domingo, 13 de junio de 2021 | 3:31 AM

El rescate de los venezolanos en el desierto de Atacama

Era un grupo de hombres y mujeres. Habían salido de Perú con la promesa de ser acompañados y guiados por coyotes, como se les llama a las personas que cruzan a migrantes por pasos clandestinos. Pero fueron abandonados.

ra mediodía cuando Andrés Carevic vio con sus binoculares algo que se movía en la hondonada del desierto. Le resultaba extraño. No es común ver personas en esa área del desierto. La geografía es tan seca que no hay ríos ni árboles ni animales; las bacterias son escasas. Hay partes tan inhóspitas que ni siquiera viven insectos ni hongos. El desierto de Atacama, zona fronteriza que comparten Chile y Perú, es el desierto no polar más árido del mundo.

Andrés y otros nueve compañeros chilenos, integrantes del Team Tuareg, habían salido con sus motos de alto cilindraje a practicar Enduro Rally en esa zona del desierto que llaman Frontera. Por sus características, el desierto de Atacama es un buen lugar para practicar este deporte. Ha sido la ruta de varias competiciones.

  Este es un trabajo de Ricardo Barbar en el marco del proyecto de Prodavinci y el Centro Pulitzer: COVID-19 llega a un país en crisis: Despachos desde Venezuela

Ese domingo decidieron ir al desierto a pesar de que una semana antes habían hecho el mismo recorrido. No era usual que repitieran trayectos. Después de recorrer los primeros kilómetros, se detuvieron a descansar para después continuar camino. Ahí vieron unos bultos a lo lejos. Andrés precisó, a través de sus binoculares, que eran personas.

Discutieron algunos minutos si debían acercarse. Tenían miedo de que fueran “burreros” (como se les dice en Chile a los traficantes de droga), y que estuvieran armados.

Pero decidieron ir.

Al acercarse, observaron que había personas descalzas, otras con chancletas de plástico. No tenían implementos ni ropa adecuada para soportar el calor del día y el frío de la noche. Tenían las caras laceradas por el sol y la arena, y los labios partidos como cuando el suelo no recibe agua.

Inmediatamente dijeron “agua por favor”. Explicaron que eran venezolanos, que llevaban tres días tratando de cruzar el desierto. Los motociclistas se sorprendieron cuando vieron a “una guagüita”, una niña de meses en manos de una de las migrantes. El padre cubría a la pequeña con una manta para protegerla del sol. La madre dijo que su hija tenía diarrea. Los “motoqueros” sacaron agua, sales minerales, chocolates y mantas térmicas de sus mochilas.

Era un grupo de hombres y mujeres. Habían salido de Perú con la promesa de ser acompañados y guiados por coyotes, como se les llama a las personas que cruzan a migrantes por pasos clandestinos. Pero fueron abandonados. Una mujer contó que el día anterior había llamado a Carabineros de Arica, el grupo policial de una de las ciudades chilenas más cercana al desierto. Un funcionario le dijo que siguieran caminando, que no podían acceder hasta donde estaban, que se acercaran más para hacer el rescate.

“Hay otro grupo de venezolanos más allá”, dijeron los migrantes. Cuando los motoqueros preguntaron dónde, unos apuntaron hacia un lugar, otros hacia otro. “Arriba, arriba”, decían. Pero “arriba”, en una zona de alrededor de 130.000 kilómetros cuadrados, no les decía nada a los motociclistas.

  

Andrés Carevic había servido en el Ejército y se había retirado con el grado de mayor. Sabía que existía un punto de control militar en el desierto. Les dijo a sus compañeros que se quedaran mientras él iba a buscar ayuda. 

–No queremos que vengan militares –respondió uno de los venezolanos–. Nos van a deportar. Vamos a seguir caminando.

–Tú esperas acá –respondió Andrés en tono fuerte–. Y si quieres caminar, camina solo. Pero no arrastres al resto del grupo. Tú no sabes adónde te diriges, vas directo a la muerte.

El venezolano se quedó callado. Andrés encendió su moto y se fue hasta el punto de control del Ejército chileno. Discutió la situación con un teniente. Decidió llevárselo en la moto hasta el grupo de migrantes. Un cabo los siguió en un jeep. Cuando Andrés y el teniente llegaron, ningún venezolano se había ido. 

Andrés pensó que una vez que el Ejército tomara el control, el Team Tuareg seguiría su recorrido. Pero el teniente le dijo que había que esperar a que llegaran refuerzos. No tenían los vehículos requeridos para hacer el rescate. Andrés vio que el Ejército tenía un solo jeep con capacidad para cuatro personas, pero dos puestos eran ocupados por el conductor y un acompañante. En total sólo podían trasladar a dos personas.

Los vehículos tardarían demasiado en hacer la búsqueda y volver. Además tendrían limitaciones para acceder en algunas áreas: el Atacama no es sólo dunas, también tiene zonas que los motoqueros llaman quebradas: accidentes geográficos, partes hundidas de la tierra que están rodeadas de mesetas, rocas, pendientes y están repletas de arena y piedra.

Andrés sabía que los refuerzos iban a tardar por lo menos cinco horas, y que se emplearían cinco más para que el Ejército completara el rescate. Los migrantes habían dicho que el otro grupo de venezolanos estaba en peores condiciones, por lo que el team decidió que haría la búsqueda. Eran los únicos con los medios para efectuar el rescate: tenían experiencia en esos terrenos y motos de alto cilindraje. Se podían mover mejor en terrenos inestables que los militares en sus vehículos. Andrés dijo al teniente que se quedara en el lugar. “Cuando regrese”, repuso, “te traigo a las personas o te doy las coordenadas del sitio donde están”.

Y así partieron Andrés Carevic, Fuad Garrido, Freddy Lovera, Bastian Moreno, Rodrigo Barraza y su hijo de 15 años Ignacio Barraza, Miguel Torres, Sebastián Fernández, Pablo Bernar y Jorge Escudero, quien salía por primera vez con el equipo y realizaba por primera vez el recorrido. 


Pisadas que vieron los motociclistas el día del rescate | Fotos cortesía Team Tuareg
   

Se dividieron en grupos. Unos fueron por las “quebradas” y otros por los senderos de la planicie. Andrés le decía a su equipo que buscara “las huellas antiguas”, rastros más oscuros de caminos recorridos que les permitieran evitar las minas antipersonales. Hacia 1978, hubo un posible conflicto fronterizo y una de las medidas que tomó el general Augusto Pinochet fue minar la frontera del desierto. En 2012 hubo una tormenta inusual que desplazó las minas por el desierto. El Ejército ha realizado labores para removerlas, pero algunas quedaron tan enterradas que no han podido ser localizadas. Cientos de personas han fallecido por pisar alguna y otras han quedado lesionadas.

Mientras más camino recorrían los motoqueros, más se adentraban en quebradas profundas, donde la geografía es más accidentada y hay que tener mayor precaución. El camino es rocoso, estrecho y desnivelado.

El Team Tuareg recorrió por dos horas planicies y quebradas. En el camino encontraron rastros: ropa, zapatos, medias, bolsos. Andrés encontró restos de ropa quemada y le llamó la atención un conejito de peluche chamuscado. Siguiendo las “huellas antiguas” y las pisadas que iban desde una planicie hasta una quebrada, encontraron a un grupo de mujeres y hombres.

Andrés observó que una de las mujeres estaba pálida, tenía los ojos rojos y la cara hinchada. Vio que lloraba sin lágrimas por la deshidratación. Le dieron agua y vomitó. Ese día se le había agotado el medicamento para el asma. También ese día cumplía años. Andrés le cantó cumpleaños para animarla y algunos motoqueros le corearon. Los migrantes dijeron al team que había un tercer grupo de venezolanos perdido en el desierto.

Los motoqueros dejaron al grupo hidratándose y se apartaron un poco. Los querían trasladar, pero les preocupaba contagiarse. Los migrantes venían desde Perú, el segundo país del mundo con más muertes por covid-19 por cada 100 mil habitantes, pero también venían de Venezuela, pasando por varios cruces fronterizos ilegales. Venezuela, Chile y Perú mantienen sus fronteras cerradas para contener la propagación de covid-19.

Desde 2015, la migración venezolana fue creciendo hasta convertirse en crisis para Latinoamérica. Hasta el 5 de octubre de 2020, la ONU registraba una emigración histórica de casi 5 millones y medio de venezolanos. Según la OCHA, desde mediados de marzo hasta el 12 de octubre de 2020, más de 120 mil venezolanos han retornado por fronteras terrestres debido a la crisis económica que ha causado la pandemia en varios países. La mayoría ha regresado caminando desde el sur.

  

Primer grupo de venezolanos

Los motociclistas junto al segundo grupo de venezolanos

Rescate del tercer grupo

A pesar de los retornos, la emigración desde Venezuela continúa. Este año, el sueldo mínimo mensual en Venezuela llegó a menos de un dólar. La escasez de gasolina y gas se ha agudizado en todo el país desde marzo. Varios de los venezolanos perdidos en el desierto dijeron que salieron de Venezuela durante la pandemia. 

Chile ha sido uno de los principales destinos para la migración venezolana. Se estima que 472.827 venezolanos viven de forma legal en ese país. Varios del grupo de motoqueros tienen empleados venezolanos y han visto a muchos pedir dinero en las calles. Saben que en Venezuela hay problemas del servicio de electricidad y de agua potable.

Algunos de los motociclistas dijeron que podían ayudar con el traslado del equipaje, pero que tenían miedo de contagiarse. Decidieron quién haría los traslados valorando la capacidad y la experiencia de cada uno. No todos estaban entrenados para llevar a otra persona en la moto. Cuando contaron los puestos disponibles, notaron que faltaba uno. Un hombre se quedó acompañado por varios motoristas mientras llevaban a los migrantes. Andrés se comprometió a regresar a buscarlo.

El recorrido tomaría alrededor de 20 minutos. Los motoqueros se detuvieron varias veces para que los venezolanos descansaran sus piernas acalambradas. Las motos de Enduro Rally están diseñadas para una sola persona. Solo tienen un posapié para el piloto, por lo que el grupo de migrantes tuvo que ir con las piernas estiradas o dobladas durante el recorrido.

Dejaron al segundo grupo donde encontraron al primero. El Ejército los chequeaba y los iba trasladando a otro punto donde quedaban en manos de Carabineros de Arica. Andrés completó el rescate cuando trajo al hombre que se había rezagado. Ahora irían por el tercer grupo.

Eran aproximadamente las dos de la tarde. El calor era intenso con todo el equipamiento plástico que llevaban los pilotos encima: pecheras, coderas, rodilleras, guantes, cascos, todo encima de la ropa que llevaban puesta y el peso adicional de una mochila. Algunos preferían empaparse de sudor antes que quitarse el casco. Sin mascarilla, era la única manera de prevenir un posible contagio.

Emprendieron la búsqueda del tercer grupo. No querían gastar el agua que les quedaba anticipando la sed del próximo grupo. Siguieron el mismo plan: buscaron las huellas antiguas, pasaron quebrada por planicie, planicie por quebrada.

Durante la búsqueda, observaron que un adolescente subía un cerro como si fuera un montañista. Daba pasos lentos y descansaba. Se acercaron a la cresta del cerro y bajaron las colinas estratégicamente: echaban sus cuerpos hacia atrás para que la parte trasera de la moto recibiera el peso y la parte delantera no se enterrara en el suelo desértico.

El adolescente agradeció por el agua y dijo que su familia estaba abajo. Dos pilotos siguieron hacia la quebrada y el resto del team los siguió. Andrés dijo al adolescente que regresara donde estaba su familia. La bajada sería menos agotadora que la subida. Si continuaba, le tomaría alrededor de una hora llegar hasta la planicie.

Cuando llegaron donde estaba la familia, encontraron un grupo de mujeres sentadas con niños. Estaban “como entregadas”. Permanecían detrás de una enorme roca, buscando resguardo del sol. Tenían las caras enrojecidas. Llevaban una maleta de aeropuerto, imposible de rodar en las dunas y la rocosidad del Atacama. El Team Tuareg les dio agua, chocolates y protector solar. Una mujer contó que en las noches se abrigaban entre ellos y quemaban ropa para buscar calor. El fuego duró pocos minutos encendido.

La quebrada donde estaban era muy escarpada y tenía muchas rocas. Algunos de los pilotos del Team Tuareg han sufrido caídas y la dificultad era mayor si transportaban a una persona. Una caída podía fracturar o matar a alguien. Debían encontrar los caminos para subir. Cuando los venezolanos se montaron en las motos, había un niño que se iba quedando dormido. Ignacio Barraza, de 15 años, el menor del team, asumió la responsabilidad de llevarlo.

Fuente: Coordenadas y datos Andrés Carevic

Recorrieron varios kilómetros con el riesgo de toparse con alguna mina antipersonal. Buscaron salidas a la planicie. Había lugares tan empinados que los pilotos debían subir con la moto, luego bajar caminando y volver a subir con las personas. Andrés vio cómo una mujer se desplomó mientras daba unos pasos. La levantó y la ayudó a llegar hasta la moto. Repitieron la maniobra en varios puntos de la quebrada hasta que salieron a la planicie.

Durante el camino, el niño que se iba quedando dormido no espabilaba. Iba sentado delante de Ignacio, en el manillar de la moto. En el recorrido se iba de lado. Ignacio lo apretaba con las piernas y lo trancaba con los brazos. Tuvieron que detenerse varias veces para despertarlo. El grupo de venezolanos aprovechaba para descansar las piernas acalambradas. Se detuvieron unas tres veces durante media hora hasta que llegaron al primer punto, donde había permanecido el Ejército esperando.

Al final del día de ese 14 de septiembre, 23 venezolanos, 18 adultos y cinco niños, fueron rescatados por un grupo de motorizados que a última hora decidió ir a un trayecto que no planeaba recorrer de nuevo.

“Nunca en mi experiencia habíamos repetido rutas, a nadie le gusta”, contó Andrés. “Solo ese día, quizá por el sistema de cuarentena de la ciudad. Hay controles militares y de salud. Y para ir a Frontera solo debemos cruzar un río y caemos al desierto, fuera de cualquier control”.

Andrés vio que el Ejército ordenaba al último grupo de los venezolanos que abrieran sus bolsos. Les revisaban el celular y les preguntaban, “con trato fuerte, trato militar”, con quién habían mantenido comunicación.

–Ey, por favor –escuchó Andrés de uno de los motoqueros, “como diciéndole a los militares que trataran mejor al grupo de migrantes”.

Andrés le respondió:

–Déjalos que hagan su trabajo. Ya nosotros hicimos lo nuestro. Vámonos mejor porque quedaron en manos del Ejército. 

* * * 

Luego del rescate, los venezolanos fueron trasladados a unas residencias sanitarias donde cumplieron cuarentena. Al grupo de motoqueros le hicieron pruebas rápidas y dieron negativo. Se contactó a algunos de los migrantes y ninguno quiso hablar para contar su testimonio. “No quiero revivir esos momentos”, dijo una mujer. Dos semanas después del rescate, el subsecretario de Interior de Chile, Juan Francisco Galli, declaró: “Aquellas personas que ingresan a Chile clandestinamente, por pasos no habilitados sin hacer control migratorio, cometen un delito y además van a ser objeto de un proceso de expulsión”.

Cuando Andrés regresó a su casa aquel día, no contó nada del rescate. Supo que algunos de sus compañeros lloraron con sus familias. La esposa de Andrés se enteró de la noticia cuando vio la reseña en los medios chilenos. Sorprendida, le preguntó por qué no le había contado. Andrés, que es un hombre de mucho hablar, respondió con pocas palabras:

–Es que quedé muy impactado.

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