viernes, 30 de julio de 2021 | 12:29 PM

Cadena de favores

¿Saben qué otro nombre recibe esta cadena de favores?: educación. Y con ella se pueden lograr grandes cosas.

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La cultura es una larga y azarosa cadena de favores. Lo que sabemos y hacemos tiene siempre como base el cúmulo de experiencias de quienes han pensado y hecho antes de nosotros. De la misma manera, los hijos y nietos del mañana pensarán y harán tomando como referencia lo que pensemos y hagamos hoy. Así hasta el infinito. Como dijo alguna vez Isaac Newton, refiriéndose al aprendizaje y a la creación que se realiza con el apoyo de los otros: “si yo he sido capaz de ver más allá, es porque me encontraba sentado sobre los hombros de unos gigantes”. Eslabones de ideas que se unen afanosamente, trenzando una cadena que hace equilibrio entre la tradición y la ruptura, es la imagen que tengo de la sociedad en su trabajo de construcción del quehacer común.

Usemos los libros para explicar mejor esta idea

La historia de la edición en nuestro país registra, levemente, a pesar de su importancia, la labor de Juan Gutiérrez Díaz, impresor español quien tuvo a su cargo un taller, primero en Valencia y luego en Caracas, entre 1812 y 1823. Gutiérrez Díaz trajo el saber acumulado de la historia europea de la impresión y supo difundirla con generosidad entre los venezolanos de aquel entonces. En ese taller, Juan Gutiérrez Díaz aceptaba la presencia de jóvenes de escasos recursos para que aprendieran el oficio y pudieran luego sostenerse por sus propios medios.

Valentín Espinal (1803-1866) fue uno de aquellos jóvenes de bajos recursos que ingresó como aprendiz a la imprenta del español Gutiérrez Díaz. Desde los doce años, Espinal aprendió el arte de la impresión en aquellas fascinantes máquinas y, con el tiempo, llegó a convertirse en el impresor más importante de la historia de la edición en nuestro país, con trabajos de una calidad y belleza de edición insuperables. Espinal pudo establecer su propia imprenta a los 20 años, con algunos implementos obsequiados por su maestro español. El impresor Juan Gutiérrez Díaz tuvo que abandonar el país el año de 1830 porque su nombre fue incluido en un decreto que exigía la expulsión de los españoles afectos a los realistas. Cuando se hizo efectiva la expulsión, Valentín Espinal quedó al frente del taller, llegando a ser así el primer impresor venezolano.

Espinal, inspirado en la bondad y generosidad de Juan Gutiérrez Díaz, siguió transfiriendo el conocimiento entre los jóvenes de escasos recursos. Así, en el ahora taller de Espinal se formó un numeroso grupo de muchachos como Bartolomé Valdés, Camilo Machado, León y Cecilio Echeverría, Manuel María Zarzamendi, Juan Carmen Martel, Manuel Castro, José Antonio Carías, Zacarías Llaguno, José Félix Monasterios, y muchos otros, quienes integrarían luego el futuro gremio de artesanos de la impresión que ejercería su oficio a lo largo y ancho del país, incluso más allá de sus fronteras.

Esos muchachos, ahora poseedores de un saber práctico, probaron suerte en distintos estados como Valencia, Zulia, Trujillo, Barinas, Mérida, entre otros, convirtiéndose, en la mayoría de los casos, en los primeros impresores que vieron esos territorios. José Félix Monasterios, por ejemplo, oriundo del Zulia y discípulo de Espinal, llevó su conocimiento a Barinas, a Trujillo y a Mérida, a donde era llamado para poner en funcionamiento las recién adquiridas máquinas de impresión. A donde iba, como emulando a su mentor, hacía el llamado para que los jóvenes aprendieran los rudimentos de la impresión y así se hicieran de un oficio.

Varios merideños bebieron del conocimiento de José Félix Monasterios. Uno de ellos fue Juan de Dios Picón Grillet (1836-1889), personaje de curiosidad elevada y de manos inquietas que lograba resolver cualquier problema técnico solo con la ayuda de la lógica, el ensayo y la observación. Picón Grillet, con lo aprendido con Monasterios, mejoró sus técnicas de impresión y fue muy conocido en el occidente del país por su famoso calendario El Cojito, que llegó a competir con el no menos conocido Almanaque Rojas Hermanos. Tal era la destreza y elegancia de los impresos de Picón Grillet que sus grabados fueron premiados en algunas exposiciones nacionales. El mismo Picón fundía los tipos y viñetas necesarios para la imprenta, y su curiosidad por conocer los límites de la máquina de impresión le llevó a inventar un sistema para reproducir las hojas y flores de las plantas, con total fidelidad a sus colores, texturas y nervaduras. A ese nuevo procedimiento le llamó Foliografía.

Será un discípulo de Picón Grillet, un joven merideño, quien años después logre perfeccionar la Foliografía: Tulio Febres Cordero (1860-1938). Aunque a los 14 años ya había puesto manos sobre una imprenta, será a los 18 años cuando Febres Cordero consolide sus conocimientos de impresión del propio Juan de Dios Picón Grillet. Este le transmitirá esa pasión por la tinta, los tipos y el papel, y nadie como Tulio Febres Cordero para entender la extraña simbiosis que se produce entre el escritor y la “gran máquina”, como llamó Febres Cordero a la imprenta. Fue tal ese contagio de emoción que Tulio Febres escribió varios artículos, ensayos, discursos y cuentos para hablar de la imprenta y sus bondades y supo experimentar con ella hasta la saciedad al ensayar con infinidad de periódicos, libros y folletos, además de crear una colección de libros, considerados los más pequeños hechos en Venezuela, llamada “Biblioteca Micrográfica”, hecha en 1899 y de un tamaño de no más de 5 x 4 centímetros. Por si fuera poco, Tulio Febres Cordero inventó la Imagotopia, curiosa técnica con la cual se elaboran imágenes a partir de tipos de imprenta. En Tulio Febres Cordero la imprenta es más que un instrumento, es un símbolo que da sentido a su obra y a su vida.

Esa cadena de favores que va de Gutiérrez, Espinal, Monasterios, Picón Grillet a Febres Cordero -un siglo, cinco hombres-, y que se ramifica hasta nuestros días en las figuras de los apasionados del diseño y la impresión como Álvaro Sotillo y Faride Mereb, entre muchos otros, es una muestra de que la cultura es un perenne paso de testigo en una carrera sin fin. El arte de la impresión, la historia del libro en Venezuela, nos revela que la cultura es una enmarañada red de saberes y prácticas que pasan celosamente de persona a persona, como una eterna contraseña de logia.

¿Saben qué otro nombre recibe esta cadena de favores?: educación. Y con ella se pueden lograr grandes cosas.

Otras páginas

-Un acertijo bibliográfico. En la adaptación cinematográfica hecha en 1960 de la novela de ciencia ficción La máquina del tiempo de H.G. Wells, el protagonista, ya finalizando la historia, decide emprender de nuevo viaje al lejano futuro, al año 802.701, para enseñarles a los eloi, esa masa amorfa, esclavizada y pusilánime en que se convirtió la humanidad, a ser nuevamente libres, con bases sólidas de cultura y valores. Para ello, y antes de subirse en la estrafalaria máquina, el protagonista toma tres libros de su biblioteca, pues se supone que en ellos se resume todo lo que los eloi deberían saber. En la película nunca se mencionan los títulos de esos tres libros. Un acertijo del director que nos pone a elucubrar. ¿Qué libros llevaría usted al futuro?

-El libro de la semana. Oscar Yanes es un nombre que de seguro, si es que no lo ha sido ya, será incluido en las investigaciones sobre la cultura de nuestro país. Periodista de los de antes, de aquellos que vivían con pasión la búsqueda de la noticia y el uso de la palabra efectiva, ha dejado una numerosa bibliografía que va del reportaje tradicional, a la biografía, las memorias, la crónica y la entrevista, todas en procura de la inusual historia que despertara el interés de los lectores. Un libro que merece ser de nuevo leído es su selección de reportajes y entrevistas que lleva por título Cosas del mundo. Editado en dos tomos por Ermitano en 1972, este libro es una colección de textos que hacen gala de la pasión del periodismo y de la escritura con imaginación. Contiene entrevistas, entre otros, a Salvador Dalí, Lois Armstrong, Somerset Maugham, Strawinsky, Rockefeller, Perón, John Steinbeck, Giovanni Papini y reportajes fascinantes sobre temas insólitos y fantásticos de Venezuela y el mundo. Este es nuestro libro de la semana.

-La felicidad. “Con la libertad, las flores, los libros y la luna, ¿quién no sería realmente feliz?”. Oscar Wilde.

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