Pocos días antes de que el final lo sorprendiera de pronto y lejos, Diego Márquez Castro, columnista de tradición en Correo del Caroní, pensaba el mundo y su devenir a partir de esta pandemia. Esas ideas las plasmó en esta, su última columna, que compartimos con nuestros lectores para honrar una vida que nos acompañó desde sus aportes a la civilidad.

La humanidad de esta parte del siglo XXI ha entrado en un tiempo de prueba. La irrupción de la pandemia generada por el coronavirus (Covid-19) ha transformado en pocas semanas la faz del mundo en el cual vivimos. Las situaciones están cambiando aceleradamente. Por las redes sociales digitales emerge todo tipo de información. Surgen a cada momento noticias sustentadas en una base documentada pero igualmente hay un proceso de desinformación enfermiza que se esconde tras las fachadas de las llamadas fake news. Basta entrar en Facebook, por mencionar una plataforma popular y extendida ampliamente, para detectar cuántas fantasías absurdas se manejan en torno del Covid-19 como si fuesen algo cierto, generando matrices de opinión falsas.

La realidad es que la humanidad entera atraviesa por una peligrosa turbulencia que se traduce en una crisis de inimaginables proporciones; pero no es su colapso total, a pesar de los discursos milenaristas que anuncian desaforados un presunto fin del mundo. El milenarismo tuvo su origen en una errónea doctrina, desautorizada por la Iglesia Católica, y con raíces en el segundo siglo de la era cristiana. Planteó la tesis, apoyada en el libro del Apocalipsis de San Juan, que Cristo vendrá a reinar físicamente en la Tierra por mil años al fin de los cuales regresará al cielo. Cada vez que ocurren tragedias en el mundo, crisis políticas, económicas, sociales, morales, sanitarias o de cualquier índole que afecte la vida de las personas, los milenaristas de cualquier signo, religioso o secular, flamean con gusto sus banderas y advierten que al hombre le ha llegado su final. Esto ya lo estamos escuchando y viendo en las redes sociales digitales. Es una tarea de sembrar la incertidumbre, el miedo y la desesperanza.

Por otra parte surgen las más absurdas teorías sobre una presunta hecatombe, manipulando el nombre de Cristo. Igual entran en juego los seguidores del esoterismo quienes citan las profecías de Nostradamus para anunciar una supuesta aniquilación de la humanidad por la “peste”. Nada más irresponsable. Juegan con la credulidad y los sentimientos humanos. El ser humano ciertamente asume actitudes de temor y duda ante los fenómenos que le afectan y eso se hace masivo en sociedades enteras, lo cual puede llegar a ser explotado hábilmente por gente fanática. Lo que se debe destacar es que no es esta la primera pandemia que históricamente sufre la humanidad; en la actualidad la ciencia y la tecnología aplicada a la salud están infinitamente más avanzadas para controlar estos fenómenos.

La situación actual, en efecto, constituye una de las crisis cíclicas que padece el hombre contemporáneo, pero ello no significa en modo alguno que sea su final y su extinción sobre la faz del planeta. Una crisis se define como una coyuntura de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada pero inestable, sujeta a evolución. Dentro del cuadro de cualquier crisis, los cambios que se desprenden de ésta, aunque son previsibles, poseen grados de incertidumbre conforme a su irreversibilidad o nivel de profundidad. Las crisis pueden designar cambios traumáticos en la vida o la salud de las personas y de sociedades enteras. Las crisis básicamente se traducen como tiempos de emergencias y dificultades.

Las crisis y la actual no es una excepción, son momentos para considerar el desarrollo de oportunidades. A despecho de los milenaristas de cualquier signo, de los alarmistas, de los pesimistas, de los negativistas, de los esotéricos, en fin, de aquellos que miran las situaciones problemáticas como destructivas, aniquiladoras e irresolubles, las crisis son el punto de partida para el desarrollo de nuevas oportunidades.

Lo primero es asumir una actitud equilibrada, seria y racional ante el fenómeno. Una crisis como la centrada en los efectos del Covid-19 no es un castigo de Dios porque Él es un Dios de vida, no de muerte. Una de las oportunidades que pueden emanar de esta crisis del momento que no será eterna, que tiene su tiempo y concluirá a favor de la humanidad, es que desde los centros de investigación científica y tecnológica surgirán nuevos medicamentos y tratamientos que servirán para prevenir nuevos brotes virales y a su vez sanarán a los afectados por el actual virus.

Desde el punto de vista de los hábitos humanos, esta crisis que en gran parte es sanitaria, servirá para que a nivel social se tome conciencia de las necesidades de educar en hábitos de higiene a las personas de todas las edades, promover campañas igualmente de carácter didáctico en temas de carácter epidemiológico a fin de crear conciencia sobre la prevención de enfermedades. Igualmente, esta crisis puede ser la gran oportunidad para que los gobiernos de las grandes potencias que hoy invierten una millonada de dólares en armamentos de todo tipo, reviertan esas inversiones en promover y apoyar proyectos de investigación dentro del campo de la infectología con el objeto de controlar las epidemias y pandemias. Albert Einstein nos dejó una interesante lección en torno a cómo se deben asumir la crisis: “Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

Desde la perspectiva de la fe, bien viene meditar en estos tiempos de la crisis del Covid-19 los siguientes pensamientos y llevarlos a la práctica de vida: “Confía plenamente. Dios convierte las crisis en oportunidades. Las pruebas en enseñanzas y los problemas en bendiciones. No porque el cielo esté nublado las estrellas han muerto”. En suma, esta coyuntura preocupante, tomando las palabras de Eurípides de Salamina, puede revertirse en una situación que marque nuevos caminos: “Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra”. En suma, a partir de la crisis del Covid-19, con todos sus efectos en la sociedad contemporánea, deben hacerse más humanas la política, la ciencia, la tecnología, la medicina, los negocios y la sociedad en sí misma. Es una nueva oportunidad. Es un aprendizaje. De momento no se sabe cómo evolucionará esta crisis ni qué dimensiones adquirirá en los próximos días y semanas, sin embargo, lo que sí reviste caracteres de certeza es que el mundo y la humanidad serán otros, desde distintos puntos de vista, después de haber vivido y enfrentado esta experiencia.

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