jueves, 5 de agosto de 2021 | 2:58 AM

1984 y la subversión de la palabra

George Orwell fue periodista y novelista, es decir, un hombre de letras. Uno que vivió el imperialismo británico, el nazismo y la guerra civil española. Por supuesto que comprendía lo que era una tiranía.

George Orwell fue periodista y novelista, es decir, un hombre de letras. Uno que vivió el imperialismo británico, el nazismo y la guerra civil española. Por supuesto que comprendía lo que era una tiranía.

@francescadiazm

En nuestras mentes pululan millones de pensamientos y reacciones a todo lo que sucede a nuestro alrededor. Esas ideas son solo nuestras y nada externo puede limitarlas, excepto una cosa: la cantidad de palabras que conocemos. Nuestros pensamientos están supeditados al vocabulario que dominamos. De conocer muy pocas palabras, no podríamos transformar en pensamientos todo lo que sentimos. Ni hablar de decirlo.

Esta es una de las teorías de 1984, una novela de George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair. 1984 es una novela distópica, narrada en favorecedora tercera persona y protagonizada por Winston. Desarrollada en un territorio llamado Oceanía. El autor de origen hindú desarrolla una crítica hacia los mecanismos de control y el aniquilamiento de la vida privada que ejerce el totalitarismo para lograr el poder absoluto.

A través de la neolengua, nuevo idioma que el partido dominante intenta imponer en Oceanía, se busca reducir el idioma a la menor cantidad de palabras posibles. Los encargados de esta tarea deben conseguir erradicar la mayor cantidad de verbos, nombres y palabras posibles. Suprimir cualquier tipo de vocablo que ofrezca matices y formas de expresividad a los ciudadanos.

Pese a que esta manera de coerción no es ni de cerca el tema principal de la historia, abundan diálogos sobre cómo debe funcionar el lenguaje y sus efectos en los ciudadanos. Cuando pensamos en régimen, encontramos que te obligan a sacar un carnet, a inscribirte a un partido, persiguen medios de comunicación, encarcelan injustamente… Muchas situaciones vienen a nuestra mente, pero ¿querer controlar el idioma o las palabras que sepan los ciudadanos? Esa parece ser una estrategia poco violenta e inofensiva. Al menos, eso me pareció en una primera lectura donde me salté las partes que hablaban de esta forma de autoritarismo.

Sin embargo, no hay una artimaña más eficaz para controlar a las personas que controlar su mente, sus pensamientos, sus ideas. La premisa ofrecida por Orwell es que la única posibilidad de derribar a una dictadura es a través de una clase media suspicaz, curiosa y capaz. Dicho de otra forma, pensante. La neolengua tenía el objetivo de evitar que los ciudadanos contaran con matices a la hora de crear oraciones, eliminar términos como libertad o independencia, de modo que ya nadie pudiera utilizarlos y dejaran de existir. Al sacarlos de su habla, terminaría desapareciendo de sus mentes.

Cada palabra que conocemos, cada manera que tenemos de construir una oración, cada una de los caminos mentales que recorremos para expresar nuestros sentimientos es una forma de libertad. Leer y aprender nuevas palabras nos lleva a adquirir nuevas definiciones del mundo, nuevas maneras de comprendernos a nosotros mismos.

Pocas veces apreciamos esa ínfima parte de nuestra libertad de expresión, derecho por el cual la sociedad reclama vigorosamente con toda la razón. Pero la libertad de expresión no empieza en los carteles, en las manifestaciones, ni siquiera empieza en la facultad de abrir nuestra boca y vociferar cualquier cosa que se venga a nuestra mente. No. La verdadera libertad de expresión se gesta desde el pensamiento. Desde una idea que se apodera de un pequeño rincón de nuestra mente, de un estímulo que traducimos en vocablos ordenados y que significan algo. Todo eso surge a través de la palabra.

Los animales no saben si viven en dictadura o no. Sienten a través de estímulos, pero no son capaces de discernir si están siendo víctimas de un dueño autoritario. No lo saben porque no tienen ese concepto en sus mentes, en consecuencia, no pueden expresarlo. Ni entenderlo ni sentirlo. Si no pueden pensarlo y ponerlo en palabras, entonces no existe en su mundo.

¿Cómo podríamos saber qué es la libertad si no tuviéramos la definición semántica de dictadura? Sería lo mismo. Sin la palabra que lo forme y lo conceptualice nada de esas teorías tendría sentido. La investigación sería algo que no alcanzaría a explicarse y la historia no existiría porque nadie podría registrarla.

A veces rehuimos de las palabras complicadas, a los términos raros. Los diccionarios nos dan flojera y no queremos aprender nuevas palabras porque ya se puede comunicar todo lo que deseamos con dominar quizás unas 100. Pero cada palabra le otorga vida a un nuevo concepto, cada palabra nos permite avanzar en una nueva realidad que ayer no existía. Tenemos la facultad de escoger si nos sentimos tristes, melancólicos, depresivos o desanimados (cada una con un tinte diferente y que permite comunicar una pequeña diferencia que le da vida a un sentimiento distinto). Cada palabra que aprendemos nos vuelve un poco más libres, más capaces de comprender el mundo y de rebelarnos ante lo incorrecto porque somos capaces de pensar en ello.

George Orwell fue periodista y novelista, es decir, un hombre de letras. Uno que vivió el imperialismo británico, el nazismo y la guerra civil española. Por supuesto que comprendía lo que era una tiranía, pero no sabríamos de ese conocimiento si no hubiera podido plasmarlo en su literatura que ha dedicado a describir lo que vivió en el siglo XX. La palabra nos permite trascender más allá de los pensamientos. Atribuyo esto a que la dictadura del libro quisiera eliminar una parte del vocabulario, entre más palabras conoces, tienes más capacidad para comunicar tus experiencias a otros, para desarrollar elocuencia, para conmover. La palabra tiene más poder del que somos capaces de dilucidar.

Más allá del tema de las dictaduras, lo que no tiene un nombre no existe. La palabra le da vida a algo, lo hace presente, lo hace ser. Ese “todos y todas” que tanto se reclama a través del lenguaje inclusivo me pareció que cobró más sentido luego de este libro: si no se nombra a las mujeres, es como omitirlas, como erradicar ese derecho que tienen de existir y de que las personas puedan pensar en ellas en medio del discurso.

1984 tiene detalles fascinantes, es una historia llena de críticas a sistemas que evocan a una Venezuela que a veces no podemos ya reconocer, pero mientras tengamos la palabra para comprender en qué nos estamos convirtiendo, más libres somos. Mientras existan términos para describirlo, la libertad de expresión no ha muerto. Porque “no pueden cambiar lo que hay dentro de ti”.

Antes de la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, los libros de George Orwell estaban prohibidos allí por considerarse subversivos. Las dictaduras prohíben la literatura porque la palabra tiene la capacidad de generar cambios en las personas, en su percepción del mundo y esto puede llevarlos a querer cambiar el sistema.

La rebelión surge del convencimiento de que puedes cambiar algo una situación. Las personas desmoralizadas, conformes, resignadas no se rebelan. No se sienten capaces de cambiar nada. El rebelde cree que desde su actitud y sus acciones es capaz de transfigurar la realidad.

La literatura, a través de la palabra, nos brinda esa confianza en nosotros mismos. Las palabras nos permiten rebelarnos, con lo que escribimos, ante un mundo que no nos escucha. Escribimos para mostrarles nuestro mundo a los otros, escribimos para ser fieles a nosotros, pero también siendo fieles a los que nos leen. Para hacerles sentir que, quizás tan solo mientras leen nuestras líneas, ellos son poseedores de la verdad, conocedores de una historia o testigos de las injusticias que hemos creado. La palabra nos convence de que nosotros podemos cambiar el mundo.

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