Desaparecido el prócer de Sabaneta, sus herederos siguen la misma línea, siempre bajo la tutela castrista, para controlar a un pueblo crédulo y cómodo.

El planeta está viviendo una tormenta perfecta, originada en una provincia China con repercusión en todos los países del mundo. Es una manera peligrosa y dolorosa de experimentar la globalización, aun para aquellos que sobreviven en la más remota de las islas. Alejados del mundanal ruido medial, que fue el terreno donde MacLuhan situó una primera señal teórica, para ayudarnos a entender cómo había cambiado la humanidad bajo el imperio de los medios de comunicación social. Hoy una información globalizada nos hace experimentar, en primera persona, lo que significa una pandemia en estos tiempos de clones, viajes espaciales, de vida gestándose in vitro y de graves enfermedades que la ciencia abate desde los laboratorios.

En pleno siglo XXI, vivo todo esto como una peste en la edad media, amenizada con la banda sonora de una sobredosis de información, que sólo incrementa mi angustia e incertidumbre. El miedo planetario debe tener la dimensión de un océano, pues nadie puede permanecer indiferente frente al peligro de un enemigo invisible y desconocido: para colmo un recién llegado al amenazante universo de los virus, que nos intimidan hasta en nuestros PC.

Justo el miedo ha venido a intensificar lo que llamaremos “la tragedia perfecta”. Instalada en Venezuela y convertida en un infierno en el que surfeamos, ola tras ola, unas más grandes que otras. No es casual situar nuestra precaria vida en un mar endemoniado, tormentoso y huracanado, porque ese es el hábitat en el que estamos sumergidos. La mayoría no sabe nadar y depende de los salvavidas que lanzan desde lujosos yates, donde navega -rica y plácidamente- una corruptocracia palaciega, que deja caer limosnas en forma misiones, bonos o bolsas CLAP.

La tragedia perfecta no fue creada por Esquilo, Sófocles o Eurípides, auspiciada por el Estado y con la presencia de un público entusiasta, que experimentaba una sensación de purificación o catarsis, al tiempo que su intenso dramatismo lo llevaba de la compasión al horror. No. Se trata de otro tipo de tragedia: de una muy diferente, cuyo significado tiene que ver con un suceso fatal y aciago, articulado con el campo semántico de la desgracia y la catástrofe.

Fue fatal y catastrófico que hace 21 años el pueblo venezolano eligiera por 3.673.685 votos a un resentido teniente coronel como presidente. El mismo que quiso usurpar el poder a través de varios intentos de golpes de Estado, que dejaron una estela de muerte y dolor, que los venezolanos premiaron cuando el cálculo y la componenda lo obligaron a medirse en unas elecciones democráticas. Desde 1998 y hasta 2013, Venezuela se deslizó por la pendiente de la desmesura en medio de una orgía de petrodólares, que provocó en el nativo una enorme pereza y una sensación de holgura. Que fue capitalizada -fácil y convenientemente- por el difunto para convertir en mendigos a los sectores más vulnerables de la sociedad. Dóciles y sumisos, siempre detrás de él, con el aplauso fácil, a flor de palmas.

Desaparecido el prócer de Sabaneta, sus herederos siguen la misma línea, siempre bajo la tutela castrista, para controlar a un pueblo crédulo y cómodo, que parece resignado a que una cúpula perversa e indolente la siga nariceando. Para lo cual usan el miedo, la violencia, el odio, la pobreza, la inseguridad y el terrorismo de Estado, siempre de acuerdo con su conveniencia, y con la mentira como plataforma esencial de sus acciones, incompetencias y relatos.

La tragedia perfecta sostiene a una dictadura perfecta, como caracterizó Vargas Llosa al gobierno del PRI en México, que duró la bicoca de 70 años, lo mismo que la URSS. Ambos regímenes fueron una desgracia para sus pueblos, como para Venezuela lo es -en presente de indicativo- esta satrapía que ejerce de rey Midas, pero al revés. Hasta el oro es transformado de metal precioso en objeto de la más escatológica y depravada corrupción. En estos días, esta desgracia es coronada por la pandemia del Covid-19, que pone la guinda para que tormenta, tragedia y dictadura sean adjetivadas como perfectas. Lo que me permite concluir una obviedad: hay perfecciones que matan demasiado.

Agridulces

Mientras más del 90% de los venezolanos sobrevive en una cuarentena socialcomunista, la elite dominante y sus herederos no dejan de disfrutar, rumbear y bonchar en jolgorios capitalistas y salvajes donde todo sobra. Incluso las chicas, que llegan en vuelos privados a islas paradisiacas, convertidas en locaciones para filmar videos -altamente pedagógicos- como el “perreo sin tabú”.

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