El entomólogo y coordinador del Centro de Investigación de Campo Dr. Francesco Vitanza en Tumeremo, Jorge Moreno, evalúa positivo el impacto de diversas organizaciones internacionales al sur del país para el control de la epidemia de malaria. Sin embargo, asegura que “el mal ya está hecho” y esta estrategia debe replicarse, y perfeccionarse en el resto del país con la recuperación de la Dirección General de Malariología.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) reportó una reducción de 2,5% de casos de malaria en el estado Bolívar durante las primeras 41 semanas de 2019, en comparación con 2018. Es una tendencia que parece mantenerse, incluso hasta 2020, en los municipios mineros del sur de la entidad, asegura el entomólogo Jorge Moreno, docente e investigador del Instituto de Altos Estudios Arnoldo Gabaldón y coordinador del Centro de Investigación de Campo Dr. Francesco Vitanza, en Tumeremo, municipio Sifontes.

Los números son el resultado del trabajo mancomunado: la asistencia de la OPS y Rotary Internacional, y la incorporación del Comité Internacional Cruz Roja (CICR) y Médicos Sin Fronteras (MSF) en febrero de 2019, una experiencia que, según Moreno, será necesario replicar para atender los focos de malaria que se multiplicaron en el estado Bolívar, y en el país, tras casi dos décadas de desatención.

MSF, el Ministerio de Salud y la cooperación técnica de la OPS intervinieron en febrero de 2019 la zona minera de Las Claritas, en el kilómetro 88 de la troncal 10 que comunica con Brasil, y el foco más caliente históricamente de malaria en el país. En El Callao se concentra el plan de intervención conjunta con el CICR.

Se perdió la filosofía, el norte, la forma de trabajo y muchos lugares de esos fueron desmantelados (…) se perdió la infraestructura, se perdió el recurso técnico, se perdió la experticia y ahora nadie sabe qué hacer”.      

El problema es que “hay brotes nuevos por todas partes y realmente están desatendidos. La malaria bajó aquí en Bolívar, en el sur, pero se incrementó en el resto del país”, indicó el investigador, quien tiene más de 30 años trabajando de cerca en los programas de malariología que hicieron famosa a Venezuela en el siglo pasado. “Yo creo que si seguimos como vamos a controlar la malaria en los municipios del sur, en el resto del país no te podría decir: la cosa no pinta bien”.

Aunque Bolívar, y específicamente en el municipio Sifontes -Las Claritas- siempre fue un foco caliente de malaria, la migración y la propaganda del proyecto extractivista del Arco Minero del Orinoco provocaron una expansión desordenada de la actividad. Para el investigador controlar la transmisión en las minas es una forma de regular la enfermedad y mejorar las expectativas, pero ya la epidemia requiere más esfuerzos: “Ya el daño está hecho porque ya se prendieron otros focos endémicos”.

Ya en 2018 el crecimiento de la epidemia era inocultable: la malaria ya estaba en los estados Amazonas, Anzoátegui, Apure, Aragua, Delta Amacuro, Guárico, Miranda, Monagas, Portuguesa, Sucre, Táchira, Trujillo y Zulia, en las últimas cifras de 2016 registradas por el Plan maestro para el fortalecimiento de la respuesta al VIH, la tuberculosis y la malaria en la República Bolivariana de Venezuela desde una perspectiva de salud pública, elaborado por el Ministerio para la Salud, la Organización Mundial de la Salud, la Organización Panamericana de la Salud y ONU Sida.

Ahora se requiere replicar la experiencia, pero el Ministerio de Salud y Malariología no tienen capacidad para atender la crisis por sí sola, ni hacer la vigilancia epidemiológica ni el control de vectores. A pesar de los avances, la epidemia está lejos de ser resuelta en todo el mapa nacional.

La única ayuda

La malaria o paludismo, como se le conoce en Venezuela, es una enfermedad causada por el parásito Plasmodium, que se transmite por la picadura del mosquito Anopheles y hay dos tipos: Plasmodium vivax que representa un 70% y P. falciparum el 30% restante de los casos registrados, siendo este último el más fatal si no es tratado a tiempo.

La Organización Mundial de la Salud, en su informe de 2019, evidenció que Venezuela representó un 51% de los casos de paludismo en la región, con una cifra de 404.924 personas afectadas y 257 muertes tan solo en 2018; también se reportó un aumento del 209% de los casos entre 2015 y 2018.

La reducción de las cifras es un alivio parcial para el equipo que durante los últimos años ha estado trabajando al sur del país, casi sin implementos, para intentar monitorear la epidemia. “A comienzos y mediados del año pasado llegaban de 80 a 120 personas todos los días, de lunes a domingo, ahorita están llegando 10 ó 5”, dijo Moreno en entrevista con Correo del Caroní.

Antes “al no darse el tratamiento completo la gente no se curaba. Había muchas recaídas, y eso aumentaba el flujo de personas”. La cooperación técnica en el suministro del tratamiento en los municipios mineros ha influido en la reducción del número de casos: se trata de la aplicación de parte de la estrategia mundial para la erradicación del paludismo. Eso y la entrada de miles de mosquiteros con insecticidas por parte del Rotary Internacional han marcado la diferencia.

El comité de la Cruz Roja en El Callao ha intervenido junto a la OPS en el entrenamiento del personal de laboratorio, capacitaciones para el manejo de las pruebas de diagnóstico rápido y también el desarrollo de campañas de promoción para prevención de enfermedades en la comunidad.

El apoyo de las organizaciones también ha incluido el soporte al personal técnico. “El material humano hay que mantenerlo porque la realidad social y económica afecta incluso a los trabajadores: médicos, técnicos y demás especialistas”, dijo al señalar que estas instituciones han sido fundamentales para preservar el personal.

Solución total lejana

     

Jorge Moreno, coordinador del centro Francesco Vitanza, en Tumeremo, municipio Sifontes: “Se perdió la filosofía, el norte, la forma de trabajo y muchos lugares de esos fueron desmantelados” | Foto Clavel Rangel

El reto, sin embargo, sigue por delante: recuperar la división de Malariología en todo el país (abandonada progresivamente desde hace 15 años), reacondicionar el área de investigación y control de los brotes endémicos. Lo que ha pasado, insiste Moreno, es lo que tanto se había advertido: “Hay mosquitos vectores de malaria que pueden recibir a una persona enferma, picarla e instaurar un brote nuevo en una zona donde no había”, por la propensión de más del 80% del territorio para la vida del Anopheles. “Basta con que llegue tan solo una persona infectada para que se arme un nuevo brote”.

Para controlar y evitar esto se realizaba vigilancia de forma activa y pasiva, los visitadores, entrenados durante 4 meses, iban casa por casa buscando personas con algunos síntomas para el examen y aplicación de tratamiento, una política que fue relajada y descontinuada.

Al bajar casi en su totalidad el paludismo se restaron los recursos a Malariología: “está prácticamente abandonada en el resto del país porque no hay incentivos, no hay insumos, no hay vehículos, la gente se ha ido”. Esta división tenía independencia administrativa, pero al pasar a formar parte de los institutos de salud se dejó de entender su importancia: “Se perdió la filosofía, el norte, la forma de trabajo y muchos lugares de esos fueron desmantelados (…) se perdió la infraestructura, se perdió el recurso técnico, se perdió la experticia y ahora nadie sabe qué hacer”.

De acuerdo con el entomólogo, para la recuperación del departamento se requiere inversión en capital humano especializado: Malariología, médicos especialistas en malaria o epidemiología, técnicos e inspectores, microscopistas.

Malaria desapercibida

Una preocupación latente es qué hacer con el alto porcentaje de pacientes palúdicos inmunes, es decir, de quienes son portadores y transmisores de la enfermedad pero que nunca la desarrollan. Moreno calcula que entre 30 y 40% es el porcentaje de infectados sin presentar clínica en las minas del sur. “En las zonas donde la malaria es endémica, las personas pueden adquirir una inmunidad parcial, lo que posibilita la aparición de infecciones asintomáticas”, indica la OMS en su descripción del caso.

Tratar esta situación es complicado para el investigador Moreno. “Estos casos asintomáticos son los más peligrosos, porque como no se sienten enfermos no buscan tratamiento y andan repartiendo malaria por todas partes. Esos casos son más altos de lo que esperamos”. Colegas coinciden en atacar a esta población con distribución masiva de medicamentos. “En las zonas endémicas tú lo que tienes que hacer es darle tratamiento a todo el mundo”, pero para esto se requiere un consenso del Ministerio de Salud y una estrategia clara.

La OMS por su parte recomienda, antes de administrar el tratamiento, la confirmación del diagnóstico con métodos parasitológicos, por pruebas de microscopía o de diagnóstico rápido.

Mientras tanto

La Organización Panamericana de la Salud en su último informe de 2020, a propósito de la erradicación del sarampión, denunció las precariedades de salud y la falta de medicamentos en la que siguen sometidos los venezolanos: “la capacidad disminuida del sistema de salud para responder a las necesidades prioritarias de la población, el acceso limitado a medicamentos, a una nutrición adecuada y a servicios adecuados para las personas con enfermedades agudas y crónicas que pueden ser mortales”.

La Sociedad Venezolana de Salud Pública, Red Defendamos la Epidemiología Nacional cuestionó en enero de este año la poca atención que le dedica el Informe Mundial de Malaria, 2019, de la Organización Mundial de la Salud a la grave epidemia de malaria en Venezuela, a pesar del incremento en el número de casos: reportó 17 estados en el que habitantes sufrían la enfermedad y resaltó como de los 144 focos que había en 2016 se aumentó a 398 en todo el país durante 2018.

Hay brotes nuevos por todas partes y realmente están desatendidos. La  malaria bajó aquí en Bolívar, en el sur, pero se incrementó en el resto del país”.      

Para el entomólogo, en el país la cosa no pinta bien, comenta que la falta de financiamiento -sumada a la nula acción del Estado- tan solo permite activar medidas apagafuegos en algunos sectores y esto debido a la acción de organizaciones médicas internacionales. Según Moreno, aún falta mucho para garantizar el control total de la malaria.

A pesar que se han aplicado medidas en la zona sur de Bolívar, ya habitantes de zonas rurales y urbanizaciones de San Félix corren diariamente a los centros asistencias en busca de tratamiento para la malaria, los brotes en sectores como Francisca Duarte, Caruachi y El Pao han crecido.

Venezuela logró ser el país que pasó de 10 mil muertes anuales por paludismo en los años 30, a la reducción de tan solo 911 casos para 1959, describe el medio Prodavinci en este especial multimedia. El equipo de Arnaldo Gabaldón fue el primero en combatir la malaria con insecticidas de acción residual y las cuadrillas móviles, dado esto la Organización Mundial de la Salud (OMS) premió a Venezuela en 1961 por ser un país emblema en la eliminación de esta epidemia. Para 1962 ningún venezolano moría por malaria.

Para Jorge Moreno las posibilidades más cercanas son las de repetir el libro de Miguel Otero Silva: “Podemos volver a tener de nuevos otras casas muertas”.

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