jueves, 21 de octubre de 2021

Un velorio en ausencia

El título de un velorio en ausencia, en tiempos de pandemia actual, se torna doloroso por las formas en que las victimas del COVID-19 han tenido que despedirse. | Foto William Urdaneta

El título de un velorio en ausencia, en tiempos de pandemia actual, se torna doloroso por las formas en que las victimas del COVID-19 han tenido que despedirse. | Foto William Urdaneta

@OttoJansen

Don Horacio Cabrera Sifontes, tumeremense nacido a principios del siglo XX, protagonista de aquel estado Bolívar de la vida urbana, desconocido por las generaciones actuales e ignorado por algunos que conocieron de su significado (murió en 1995), escribió una crónica sobre uno de los pasajes de su vida que tituló El extraño caso de un velorio en ausencia. En ella narra sus andanzas por el llano y sus costumbres y enfoca la reflexión medular sobre un caso judicial que le involucró y del que saca importantes reflexiones sobre el papel del sistema de justicia venezolano en días de naciente democracia.

El título de un velorio en ausencia, en tiempos de pandemia actual, se torna doloroso por las formas en que las victimas del COVID-19 han tenido que despedirse, pero describe el llanto de un proceso en el sentimiento popular de Guayana, ilustrando con creces que no bastan las medidas a medias en coyuntura de hondas carencias económicas, de incompetencias de instituciones, de desamparo permanente y sin futuro inmediato promisor para las comunidades.

Desde Upata nos refieren el caso de una joven señora que, por leucemia, falleció en pocos días. Ella, como muchos otros que sencillamente son la expresión de la pobreza (94.5% de la población en pobreza total indica Encovi), no contó con medicinas ni con el centro hospitalario que pudiese velar por esa enfermedad en la presente precariedad regional. Upata ha tenido inundaciones, consecuencia de las lluvias de 2021, con desbordamientos de ríos y quebradas. Los centenares de damnificados han tenido que ocuparse de su propia condición, han tenido que lidiar con los casos de contagios y muertes asociadas a la pandemia y las cifras oficiales no han reflejado los volúmenes percibidos por la población. No ha habido servicio de gas por meses largos; el surtido de gasolina, intermitente en la región, ha tenido mayores obstáculos en la localidad. Y el agua, entre anuncios de reparaciones de equipos colapsados, ha sido la guinda hiriente de la falta del servicio para los piarenses, que en transportes de todo tipo la cargan en condiciones humillantes y deplorables por no tenerla por tuberías.

A ese rosario de calamidades no se asoma voz de lucha alguna: los pretendidos dirigentes políticos van en comparsa detrás de la destructora revolución, siguiendo a la alcaldesa que nutre el plan del régimen con eventos inútiles para las soluciones. Dirigentes conocidos, otrora fogosos paladines de la justicia, dicen en el pueblo que el poder del gobierno evidentemente los tocó y ahora simulan batallas, mientras se ocupan de sus intereses. Upata, como todo el estado Bolívar, llora sus males, continuando, como sea, la vida.

Todo es un relajo 

El comportamiento apacible de los pueblos de Guayana viene en una escalada de extinción gigantesca; eso pasa en la Villa del Yocoima. El ambiente impulsado por las distorsiones económicas de la extracción minera ha venido constituyendo en la población puerta del sur de Guayana las primeras instancias de organización de la venta del oro, práctica que no siempre puede ser apreciada por la opacidad en la que se mueven estas operaciones. Esto ha significado presencia de grupos antisociales (con la violencia que implica) pero también el que funcionarios civiles y militares de alto rango se repartan beneficios “domésticos” asociados al combustible y cuanto producto de primera necesidad llegue a sus manos (como el agua) en la máxima expresión de la anarquía y caciquismos pueblerinos. A ello se suman los grupos económicos locales “emergentes” que de la mano del régimen hacen sus cálculos gananciosos para que una vez obtenido la normalización del secuestro constitucional, se levanten como dueños, en las alianzas políticas ya definidas que se encargarán de sostener el renovado modelo bolivariano.

“A la altura de nuestro nivel cultural, deberíamos ser capaces de sanearnos. Este es el mensaje de esta obra: adecentemos la justicia o estamos perdidos. La sociedad venezolana pide con urgencia inaplazable la reducción de los privilegios feudales que todavía la acogotan. El cambio es un imperativo histórico que nadie podrá evitar. Nuestro esfuerzo inteligente debe evitar que zozobre la democracia o retrocederemos al más insondable abismo de imprevisibles consecuencias”. Esto escribe, en el último párrafo de “un velorio en ausencia”, Cabrera Sifontes. La narrativa de tiempos de la Venezuela rural que hace el autor destaca los personajes de cuatreros, políticos personalistas en campañas, jueces comprados; de los eternos oportunistas que terminan en las traiciones por beneficios propios. Es una denuncia que, como refieren las líneas citadas, para que la sociedad sea capaz de sobreponerse. Eso es lo que tenemos en el 2021 en el estado Bolívar: no hay espacio donde no tenga la mano la ilegalidad, el engaño y la trampa.

Frente a ese panorama, donde también hay que recalcar que la población no está rendida, toca el empeño por que se instale la justicia social y a que se haga efectiva la conciencia ciudadana. A que sea la recuperación del orden constitucional un ejercicio de pleno derecho, no una metáfora inútil, a la par que se hacen elecciones que no son libres ni justas. Democracia con comicios manipulados para uso de los políticos: el propio velorio sin cuerpo presente.

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