martes, 30 de noviembre de 2021

Cómo sería un mundo sin lectores

La lectura es aliciente para volvernos exigentes y obligarnos a internalizar el entorno más allá de lo que vemos. La realidad se nos impuso, pero toda realidad es transformable.

@francescadiazm

¿Cómo sería un mundo sin novelas? La respuesta la escribió Mario Vargas Llosa en un artículo titulado Un mundo sin novelas. El escritor peruano se pasea por todas las posibilidades y consecuencias de lo que sería un mundo sin literatura. Entra por la puerta grande afirmando que hoy día son las mujeres quienes más leen.

Los libros siempre han sido un instrumento de control social. Desde el más antiguo de ellos, la Biblia, que se utilizó durante mucho tiempo para atemorizar a los ciudadanos y exacerbar el teocentrismo y los fuertes castigos que se propinaban en el siglo X. Por alguna razón, las personas tenemos respeto por lo que está escrito, por lo que nos leen o nos invitan a leer. Es fácil darse cuenta de que una sociedad cambia mucho cuando lee. Entre los adagios que menciona destaca lo enriquecedor que es leer para el lenguaje y la transformación de la lengua a través de los vocablos que brinda la literatura. Asimismo, relaciona la literatura con un mundo sensible y como responsable del desarrollo del pensamiento crítico de los ciudadanos.

Un mundo sin novelas sería un mundo sin memoria. Es a través de las novelas que cada época puede permanecer, puede revivir por unas cuantas páginas. Los libros de historia nos muestran cifras y hechos, pero las novelas aportan sentimientos, reflejan lo que era o pudo ser una época. El siglo XVIII no podría estar mejor narrado que con Oscar Wilde y la historia del joven Dorian Gray. Y las dictaduras del siglo XX se vuelven reales bajo la pluma de George Orwell. Las novelas no solo sirven como fábulas: ellas nos regresan a otras épocas y nos recuerdan todo lo que ha pasado la civilización para ser lo que es hoy.

Pero no basta con que existan las novelas de altísima calidad si no hay quien las lea. El auténtico desastre no sería solo un mundo sin novelas, sino una población que tampoco quiera consumirlas. Quizás la distopía de un mundo sin novelas está lejos, pero… ¿estamos cerca de convertirnos en un mundo sin lectores?

Leer se ha convertido en algo prescindible. Es más fácil y rápido darle una tableta a un niño o ver una película. Sí. Es más fácil. Leer es casi tan demandante y exigente como escribir. Exige espacio, dedicación y concentración. Los libros consumen mucho más que las distracciones comunes. Pero también dan mucho más. Las historias escritas solo brindan grafemas en blanco y negro. Depende de la imaginación del lector las tonalidades y tintes que pueda adquirir una historia. Es por ello que en esta época de inmediatez, interactividad y ocupaciones cada vez se van quedando más de lado las ganas de leer historias. De buscar en las páginas las sensaciones que quizás podría ofrecer cualquier otro tipo de distracción de manera más rápida.

Leer es lo que da vida al espíritu. Lo que nos transforma y nos ayuda a evolucionar. Lo que nos hace comprender la inmensidad de nuestra existencia y lo que hubo antes de nosotros. No existiría el principio porque estaríamos convencidos que el mundo siempre fue como lo conocemos y no tendríamos ningún tipo de referencia de la vida antes de nuestra existencia. Los grandes cambios de la historia siempre tuvieron a la cabeza a un líder sedicioso, sublevado y valiente. ¿De dónde sacaban el valor estos líderes? ¿De dónde sacó sus ideas Simone de Beauvoir?

Las grandes personas, con grandes ideas y objetivos sacaban mucho de su temperamento y carácter de sus lecturas. Leían porque tenían el deseo de entender el mundo más allá del espacio donde transitamos. Así que creo que la desgracia y el desasosiego no sería un mundo sin novelas; sino un mundo sin personas con motivación para escribirlas y leerlas.

En algún momento, nuestro mundo no tuvo novelas, no había literatura. Ya que este arte no es infinito, evidentemente tuvo un principio. Un primer novelista que decidió escribir su inconformidad y hacerla historia. Y así otros le fueron imitando. El verdadero peligro de nuestra época es la inercia de las personas para todo. La creencia de que ya todo está inventado, todo está escrito, todo está dicho y la tecnología nos da la mejor vida que podríamos tener. Ese es el verdadero peligro para mi generación.

El egocentrismo de creer que ya lo conocemos todo. Si se pudiera conocer todo, el intelecto ya habría sido aniquilado. La raíz de toda invención, de todo conocimiento y tesis es eso: nadie lo sabe todo. Estar en intercambio dinámico y libre con nuestro entorno. No volveremos a ser un mundo sin novelas, así que ahora debemos preocuparnos por no llegar a ser un mundo sin lectores porque esa sí es una amenaza latente.

La única manera de preservar la novela es que se siga escribiendo, pero, además de ello, que la novela evolucione. Ya no es válido el “ya no se escriben libros como antes”. No. Porque ya no vivimos en el mismo mundo en el que vivíamos antes. Porque no hay recetas para escribir historias según las décadas pasadas y porque el género debe evolucionar con los lectores.

El remedio para tomar mejores decisiones políticas, para comprender la sociedad en la que vivimos y para exteriorizar los cambios que queremos ver en el mundo es leyendo. Aprendiendo de esas historias que nos recuerdan otras épocas y que, en ocasiones, nos enseñan a vivir. No debemos conformarnos con la realidad en la que vivimos, porque la realidad es momentánea. Esta y cualquier realidad puede ser transformada y esa esperanza nos la dan los libros. No hay nada capaz de hacerte ver otras posibilidades como un buen libro. Tampoco he encontrado un sentimiento más motivador que pasar la última página de una buena novela. Esa angustia de haber terminado esa historia, pero la sensación de haber sacado tanto de ella.

Las novelas nos salvan de nosotros mismos. De las ganas de conformarnos con la vida. Nos hacen imaginar y nos exigen que nos entreguemos a ellas devotamente.

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