los que afloran en ciertas y particulares condiciones. Estos son los actos ¿Cuáles son los pensamientos?

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