martes, 30 de noviembre de 2021

Guayaneses por la democracia

La democracia debe dejar de ser la clásica narración de excelentes protagonistas o de los rufianes que nos llevaron a las tragedias actuales que marcan las buenas intenciones del débil discurso de luchas que se les ofrece a las comunidades. | Foto William Urdaneta

La democracia debe dejar de ser la clásica narración de excelentes protagonistas o de los rufianes que nos llevaron a las tragedias actuales que marcan las buenas intenciones del débil discurso de luchas que se les ofrece a las comunidades. | Foto William Urdaneta

@OttoJansen

No es tan solo el ejercicio político, ese que contiene la lucha social, la vigilancia ciudadana, el ejercicio de representación y las responsabilidades de las autoridades, lo que se ha vuelto difuso u oscuro en la cotidianidad regional. Es fundamentalmente el planteamiento de la democracia como un todo lo que está premeditadamente empujada a no tener significado ni sentido. Es la inercia de los que se dicen dirigentes políticos frente a los atropellos para suplantar a funcionarios electos (en los municipios de Guayana ha sucedido más de una vez). Es la normalización de lo ilegal en lo económico, social o institucional que permite que se desconozcan cualquiera de los derechos de la población. Todo esto viene estableciendo de forma continua que la vida ciudadana sea solo como las entiende el poder revolucionario gobernante: simplemente se impone.

La firme ejecución del plan de pactar la impunidad con factores de la sociedad -algunos hasta hace poco fieros críticos de la conducta totalitarista- a los delitos cometidos en estos 22 años por los responsables de gestión, contentivo del secuestro del Estado y desconocimiento del orden constitucional, hablan por sí solos de un lejano y hasta “deleznable” principio de separación de poderes, de alternancia, Estado de derecho, pluralidad o garantía del voto: la democracia obsoleta e inútil como objetivo a obtener.

De allí que para los factores que no se retratan en la estridencia extremista o en la amargura panfletaria ante la dictadura, y sostendría que los que se encuentran fundamentalmente en las regiones, tienen el desafío de reforzar su interpretación del dramático momento político en que se encuentra Venezuela y de plantearse un modelo de democracia ágil, eficiente, diverso, con profundidad modernista, vinculado directamente con el anhelo de justicia y de recuperación inmediata del desarrollo de Guayana.

No es predicar un trámite ritual ni repetir sesiones de la trillada reflexión de ocasión. La democracia debe dejar de ser la clásica narración de excelentes protagonistas o de los rufianes que nos llevaron a las tragedias actuales que marcan las buenas intenciones del débil discurso de luchas que, hasta el momento, se les ofrece a las comunidades. Tiene que traspasar esos linderos convertidos en nostalgia inerte para armar su mensaje de coraje e impugnación. La propuesta de cambio tiene que romper y distanciarse rotundamente de los niveles de corrupción y colapso que representa la generalidad de la clase política hoy y proponerse, sin miedo, la regeneración democrática para la sociedad humillada y casi sin esperanzas.

En esta región conocemos de historias sobre abusos del poder en los liderazgos locales, tanto los asociados con la democracia representativa de otros años como los horrores que en nombre de los pobres ha hecho en las últimas décadas la revolución bolivariana. Por eso es que elementos como libertad, representatividad, renovación, ética, calificación y transparencia individual y colectiva han de ser parte del nuevo pacto político regional que estamos obligados a plantear desde la condición de resistencia popular hasta el logro del ejercicio gubernamental.

La libertad es responsabilidad

Existe un hartazgo con los discursos y los incontables documentos de diagnósticos en el sentimiento guayanés; esto no priva el requerimiento de la orientación ciudadana y el ejercicio de la palabra. La población del estado Bolívar quiere contribuir a implementar la manera en que el Estado de derecho reivindique el modelo industrial, reconozca nuevos perfiles de la economía local, proteja las comunidades indígenas o se haga cargo del empleo decente y la calidad de vida. El estado del bienestar que aparece enunciado en la Constitución Bolivariana de la República de Venezuela es un mandato vacío que debe cobrar vigencia en la construcción de la propuesta para Guayana. El atajo a la violencia urbana, pobreza y causes a nuevos ordenamientos de las ciudades tienen que ser hechos concretos del desarrollo regional. La institucionalidad, conocidos los continuos desmanes gobernantes, ha de apertrecharse frente a los caprichos e ignorancias. La intervención de los guayaneses es imprescindible para acompañar ideas y acciones del cambio desde los mecanismos de ley contemplados o por legislar en lo inmediato. Este elemento se hace imprescindible porque hombres y mujeres de comunidades y municipios han mostrado, cada vez que ha sido posible, su garra y acompañamiento en las lucha ante el caos socialista. Es la garantía de empujes abandonados por los aspirantes electorales, sin firmeza ante las manipulaciones del poder revolucionario. Hay que superar esos reiterativos pactos de elites, esos acuerdos grupales “inteligentes” que teniendo como argumento la civilidad solo han servido históricamente para beneficiar a los sectores parasitarios, dejando en la orfandad la participación y los derechos de las mayorías.

“Es por eso que el derrocamiento de una dictadura es menos la caída de un gobierno que la liberación de este terror difuso e impalpable. Es por eso que luego de abierta, sea más difícil regresar al genio popular a la botella que lo encerraba. Es por eso, también, que la democracia es menos un conjunto de instituciones gubernativas, elecciones, partidos políticos, prensa libre que esa liberación del miedo”. Así lo manifestaba el historiador Manuel Caballero, pudiendo resaltar que precisamente ahora, a ese miedo es necesario hacerle frente desde la debida valoración de la democracia como proyecto de reivindicación del país y de los guayaneses, en nuestro específico caso.

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