lunes, 20 de septiembre de 2021 | 12:59 PM

Biopoder: artilugio de control social

Nada de lo que está escrito es absoluto. Nada de lo que ha sido determinado por el mundo es definitivo. Si algo ha caracterizado el sistema social, es su constante cambio, su evolución.

@francescadiazm

De una forma u otra, todos estamos inmersos en relaciones de poder. Asimismo, todos somos sometidos por reglas que tienen control sobre nosotros y nos dictan cómo está permitido vivir. Imperceptiblemente. La sociedad es una constante lucha entre el poder y la dominación de la ciudadanía para su liberación o para favorecer los intereses de alguien.

Pero, finalmente, qué es poder. Su definición más básica sería la capacidad o facultad para hacer algo. A lo largo de la historia, el poder se ha ido modificando desde su forma más prístina hasta el biopoder explicado por el filósofo francés Michel Foucault (1926-1984), quien es una figura importante en el área de las ciencias sociales debido a sus conocimientos en filosofía, psicología, sociología e historia. Foucault estudió las relaciones de poder entre las personas y la manera en la que la autoridad determina y gestiona la vida. Comparando las instituciones y regulaciones, se trata de un panóptico, en la cual las personas actúan de determinada manera porque no saben quién puede estarlos viendo y qué consecuencia pueden sufrir. Obedecen porque hay quienes tienen poder sobre lo que sucede con ellos.

La iglesia llegó a ser la institución más poderosa en la Edad Media y parte de la modernidad; sin embargo, la aparición de la Revolución Científica y los ilustrados terminó por reformarla y debilitar el poder que, en siglos pasados, tenía para determinar todo. El fin de la organización política, las leyes y los dictámenes es, como propuso Foucault, gestionar la vida de los ciudadanos.

Para obtener poder se necesita tener o crear una “verdad”, hacer sentir a los ciudadanos que el mundo funciona de la manera en la que el líder quiere hacernos ver y que, si actuamos de cierta forma, podemos estar mejor. Las dictaduras del siglo XX se basaron en ello. También una Alemania devastada frente a la Primera Guerra Mundial y un Hitler inteligente que les vendió a los ciudadanos una verdad que les fascinaría, la de que su raza era superior. Luego de hacerles creer una verdad y generar un sentimiento colectivo, todo se basa en enseñarle a las personas cómo deben vivir. Todo esto es fácil de lograr a través de la manipulación de las emociones: resentimiento, es favorito de los gobiernos populistas.

La biopolítica se encarga de crear tácticas para el control de masas y para fortalecer las relaciones de poder con los gobernados. Luego de siglos de rechazo, este 2020 la iglesia católica termina por mostrarse condescendiente con los homosexuales. Parece una buena noticia, pero debemos tener en cuenta que estamos ante una iglesia debilitada, frente a una generación que no le cree ciegamente como las generaciones pasadas. Jóvenes subversivos, rebeldes, que han aceptado distintas maneras de ver la vida y que han sepultado lo que por muchos años esta institución ha querido enseñar. Ante este panorama, ¿cuál sería la jugada perfecta para seguir en una posición de poder? Rectificar. Unirse. Darles la razón para seguir presente y buscar nuevos mecanismos de control.

Hay quienes, como Donna Haraway (profesora del programa de Historia de la Conciencia, de la Universidad de California, EE UU), señalan que “la verdad traducida como normalidad es producto del sistema religioso”. Pero los poderes eclesiásticos se han debilitado. Hoy nos dominan nuevas instituciones que determinan el comportamiento social. Las nuevas generaciones han endiosado las tecnologías y, a veces desde cierta estulticia, no sospechan que esta herramienta es un mecanismo de control perenne. El marketing, la publicidad, el régimen tecnológico, la inmersión de personas poderosas en las empresas informativas… Constantemente recibimos información que consideramos “verdad”, ¿pero la verdad existe? No hay verdades absolutas, pero aceptamos como verdad lo que leemos en medios, en internet, lo que vemos en televisión. Esta verdad no es intrínseca a nuestra condición humana. Lo que creemos como verdad es producto de lo que nos han enseñado.

El siglo XX se rebeló contra muchas “verdades”. Foucault habló del “adiestramiento” a través de lo que él determinó como el sexo; sin embargo, hoy responde más al concepto de género. Pese a que el sexo parece algo inherente a la condición humana y en lo que nada ni nadie puede intervenir, los roles de géneros se encargan de que, desde nuestro nacimiento, nuestro sexo determine los patrones de conductas que debemos seguir. En medio de este sistema de alienación, apareció Simone de Beauvoir con El segundo sexo, para sentenciar que “No se nace mujer, se llega a serlo”, rebelándose con su pluma contra lo que en ese momento de la historia significaba ser mujer (débil, anodina, poco relevante) y abriendo la tercera ola del feminismo.

El poder ya no está centralizado. Ya no existe la figura de un rey o monarca despiadado, los mecanismos de dominación evolucionaron para convertirse en grandes redes y sistemas que nos enseñan una historia que ha sido escrita para obtener nuestra aceptación. Si existe el poder, es porque jamás dejará de existir el riesgo de que seamos totalmente libres. El objetivo de los estudios de esta figura de las Ciencias Sociales era que las personas comprendieran el poder, de modo que pudieran resistirse a él.

Las sublevaciones y la transfiguración del mundo en algún momento fueron utopías, hasta que alguien las llevó a cabo. La alienación a la que estamos sometidos a través de la saturación informativa en la que vivimos es evidente, pero todo mecanismo de control tiene grietas y donde hay dominación, hay posibilidad de rebelarse.

Los sistemas educativo, legislativo, gubernamental. Cada uno de ellos nos ha impartido diferentes ideas de lo que es justo y lo que no. Estos mismos sistemas en algún momento consideraron la homosexualidad una enfermedad y a la mujer como un objeto que puede poseerse. Como ciudadanos, nuestra responsabilidad es sobrepasar estos entendimientos, comprendiendo que somos capaces y tener la facultad de interpretar y entender la realidad de la manera que mejor nos parezca. Nada de lo que está escrito es absoluto. Nada de lo que ha sido determinado por el mundo es definitivo. Si algo ha caracterizado el sistema social, es su constante cambio, su evolución. Para Foucault, “somos más libres de lo que pensamos”. No basta con tener la capacidad de ser libres si no la usamos. Si no peleamos por la libertad que ya tenemos, pero que pocas veces usamos. Ser libre no es tener acceso a “la verdad”, ser libre es poder comprobar y desafiar, con reflexión y argumentos, la verdad establecida.

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