Las grandes limitantes económicas y de trabajo que enfrentan los empresarios no permiten generar incentivos a los empleados, por lo que la informalidad termina siendo la única alternativa para quienes quedaron sin trabajo durante la cuarentena.

@g8che 

Luego de la ya grave crisis provocada por la progresiva paralización de las empresas básicas y la caída de la mediana industria, la pandemia arrasó con lo que quedaba del empleo formal en Guayana. Aunque los efectos de la COVID-19 son globales, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estimó en septiembre la pérdida de 34 millones de empleos, en Venezuela esto es solo un elemento más al cierre de empresas que comenzó en 1998.

La paralización y la hiperinflación, una de las máximas expresiones de la distorsión de la economía venezolana, ha generado la migración de trabajadores a mercados informales, sin seguridad social ni beneficios de ley porque, en la práctica, la Ley Orgánica del Trabajo ha quedado sin efecto. Tanto empleados como pequeños comerciantes han buscado otras alternativas de ingreso en las calles de Ciudad Guayana, considerada en el siglo XX la alternativa no petrolera de Venezuela.

   
Camcaroní estimaba para finales de julio que al menos el 30% de sus afiliados habían cerrado sus puertas desde marzo dejando a sus empleados sin ingresos | Fotos William Urdaneta

Christopher López tenía ocho años con su local de ropa en el Pasaje Park de San Félix, un pasillo de locales que años atrás era importante para el sector comercial. La paralización por la pandemia y el costo del alquiler de 150 dólares mensuales lo obligó a cerrar su establecimiento con el que tenía casi una década, y transformar su tienda a un toldo al centro de San Félix, a escasos metros de la Plaza Bolívar.

En plena calle, bajo sol y lluvia, vende leggins, ropa deportiva y calzado de dama. Cambió la comodidad de la tienda por una nueva rutina: recoger y trasladar todos los días la mercancía hasta su casa en carrucha.

López viene trabajando en el centro de San Félix desde mayo y no cree que luego de la pandemia pueda volver a su local dado las limitantes de las ventas, los problemas de hiperinflación y los altos costos de alquileres. “De 2017 para acá yo tuve que agarrar dinero de 10 años de trabajo para reponerme (...) la situación se puso crítica”, expresó.

Se siente impotente porque la incomodidad de la calle le ha mermado las ventas. “Una persona que viene a comprar un pantalón se lo quiere medir y aquí no puede (...) en un local es distinto porque tienes tus vestidores”, relató.

Estima que de las 20 docenas de pieza que vendía anteriormente, ahora solo vende dos docenas. La necesidad de ingresos lo obliga a trabajar incluso en los miércoles de parada por cuarentena en los que la Alcaldía de Caroní prohíbe la venta informal, pero permite y promueve grandes aglomeraciones como la que hizo la CVG el martes en la redoma de CVG Bauxilum para el encendido del arbolito.

Por necesidad

“Vine a trabajar aquí por necesidad”, dice Ronniel Pérez, un joven de 18 años, vendedor de huevos que empezó con el negocio en el centro de San Félix hace dos meses, durante la pandemia.

Año y medio atrás se dedicaba a practicar boxeo. Su papá era la única entrada de dinero en su casa trabajando como albañil, pero desde marzo los trabajos de construcción se han reducido y con ello el dinero para comprar comida.

Intentó conseguir trabajo en una panadería y una carnicería, pero nunca fue llamado. El aumento del dólar desde principios de noviembre ha hecho más cuesta arriba lograr ganancias para mejorar la situación económica en su casa. “Sin decirte mentiras, esta semana no me quedó nada de ganancia”, expresó.

Las ventas permiten comprar de a poco, un paquete de harina precocida, arroz o pasta, pero no siempre se puede: “Hoy más bien quedamos debiendo”. Pérez quisiera un trabajo que le permita alimentarse porque, palabras más, palabras menos: “hay días que uno se acuesta sin comer”.

El trabajo formal no era opción

Los restaurantes y bares fueron uno de los principales paralizados por la pandemia por las probabilidades altas de contagio. Felipe Capozzolo, presidente del Consejo Nacional del Comercio y los Servicios estimaba para agosto que 40% de sus agremiados estaban migrando a sectores informales o cambiando de rama. La consecuencia es una reducción de la oferta de empleo y las oportunidades del mercado.

   
El Consejo Nacional del Comercio y los Servicios estimaba para agosto que 40% de sus agremiados estaban migrando a sectores informales o cambiando de rama

Yoelis Forte recién estaba firmando un contrato como mesonera de un restaurante de Puerto Ordaz cuando llegó la pandemia y cerraron. Luego de esto tuvo que buscar trabajo en el mercado de Unare para recuperar ingresos.

Para ella no era opción intentar buscar un empleo formal por los impedimentos que tenían estos para operar. “Muchos locales cerraron por la pandemia, otros se fueron a pique y era muy difícil conseguir uno así”, dijo.

Ahora trabaja vendiendo embutidos, gana 10 dólares semanales (40 veces más que en su antiguo trabajo) y trata de ahorrar para montar su propia bodega. Señaló que la entrada es superior que en un restaurante donde ganaba apenas salario mínimo más propina. Aquí debe hacer un sacrificio mayor: suele almorzar prácticamente a las 5:00 de la tarde y debe exponerse por largas horas al sol, una característica del trabajo precario pero que, en medio de las distorsiones en Venezuela, suena como la panacea del emprendimiento.

Para Forte no es factible volver a trabajar para otro empleador, por lo que quiere terminar de ahorrar para abastecer un poco más su bodega. “Limitarme a trabajar para otro sabiendo que ya estoy a un paso de lograr mi objetivo me parece dar un poco de marcha atrás”, indicó.

Mejores ingresos

La informalidad, aunque disminuye los ingresos para unos, genera mayor retribución económica para otros en medio de la falta de incentivos y el declive de la pequeña empresa. Edwin López, técnico de teléfonos, quedó desempleado luego de que el local donde laboraba bajara las santamarías por la pandemia.

Ahora emprendió con un puesto de reparación de celulares cercano a los bloques de Unare, a pocos metros del mercado. “Esto me obligó a buscar la manera de montar el puesto (...) porque uno vive el día a día, un día que yo no labore es un día que dejó de producir”, relató.

López tiene tres hijos pequeños. Cuando se quedó sin empleo, su alivio era el dinero ahorrado y los equipos para empezar por sí solo a reparar celulares en el centro de compras. Consiguió un puesto en plena acera y puso una mesa y una lona para cubrirse del sol, pese a las condiciones de trabajo, prefiere continuar en el mercado.

“Trabajando aquí me va mucho mejor que laborando en un local”, contó. Mientras en el establecimiento hacía de dos a tres reparaciones diarias, ahora hace de cinco a seis lo que le pueden generar de 20 a 60 dólares. “Por el simple hecho de estar al aire libre, hay más gente”.

López señaló que no le gustaría volver a trabajar para alguien más, pero tampoco quedarse laborando bajo esas condiciones. Piensa que por afluencia de personas y comprando más equipos podría establecer un local formal en las inmediaciones del mercado.

Informalidad disparada

En Venezuela nunca ha habido políticas para reducir los índices de informalidad, dado que los requisitos y exigencias legales dificultan acceder a la formalidad, sostiene el especialista en relaciones laborales y profesor de la Universidad de Carabobo, Héctor Lucena.

Según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) de la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar, antes de la pandemia un 45% de los venezolanos trabajaba por cuenta propia. Para 2016 este porcentaje era de 38%. En Bolívar la cifra asciende a 47%, casi cinco de cada 10 personas activas.

Lucena considera que el deterioro laboral es “extremo”. “En este momento puede ser de 60%”, afirmó.

   
Además de las pésimas condiciones de trabajo, los vendedores informales se enfrentan a los atropellos de funcionarios y decomisos de mercancías

Caroní, que tiempo atrás representó una alternativa de trabajo decente, cerró 2019 con índices de 43% de personas trabajando por su propia cuenta, según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi). Parte de esto también por la migración de trabajadores de las empresas básicas a mercados informales y a las minas al sur de Bolívar donde los porcentajes son más altos: El Callao (58%) y Sifontes (79%).

En agosto de este año Adán Celis, presidente de la Confederación Venezolana de Industriales (Conindustria), estimaba que de continuar la pandemia y no tomarse medidas de apertura unas 800 empresas, un 60% del sector industrial podría cerrar sus puertas. En ese entonces advertía que se podían perder unos 3 millones de empleos.

“Si la economía no produce empleos formales, la gente busca cómo resolver, cómo llevar ingresos a su casa”, señaló Lucena, quien apunta a considera que el incremento de la informalidad se debe a un problema de modelo económico. “No tiene un sistema que permita generar empleos productivos que sean sustentables”.

Dio como ejemplo la prohibición de despidos por parte del gobierno, la cual señala, solo genera ineficiencia e improductividad en las empresas. “Cuando son privadas cierran y cuando son públicas se mantienen más bien como una carga para la nación, por tener empleos que no son sustentables”, explicó.

Para el especialista trabajar en informalidad da mejores ingresos porque no hay cargas sociales y pagos como vacaciones, bonos y reposos. “Te dan una cantidad de cosas que no se ven en el día a día pero que son costos. La informalidad no genera estabilidad, la informalidad es el día a día”, advirtió.

Para el especialista se debe proteger las compañías, garantizar facilidades para producir, habilitar créditos, dar incentivos y no confiscar empresas para generar confianza y así ir generando mejores condiciones en el área formal que permitan reducir los alarmantes índices de informalidad.

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