jueves, 27 de enero de 2022

Un ente rojo rojito

Hay un grupete ominoso y atroz, pero existe una pandilla aborrecible y repugnante. Algunos siguen aterrajados, otros cambian de enchufe en ese enroque de los mismos en diferentes minpopos.

Hay un grupete ominoso y atroz, pero existe una pandilla aborrecible y repugnante. Algunos siguen aterrajados, otros cambian de enchufe en ese enroque de los mismos en diferentes minpopos.

Los individuos que se agolpan en el vértice de la pirámide han afinado y reciclado su lado más repelente y despreciable en estos 23 años. Que no es poco tiempo para mostrar cómo el odio y la maldad son el combustible que motoriza esa “devastadora locomotora” que lleva a los venezolanos hacia un abismo cada vez más profundo. De aquellos sujetos, unos son peores y otros son ciertamente abominables. Hay un grupete ominoso y atroz, pero existe una pandilla aborrecible y repugnante. Algunos siguen aterrajados, otros cambian de enchufe en ese enroque de los mismos en diferentes minpopos, y están los eyectados, prescindibles, desterrados, repudiados y desechables.

Esta taxonomía de la élite socialcomunista da para mucho, pero me quiero referir a un ente de casi dos metros, que ni la pegaloka adhería al resto de quienes se apropiaron de este territorio tercermundista. Pudo haber llegado de la mano de Roy Chaderton Matos, exquisito diplomático próximo a cumplir 80 años, que ha dormido en casi todas las sedes de las embajadas venezolanas, entre otras: Reino Unido, Colombia, Gabón, Noruega, México, Canadá, Polonia, Alemania, Bélgica y hoy despacha desde Suiza. Sin olvidar que también fue embajador en el Vaticano, en la OEA y en la ONU. Enchufado desde los tiempos del primer Rafael Caldera, no se le ha amellado su capacidad para encogollarse, cómodamente, tanto en la derecha copeyana como en el más extremo castrocomunismo.

Otro que pudo haberlo puenteado con la cúpula es su aterrador primo, hoy preso en una cárcel francesa por terrorismo. Carlos El Chacal es un verdadero prócer para la élite criolla. Se han cortado las venas por él, han publicado cartas orbi et orbi para exigir su liberación inmediata, le han pagado costosos bufetes de abogados en Europa y han contratado las empresas de lobby más caras para conseguir su libertad. Pero el enorme gasto ha sido inútil, porque el terrorista sigue preso en una cárcel de máxima seguridad, como corresponde a tan peligroso criminal.

Su pedigrí -como parte de la aristocracia guerrillera venezolana- le viene por el lado de su padre, Rafael Ramírez Coronado, faccioso de los años 60 y luego comisario de la industria, cuando Alí Rodríguez Araque dirigió Pdvsa. También tuvo una estrecha relación con el mayor de la dinastía barinesa, el propio Adán. El mismo que pergeñó el paraíso socialcomunista en el que sobreviven los venezolanos, mientras él está, divinamente, en la isla de la felicidad. El catire -lengua mocha y de vocecita infantil- militó en Ruptura, cerca de Argelia Melet y seguramente de Néstor y Doris Francia, egregias figuras de aquel movimiento. Por cierto, Doris fue esposa de Alí Rodríguez Araque.

Padrinos, protectores, valedores, patrocinadores y mecenas los tuvo al por mayor y en varios frentes. Porque su suegra -Hildegart Rondón de Sansó- fue una jurista de enorme prestigio y académica respetada, con presencia en los medios a través de sus escritos y como voz destacada tanto en la radio como en la televisión. Ese perfil de escritora e intelectual desapareció, para darle paso a la asesora de Pdvsa, durante la larga permanencia de su yerno como minpopo de petróleo y minería y presidente de Petróleos de Venezuela. Su esposa Beatrice Sansó y su cuñado Baldo se sacrificaron en altos cargos: un inestimable servicio a la revolución.

En 2006 se encumbró gracias a su enjundiosa y trascendental frase, que se sembró en el alma de los sociolistos vernáculos: “La nueva Pdvsa es roja rojita de arriba a abajo”. Desde ese momento se hizo depositario de todos los méritos y reconocimientos de la cúpula. Aquellos 10 vocablos se convirtieron en un mantra, que repetían los acólitos cada dos por tres. El talento de este ingeniero mecánico se concentró en aquella colorada expresión. Esa que le dio lustre como magnate, con plenos poderes para conformar su personalísima tribu. En ese clan tuvo un lugar preponderante su primo Diego Salazar Carreño, su aliado para lograr algo muy grande. Como fue convertirse en grandes potentados, gracias a la trama corrupta montada en la industria petrolera, de la que no se salvó ni el Fondo de Jubilaciones de los trabajadores.

El expediente del muy distante Rafael Ramírez Carreño es tan voluminoso como su propia humanidad. Once años fueron más que suficientes para que su descomunal ineptitud y corrupción desmedida acabaran con una empresa vital para Venezuela. Por lo que estoy segura que sus palabras no tienen ningún calado, y son ofensivas para los que subsistimos en esta tierra arrasada por el socialcomunismo.

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