lunes, 17 de mayo de 2021 | 4:04 PM

Ciudadanías frente al autoritarismo

Es menester plantearnos desafíos y, entre otras reflexiones, encaminarnos hacia la regeneración tanto política como social que amerita de suma grandeza en dirigentes y ciudadanía.

@OttoJansen

El reconocido activista de Derechos Humanos Marino Alvarado (@marinoalvarado), en un descriptivo hilo en su cuenta de la red social Twitter, publicada el martes 3 de noviembre, invitó a repasar el informe de la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU. De esos tweets destacamos estas frases: “Esa estructura de poder criminal fue afectando a diversos sectores de la población. A quienes eran críticos al gobierno (oposición) a las personas que reclamaban derechos, a cualquier persona que viviera en una zona popular en Venezuela (ejecuciones, allanamientos ilegales) La estructura de Poder Criminal está conformada por civiles y militares, algunos identificados por la MDH. Los autores intelectuales y en algunos casos perpetradores de los crímenes de lesa humanidad. Los que daban las órdenes supervisaban pero a veces actuaban”.

Sirve la referencia para hacer énfasis en esa cruda realidad, igual que otros tantos episodios perturbadores de la cotidianidad social venezolana (caos de servicios públicos, educación agonizante, cocina a leñas, muertes por hambre de infantes y ancianos; desmantelamiento y abandono del personal sanitario) que ponen en evidencia el empeño de factores de la sociedad nacional, atados al régimen y no tanto, de obviar o minimizar estos hechos.

Ocurre, con sus miserias propias, en el estado Bolívar, cuando algunos, actuando desde el enfoque cándido, falso o interesado se “hacen los locos” ante esas trágicas situaciones. Aquí reiteramos (haciendo un callo en los ojos de quienes nos leen) que el país cambió. Que Guayana, como Venezuela entera, se deformó, desapareció y no volverá del mismo modo a ser la población que otras generaciones conocieron. Que las respuestas para la reconstrucción de sus potencialidades, ahora devoradas por la ineptitud, la corrupción y los espejismos ideológicos, no pueden ser desde la rutina o las acciones mecánicas. Es menester plantearnos desafíos y, entre otras reflexiones, encaminarnos hacia la regeneración tanto política como social que amerita de suma grandeza en dirigentes y ciudadanía. Todo esto importará para dejar atrás los nudos estructurales de una crisis gigantesca, abordando tanto los miles de proyectos técnicos como la comprensión de la libertad, la justicia y la democracia efectiva. Esto supone de prerrequisito no dar tregua al impulso de la determinación colectiva organizada por obtener la recuperación del orden constitucional secuestrado y pisoteado.

De allí la inquietud por adelantar intercambios sobre las organizaciones partidistas que requerimos, sobre las organizaciones ciudadanas que hay que fortalecer (por la desconfianza cultivada desde la revolución en nociones referentes a la Republica y el Estado de derecho); en virtud del crecimiento del sentido de pertenencia en la sociedad civil, y por supuesto derivado de la dinámica global. Ya la gente levanta la voz para cualquier materia; no caben, por lo tanto, los escombros de partidos políticos estafadores del sentimiento popular, o de las agrupaciones calcadas al carbón en vicios y maniobras: todas tendrán que asumir su proceso de reingeniería. Queda claro que términos constitucionales como representatividad y participación cobran vida y aplicación con miras al futuro próximo.

Servidores públicos para la democracia

En el ineludible proceso de rehacer el tejido social y político de Venezuela, las regiones ocupan el primer escalón en la pirámide que fortifique el curso de abajo hacia arriba en la constitución de valores, principios, y conductas. En la recuperación y fortalecimiento de la institucionalidad y en el estímulo a la calificación necesaria que pueda dar garantías de eficiente gestión pública, por citar dos aspectos básicos. En ese sentido impulsar la creación de organizaciones políticas y movimientos ciudadanos locales y regionales puede resultar de enorme utilidad democrática para los retos de vencer la cultura de desorden y corrupción, la mitología revolucionaria y la mentalidad totalitaria de las instancias del Estado, instauradas en los últimos 20 años. Contribuirá al aprendizaje de objetivos más claros para los movimientos políticos y las especificidades de las organizaciones de la sociedad civil. Los primeros que en este instante, no tienen conexión social y los segundos, que en muchas ocasiones dan bandazos sobre sus facultades, propiciando la Torre de Babel que conocemos en la opinión pública.

La modernidad de los partidos políticos debe asumir sin miedos categorías importantes en la participación, en la selección de los representantes, que por demás se han ensayado en el país, pero han quedado inconclusas: elecciones abiertas para cargos de dirección, instancias varias, horizontales, y fluidas de distribución del trabajo activista. Mecanismos que permitan la rigurosa comunicación y vinculación con la población o sectores que estos partidos dicen representar. Estos ensayos son posibles en el estado Bolívar para poder igualmente ir haciendo los ajustes de orden práctico que tales procesos caracterizan. La democracia, ya lo sabemos en nuestro país y vemos con estupor en otras naciones del mundo, se encuentra en disyuntivas sobre su vigencia por la ofensiva populista, los nuevos camuflajes de la dictadura del proletariado y por las fallas y atrasos de su propia visión. Nuevos planteamientos esperan. La pericia política es determinante y debe tener la escuela en organizaciones renovadas y eficaces. Esto se plantea para la resistencia cívica donde andamos; y claro, para soñar con la libertad, el desarrollo de toda la sociedad, superando esas terribles referencias que ha hecho la MDH de la ONU sobre quienes en la revolución aúpan el terror para eternizarse en el poder.

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