martes, 28 de septiembre de 2021

“La tía Luisa fue una monja que sonreía de oreja a oreja y sabía hacer casi cualquier cosa”

Luisa Vivas Pérez, quien falleció el pasado 6 de noviembre, se dedicó desde 1967 a la crianza de niños sin padres o de familias de escasos recursos en varios poblados del estado Bolívar, donde fundó la Casa Hogar Madre Emilia, lugar de cobijo de decenas de infantes.  

@joelnixb 

uisa Vivas Pérez fue una monja de 94 años que se dedicó por más de 50 años a criar a niños sin padres o provenientes de familias con bajos recursos. Oriunda de los Andes venezolanos, murió el 6 de noviembre en Puerto Ordaz, pero dejó huella en todos quienes la conocieron, pero sobre todo, en los niños que hizo suyos.

La tía Luisa -como la llamaban sus niños- llegó a tierras bolivarenses en 1967 y desde entonces se convirtió en una guayanesa de corazón, su vida, sus valores y su legado los dejó plasmados en este territorio. Aunque siempre quiso pasar desapercibida, y no era fan de recibir méritos o halagos, su labor merece ser contada.

Su nombre de pila tal vez no resuene mucho, pero al decir que fue la fundadora de la Casa Hogar Madre Emilia muchos se ubicarán, ya que los guayaneses al menos una vez han oído hablar de este lugar o han realizado algún donativo. Sin embargo, la hermana comenzó su faena muchos años antes de fundar este reconocido recinto ubicado en Unare, Puerto Ordaz.

El viaje sin retorno de esta hermana a la región Guayana comenzó cuando el entonces presidente Raúl Leoni diseñó un proyecto para poblar la frontera cercana a la Zona en Reclamación compartida con Guyana. Por ello Vivas Pérez y otras dos monjas del convento de las Hermanitas de los Pobres de Maiquetía -la primera congregación religiosa de Venezuela-, fundaron a orillas del río Venamo un lugar para atender a los más necesitados.

Este trabajo se siguió en el gobierno de Rafael Caldera, con Arístides Calvani encargado de la Cancillería, siendo la hermana Luisa una funcionaria del Ministerio de Relaciones Exteriores. Luego, en 1970, tras una crecida del Venamo el refugio se tuvo que mudar a San Martín de Turumbán, población bolivarense a orillas del río Cuyuní en el municipio Sifontes. Al poco tiempo las hermanas fundaron allí la Misión Madre Emilia donde niños de los caseríos cercanos se quedaban para ir a la escuela del poblado.

  

Como ya no estaban en una zona fronteriza la misión pasó a ser en Tumeremo la Casa Hogar Madre Emilia, nombre que aún se mantiene | Fotos cortesía

“Ella recogía a los niños los lunes bien tempranito y los tenía hasta el viernes, luego el viernes en la tarde o el sábado los iba a llevar a sus casas”, relata la periodista Ana Teresa Pacheco. Después empezaron a llegar niños en condición de abandono y de familias con bajo nivel económico y la hermana los fue acobijando uno a uno. En la misión habían pequeños tanto venezolanos como guyaneses, pues al estar en una zona fronteriza también atendía sin distinción a los infantes necesitados del hermano país.

La periodista, que trabajaba en Correo del Caroní para aquel entonces, con el tiempo creó una gran amistad con la hermana Luisa y le ha escrito varias semblanzas. Se conocieron en 1983 “cuando ya de oída se conocía que por allí muy cerca, y a menos de un kilómetro del puesto fronterizo que tenía el Ejército en Anacoco -poblado limítrofe con Guyana-, había una misión de frontera donde estaba una monja con un grupito de voluntarios”.

En principio la hermana no quiso recibir al equipo reporteril y se escondió, pero luego entendió que si se difundía su labor podía tener más apoyo en beneficio de los niños, y así fue. Al volver del viaje Pacheco publicó un reportaje de esta visita y rápidamente las empresas básicas de Guayana, y también las privadas, se solidarizaron con la Misión Madre Emilia.

“Recuerdo que en aquella época Edelca estaba finalizando la construcción de Guri y donaron un importante número de literas que habían dejado los campamentos de obreros”, dijo Ana Teresa. La solidaridad vino de todos lados, incluso, se acercaron veterinarios para revisar a las vacas y cerdos que ayudaban a mantener la casa hogar que estaba formando la monja. 

Varios periodistas de Puerto Ordaz se organizaron para hacer colectas y luego viajar para donarlos, especialmente antes de iniciar clases y en épocas decembrinas, pues algunas empresas básicas tenían un listado de los niños y les enviaban los regalos.

También el Club de Leones organizó una campaña llamada Operación Kilo que consistía en pedir alimentos no perecederos en los supermercados a las personas que entraban y salían y, una vez recolectados, se los llevaban a los periodistas para repartirlos en Anacoco. Pacheco recordó que incluso la Guardia Nacional prestaba efectivos y vehículos para llevar los donativos.

En una semblanza escrita por Pacheco en 2016, comenta que cuando Vivas Pérez vivía en San Martín de Turumbán era llamada cacica “por sus dotes innatas de organización y don de mando. Era la encargada de mantener el contacto por radio con la Arquidiócesis en Ciudad Bolívar y con el Ministerio de Relaciones Exteriores en Caracas”.

A Pacheco la amistad con Luisa le dejó más que aprendizajes, lecciones de vida a favor de “la convivencia, del respeto, la tolerancia, de la humildad y por sobre todas las cosas, del inmenso amor que Luisa le profesaba no solo a los niños, sino a todos los que se acercaban”, dijo.

Inicios de la casa hogar

En 1988 la hermana decidió mudarse con sus niños a Tumeremo, debido a que la escuela de Anacoco solo formaba hasta quinto grado y los infantes necesitaban seguir estudiando. Como ya no estaban en una zona fronteriza la misión pasó a ser la Casa Hogar Madre Emilia, nombre que aún mantiene.

  

Desde que tenía un mes de nacido la hermana Luisa arropó en sus brazos a Víctor

En Tumeremo Andrés Velásquez, quien para ese entonces era gobernador del estado Bolívar, ayudó con la remodelación de la casa y los donativos siguieron. Para 1995 hubo otra mudanza, esta vez definitiva, se radicaron en el sector de Unare, en Puerto Ordaz.

Y en esta ciudad la hermana Luisa les brindó un mejor futuro a varios niños guayaneses, tal es el caso de Víctor Farías, quien llegó a finales de abril de 1997, con un mes de nacido, a la casa hogar y aunque a los 8 años se mudó con una pariente, siempre regresó a la institución, lugar donde están sus recuerdos de infancia y su familia.

“Recuerdo a la tía Luisa con mucho cariño, una persona con mucho afecto, mucho amor, ella te ve y ya tú sientes mucha energía, tiene una presencia muy fuerte. Es como si cuando la ves sueltas todo lo que tienes encima”, afirmó.  

En ocasiones habla de su tía en presente, si le preguntan por ella dice que el primer recuerdo que viene a su mente es Luisa sonriéndole de lejos y estirándole los brazos para que él la abrace, pero con una sonrisa muy grande, “de oreja a oreja”.

Para él fue complicado describir el carácter de Luisa, admite que era muy recta y le gustaba que sus niños hicieran las cosas bien “pero a la vez era muy suave, muy buena, no sé cómo explicarlo, pero es como si a una piedra le amarraras un algodón. Es muy exigente, pero muy buena como persona. Muy entregada”.

Actualmente vive en Argentina y estudia Publicidad y Mercadeo. No tiene quejas de la crianza que recibió, solo agradecimiento. Comentó que se siente privilegiado de haber compartido con Luisa mucho tiempo. “Además de ser monja también era albañil, pintora, artista, también era cantante. Era una persona con muchas facetas y parte de la crianza fue eso, aprender de una monja que sabía hacer casi cualquier cosa, literalmente (risas). Hoy cada uno tiene conocimientos básicos de algo y es gracias a esa casa”. 

Seguirán criando jóvenes con calor de hogar 

Pese a que ya no está el pilar central de la institución, la labor no se detendrá. Yolanda Coriano, directora de la Casa Hogar Madre Emilia, declaró a Correo del Caroní que continuarán criando y formando a los jóvenes guayaneses. La hermana Luisa dejó un camino marcado. “Pertenecemos a la Compañía de Jesús, hace años ella hizo una alianza con los jesuitas con la intención de que esta casa no dejara de existir cuando ella nos dejara. Ella fue muy visionaria y supo escoger”, comentó.

También están adscritos a la Asociación Benéfica Social Hogar de la Virgen de Los Dolores, ubicada en Caracas, la Casa Hogar Madre Emilia es la única de las cinco instituciones asociadas que no está en la capital. “De allí también tenemos el apoyo y la ayuda para seguir adelante con esta obra”, explicó.  

Para Coriano el principal valor que dejó la hermana Luisa en la institución fue “el amor que ella entregaba a los niños, esa forma que ella tenía de acobijarlos porque para la tía Luisa esos niños eran suyos y, sobre todo, a los que llegaban con condiciones especiales”, dijo.

Expresó que en sus 18 años dentro de la institución observó que lo que más le llenaba a la hermana era ver a los niños crecer y formarse como profesionales. “Fue como toda madre que tiene a sus hijos y quiere verlos felices y con un futuro bonito y gracias a Dios la tía Luisa lo vivió en carne propia”.

 

Luisa Vivas dejó el camino trazado, la Casa Hogar Madre Emilia seguirá criando a jóvenes guayaneses con calor de hogar

 

Comentó que la crianza de los jóvenes en esta institución no es como la de un orfanato, sino como en una casa familiar, por ello se ve con frecuencia que los que crecieron en este sitio no se van del todo, regresan a apoyarlos. “Uno no lo hace con ese fin, pero vemos cómo están agradecidos, debe ser por la forma en cómo los tratamos a ellos, con calor de hogar”.

Entre las cosas que aprendió de la hermana está la vocación de cómo criar a los niños, brindarles educación de calidad y protegerlos.

En la institución las donaciones por parte de empresas públicas y privadas a mermado considerablemente, hoy solo donan personas naturales. Actualmente 15 niños habitan en la casa, son siete varones y ocho hembras con edades comprendidas desde los cuatro a los diecisiete años, y estudian en planteles cercanos a la casa hogar.

Además, 15 personas trabajan en la institución, entre ellos hay madres cuidadoras, cocineras, un chofer y cuentan con una junta directiva. “Gracias a Dios las personas que están aquí atienden a los niños con amor y cariño”.

En atención a la responsabilidad de la formación de los jóvenes, Coriano destaca que tendrán como guía el ejemplo de la hermana Luisa. “Esta fue y es su casa, siempre la vamos a tener presente. Siempre. Con ella aprendimos mucho, fue una mujer excepcional. Todas las noches le pido que nos siga apoyando y ayudando con los muchachos porque lo necesitamos”, dijo entre sollozos. 

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