lunes, 17 de enero de 2022

Aquel joven que comía basura

El muchacho que estaba comiendo basura había tenido una casa donde le habían enseñado a no ensuciar, a que la calle es una extensión de nuestros hogares. Pensé en su mamá. Pensé que merecía un futuro que aquí, en lo inmediato, no iba a tener. Y deseé que se fuera para otro país.

La semana pasada fui a una reunión. Cuando me bajé, en la acera al lado de mi carro había un muchacho registrando la basura de un edificio de apartamentos y comiendo con fruición lo que encontraba. Tenía un verdadero desorden a su alrededor, pues ya había abierto varias bolsas. Me siento desolada cada vez que veo a alguien hurgando los desechos de otros para poder alimentarse. Yo no tenía nada que ofrecerle y sentí que para él sería embarazoso que me lo quedara viendo y peor aún, que le hablara. ¿Qué podría decirle que no supiera?… “Vamos a salir de esto, no te preocupes”… ”No comas de la basura que te puede hacer daño”… No tenía dinero en efectivo para darle y después de dudar qué hacer, seguí mi camino y entré a la reunión.

De inmediato recordé la comida podrida de Pdval. Miles de toneladas de comida que se perdieron dentro de containers que nadie reclamó. Ahora se sabe que la compraron vencida, porque salía más barata, para que unos sinvergüenzas hicieran los negocios de sus vidas, a costa del sufrimiento del pueblo venezolano. Recordé también cómo los altos representantes del gobierno negaron que aquello fuera cierto. Después de que les fue imposible tapar el sol con un dedo, dijeron que era una maniobra de la derecha. Hasta que tres de los principales gerentes fueron detenidos. Puro show, porque todos fueron liberados y dos de ellos regresaron a sus cargos. Sólo en Venezuela. Cada persona que muere de hambre en nuestro país tiene la impronta de aquellos delincuentes. Asesinos, vende patria. Me entra un fresquito al saber que ya hay algunos detenidos en los Estados Unidos, sólo espero que sigan haciendo lo que la justicia venezolana ha sido incapaz.

Cuando salí de la reunión, caminé de nuevo por la acera. Ya no estaba el muchacho y todo estaba nítidamente recogido. Aquella bolsa recogida decía mucho más que cualquier otra cosa. El muchacho que estaba comiendo basura había tenido una casa donde le habían enseñado a no ensuciar, a que la calle es una extensión de nuestros hogares. Pensé en su mamá. Pensé que merecía un futuro que aquí, en lo inmediato, no iba a tener. Y deseé que se fuera para otro país. Me monté en el carro, pero no pude arrancar: no veía nada, porque las lágrimas no me lo permitían. ¿Hasta cuándo, carajo, hasta cuándo?

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