lunes, 20 de septiembre de 2021 | 10:21 AM

Ciencias y humanidades: caras de una misma moneda

Creer que las ciencias pueden desarrollarse separadamente de las humanidades, y viceversa, es suponer que el mundo es maniqueo y que el Vizconde Demediado puede aparecerse en cualquier rincón de una supuesta realidad cuadriculada.

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Cada vez que llega a mis oídos la vieja polémica entre las ciencias y las humanidades, cada vez que presencio el sempiterno dilema de determinar la superioridad de una o de otra, recuerdo inevitablemente a Medardo de Terralba, mejor conocido como el Vizconde Demediado. Ese personaje de la literatura italiana, creado a mediados del siglo XX por Ítalo Calvino, representa a un ser humano escindido, víctima de un cañonazo que lo había separado en dos mitades, las cuales se habían salvado de una manera fantasiosa y que, desde ese momento, vivían de manera independiente.

Creer que las ciencias pueden desarrollarse separadamente de las humanidades, y viceversa, es suponer que el mundo es maniqueo y que el Vizconde Demediado puede aparecerse en cualquier rincón de una supuesta realidad cuadriculada. La modernidad, en su empeño por racionalizar y clasificar al mundo, ha intentado convertir a los seres humanos en demediados, la razón separada de la pasión, un corazón desvinculado de su cerebro.

Bajo estos argumentos, el currículo de los estudios científicos ha desechado toda asignatura que presuma complicidad con las artes, con la literatura, con la filosofía, con las humanidades en general. Una materia para aprender a redactar y otra para hablar de la sociedad y la historia venezolana son más que suficientes -eso creen- para dar un barniz humanista a las ciencias. En definitiva, la esencia utilitarista de la pedagogía de Dewey, que da valor a lo que tiene aplicación en la realidad, hace de la humanidad una masa acrítica, descorazonada y sin perspectiva de comunión con los semejantes. Mejor lo dice Luis Beltrán Guerrero:

“La ciencia -una faceta de la actividad humana- no es educadora; es instructiva. No es formadora de espíritu, es formadora de mentes, nunca de corazones, y menos de la totalidad del ser. La técnica -derivativo de la ciencia- mucho menos podría abrogarse el papel de formadora. Apenas si educadora de la mano, no alcanza a la mente ni al corazón”.

La otra perspectiva también resulta aterradora: unos estudios humanísticos desprovistos de conocimientos científicos y tecnológicos conduciría a sujetos hechos solo de corazón -para seguir con el argumento y las figuras de Guerrero-, desconectados de sus manos y cerebros. Formados de esta manera, los humanistas demediados vivirían entre nubes, absortos en sus etéreas disquisiciones.

Insistir en separar las ciencias de las humanidades no hará más que profundizar los graves problemas de valores que están fracturando a la sociedad contemporánea. Por esa razón, la educación debe retomar su función de formadora integral y olvidar para siempre las erróneas ideas de instruir a un bachiller en ciencias y otro en humanidades. La universidad debe hacer otro tanto en los planes de estudio de sus diversas carreras y entender de una vez por todas que no hay ámbitos vedados para un estudiante de hoy, que el interés y la pasión de cada individuo puede llevar a insospechados ámbitos y que la libertad siempre es buena consejera cuando se busca la innovación.

Hay que intentar un nuevo regreso hacia esa visión integral del mundo, así como nos lo aconsejó Ángel Rosenblat acertadamente en estas palabras:

“El conflicto entre las humanidades y la ciencia es un conflicto falso, nacido de pueriles pretensiones de monopolio o de supremacía. Hoy no puede pensarse en unas humanidades que dejen de lado la grandeza humana de la ciencia, ni en unas ciencias tan descarnadas y asépticas que prescindan del aporte del mundo humanístico. Humanidades y ciencias son vertientes complementarias del espíritu humano, y es urgente abrir amplios vasos comunicantes para que cada campo se fertilice y enriquezca con los tesoros del otro”.

El Vizconde Demediado deambula por nuestros predios. Cada una de sus mitades chocan entre sí ciegamente, de vez en vez, y en el tropiezo surge un quejido de advertencia acerca de la necesidad de ver el mundo en su totalidad, desde sus múltiples facetas y ángulos.

Otras páginas

Estudios sobre Dostoievski. En algún momento habrá que emprender la tarea de compilar y valorar la labor crítica de Segundo Serrano Poncela. Este español nacido en 1912, exiliado de la Guerra Civil, y profesor de la UCV y de la USB, es autor de numerosas obras de creación y de análisis literario que, vistas en conjunto, podrían servirnos para reconstruir los senderos de la crítica literaria en nuestro país. Un interesante y valioso título de su autoría es Estudios sobre Dostoievski, publicado por las Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela en 1968. Es un conjunto de doce ensayos sobre la vida y obra del novelista ruso y abarcan temas como el de la epilepsia, las técnicas narrativas, el tema de la niña violada, y las relaciones entre Dostoievski, Nietzsche, Cervantes y Turgueniev, entre otros ensayos de asombrosa profundidad y amena escritura. Este libro es una recomendable invitación para adentrarnos en la obra del grande e inmortal Dostoievski.

Los buenos libros. “Siempre he creído que los buenos libros contienen algo que nosotros sentimos pero que no logramos formular”. Andrés Mariño Palacio.

– Una breve temporada vacacional. Llegó el mes de agosto y esta columna semanal sobre libros y literatura toma un descanso. Volverá a mediados de septiembre, con más lecturas, anécdotas y curiosidades. Cuídense y hasta la próxima lectura.

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