lunes, 29 de noviembre de 2021

El político y el mesías

Lo más alejado de la política son los mesías, quienes no quieren ser confundidos con seres terrenales de probada inferioridad. Su reino no es de ese mundo: el de ellos es el de la antipolítica.

Lo más alejado de la política son los mesías, quienes no quieren ser confundidos con seres terrenales de probada inferioridad. Su reino no es de ese mundo: el de ellos es el de la antipolítica.

Me encanta la política con todo lo que tiene de bueno, regular y malo. Por eso no me gusta la gente que marca distancia con categóricas afirmaciones, para desmarcarse de una actividad que es inherente a la condición humana. Aquellos se quieren presentar como químicamente puros cuando difunden su condición de apolíticos o antipolíticos. No quieren parecerse ni un pelo a esos seres despreciables que se sienten en su salsa sumergidos en las aguas movedizas de la política. Esas que atrapan voluntades, que remueven sensibilidades, que humedecen callosidades del alma pero que endurecen el cuero, para que puedan aguantar la andanada de grueso calibre de críticas, sospechas, improperios, irrespetos, desconsideraciones e insultos de toda la fauna viviente. Merecidas o no. 

En el territorio de la política cabe cualquier interesado, sus límites sólo los determina el país donde respire. Digamos que un paracaidista aplazado en el curso de estado mayor no podría ascender a la presidencia en Estados Unidos, porque en ese país se exige algo más para tamaña responsabilidad. Pero en una comarca tercermundista, aquel individuo fracasado es encumbrado a la cima del poder por unas masas hambrientas de un liderazgo providencial, esperado con los brazos abiertos y la mano extendida. Esa que, en estado de éxtasis quiere tocar al redentor, como una experiencia religiosa.

Tengo para mí que lo más alejado de la política son los mesías, quienes no quieren ser confundidos con seres terrenales de probada inferioridad. Su reino no es de ese mundo: el de ellos es el de la antipolítica. Donde imperan a sus anchas, con su voluntad y caprichos como únicos instrumentos para guiar sus acciones. Orden y obediencia para que el rebaño no se desvíe del camino que le conviene al salvador. Su verborragia incontrolable se impone, hegemónicamente, al resto de la manada aplaudidora. No se dialoga, no se conversa, no se negocia. Todo se impone: pensamiento y relato único, sumisión reverencial ante el redentor, y odio y resentimiento contra cualquier disidencia. En una manada de felinos puede apreciarse algo más de libertad para moverse, aunque no sepan lo que es política.

Al redentor no se le exige nada porque su superioridad se impone. No hay objeciones que valgan frente al poder omnímodo de un salvador, incluso en estos tiempos de sustantivos avances de la civilización, de globalización y de una creciente iconoclastia. Lo opuesto ocurre con el político, al que se le pide todo y se le hace responsable de fracasos, reveses, infortunios, frustraciones, ineficacias, incompetencias, ineficiencias, deslealtades, incoherencias y mucho de aquello que tiene que ver con la cotidianidad de la vida humana.

El político tiene como deber estar atento a los movimientos telúricos, a las inundaciones, a los incendios forestales, a los derrames petroleros. Su interés debe estar centrado, también, en el medio ambiente, en los ecocidios, en la inseguridad, en los derechos humanos, en los servicios. Nada de lo que se mueve en la sociedad puede resultarle indiferente, porque será criticado, penalizado y olvidado, que es el peor castigo para un político.

Quiero en esta parte referirme a un artículo de Joaquín Marta Sosa en el que cita a Javier Cercas, autor de ese gran libro titulado Anatomía de un instante. Con relación al tema en cuestión el escritor español dice lo siguiente: “el político que debemos preferir es aquel que no tenga vocación de ídolo ni de héroe ni de mártir y, en consecuencia, no pretenda pasar a la historia, que trabaje duro y no se invente problemas (que se conforme con solucionar los que hay) que haga bien los números y que no meta la mano en caja, que no se rodee de servilismo, que no se pirre por salir a todas horas en televisión y en los periódicos (cuanto menos salga, mejor) que no se levante cada mañana con una idea genial, que hable poco, que no insulte, que no grite, que no mienta, aunque no siempre diga la verdad”.

Cierro con algo más de lo recomendado por Javier Cercas en 2007, en su columna de El País de España. Que el político “sea limpio, ordenado y no haga ruido, igual que un obrero eficaz. Se diría que este tipo de personas no sirven para solucionar situaciones excepcionales, pero nada ha demostrado que tal afirmación no sea más que un prejuicio, pero sí que los políticos excepcionales o que se creen excepcionales suelen ser un desastre para los asuntos normales y cotidianos, es decir, los asuntos de siempre”.

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