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Rafael Marrón González
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El Libertador llegó a la Quinta de San Pedro Alejandrino, propiedad de Don Joaquín de Mier y Benítez, el seis de diciembre de 1830, aspiraba pasar unos días recuperándose de sus malestares para continuar viaje a Europa, quizá a Roma donde por voluntad del gobierno boliviano, presidido por el general Santa Cruz, desempeñaría el cargo de Ministro Plenipotenciario. Pero pasan los días y la incertidumbre se apodera de su genio. Casi siempre está de mal humor. Antes de postrarse, pasa largas horas sentado bajo la sombra del frondoso tamarindo de la hacienda, dibujando abstracciones en el suelo con una delgada vara, como plasmando sus pensamientos. Un día Don Joaquín se acerca solícito, el Libertador al sentir los pasos levanta la cabeza, y agobiado de pesar le dice: “Amigo De Mier, Jesucristo, Don Quijote y yo, hemos sido los más grandes majaderos de este mundo”. Y fue, ese español, Joaquín de Mier, uno de los grandes amigos de El Libertador, así lo haya conocido pocos días antes de su muerte, porque tuvo la grandeza de serlo en su desgracia, cuando ya no podía conceder honores, y fue, Don Joaquín quien cerró los ojos al ilustre muerto...
La mazamorra de Fernanda El estado del enfermo venía agravándose paulatinamente y se aceleró a partir del día doce de diciembre su única alimentación había consistido en una mazamorra de sagú con vino, “clariiita”, según refería su fiel cocinera quiteña Fernanda Barriga, que pertenecía a la familia de Manuela Sáenz y lo acompañaba desde 1828. El último tazón se lo llevó el 16 a las seis de la mañana, Bolívar al verla la rechaza: “¡Si vuelves con tu mazamorra, te llamaré Fernanda Séptima!”. Y hubo en el reclamo un tierno matiz de agradecimiento para su humilde devota, que muchos años después, ya muy anciana, con ingenua vanidad solía referir: “Su Excelencia estaba muy amañado con mi sazón”, y miraba al cielo, como buscando su asentimiento.
Confesión e irreverencia Bolívar se muere en una sofocante habitación mal ventilada y pobremente amoblada, ya había puesto su alma en paz con la bendición del “...humilde cura de Mamatoco, Hermenegildo Barranco, que oyó su confesión y le suministró la comunión, asistido por sus acólitos y unos pobres indígenas” (Próspero Reverend). El cura había entrado a la habitación del gran hombre con sus ayudantes portando el Santísimo y velas encendidas, el Libertador, con un ademán imperioso, les espetó: “Saquen esas luminarias que esto parece procesión de ánimas”. La gente salió llorando.
| A la una y media de la tarde del 17 de diciembre de 1830, el Comandante General del Magdalena, desde el Cuartel General de Santa Marta, mediante oficio Nº 55, notifica al Prefecto del Departamento la muerte de Bolívar: “El Excmo. Sr. Simón Bolívar ha pagado hoy a la naturaleza el precioso tributo de su importante vida, y Colombia acaba de perder para siempre a su libertador… a su Padre… a su mejor y más Ilustre Ciudadano. Con profundo dolor de mi corazón, tengo que ser el órgano de tan infausta nueva, acompañando a V.S. copia certificada de los últimos boletines recibidos en el Estado Mayor desde las nueve de la noche de ayer hasta la una de la tarde en que expiró S.E. Dios guarde a V.S.”. |
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Entra en fase agónica y delira La noche del 16 de diciembre la pasó el Libertador en fase agónica, Reverend a su lado le tomaba el pulso y a intervalos dormitaba. Noche larga la última, como larga la agonía, el silencio apenas turbado por la apagada sincronía de la gota de agua que del filtro de piedra se desprende con la respiración entrecortada del enfermo. El viernes 17 amanece, cargado de presagios. A las 7 de la mañana, el doctor Próspero Reverend emite su boletín Nº 32 sobre el estado del Libertador: “Todos los síntomas están llegando al último grado de intensidad: el pulso está en el mayor decaimiento: el facies (el rostro) está más hipocrático (perfil moribundo) que antes: en fin, la muerte está próxima. Frotaciones estimulantes, cordiales y sagú. Los vejigatorios han purgado muy poco”. Con el sol desperezándose llega el general Montilla, el negro José Palacios ya está en la alcoba, el doctor Reverend sale a recibirlo: - ¿Cómo sigue Su Excelencia? - Mal, creo que no pasará de hoy. Y personalmente toma el caballo del Libertador y parte en busca del Obispo. Montilla se queda velando con José al pie del lecho. El enfermo respira penosamente y delira: “¡Vámonos... vámonos... esta gente no nos quiere... Vamos José, lleva mi equipaje a la fragata... ¡¿Cómo saldré de este laberinto?!...”. El rudo militar y el negro fiel se miran, tratan de contener las lágrimas. Vuelve Reverend sin el Obispo, que se reportó enfermo, o quizá no quiso acudir porque se sentía todavía molesto por el airado reclamo recibido del Estado Mayor al capturar en el Palacio Arzobispal, donde se mantenía escondido, a Ezequiel Rojas, uno de los conjurados para asesinar al Libertador la noche del 25 de septiembre de 1828. Pero en realidad la presencia del Obispo no era relevante. Para las diez de la mañana ya en la hacienda están sus pocos amigos, militares y paisanos fieles hasta el último instante, formando pequeños grupos que conversan en voz baja bajo los frondosos árboles o mantienen abstraído silencio en la sala contigua al cuarto del moribundo. Sumidos en el ambiente de tristeza que humedece la estancia, se encuentran su sobrino Fernando Bolívar Tinoco, quien expresara: “He quedado huérfano por segunda vez”. El fiel José Palacios, Mariano Montilla, José Laurencio Silva -con una camisa suya fue vestido el cadáver, para que el Libertador de cinco naciones no fuera enterrado en harapos. José María Carreño, José de la Cruz Paredes, Miguel Zagarzazú -héroe de la batalla de San Félix. Trinidad Portocarrero, Andrés Ibarra, Belford Wilson -tal fue la entrega de este oficial británico a la causa de Bolívar, que al morir éste, se enfermó gravemente. En su testamento, en la Cláusula 12, dice el Libertador: “Mando que mis albaceas den las gracias al señor General Sir Robert Wilson por el buen comportamiento de su hijo, mi Edecán, el Coronel Belford Wilson, que tan fielmente me ha acompañado hasta los últimos momentos de mi vida”. Luis Perú de Lacroix, Ignacio Luque, comandante Centeno, Juan Glen, José Sardá, Lucas Menéndez, José María Molina, Julián Infante y Pedro Rodríguez. Alguna viril voz, ronca de arengar en cien combates, suena estrangulada. Reverend los llama: - Señores, sí queréis presenciar los últimos momentos y postrer aliento del Libertador, ya es tiempo. Es la una de la tarde. En el noble rostro se perfila la paz. Ya no hay dolor ni sufrimiento. El reloj en la pared sigue su curso indiferente, pasan siete minutos de estupor, Montilla lo mira y con rabia le arranca el péndulo: ¡El Libertador ha muerto, tú no andarás más! Y comenzó la eternidad para “...uno de los más grandes héroes en que ha encarnado el alma inmortal de la Hispania máxima, miembro espiritual sin el que la humanidad quedaría incompleta”, como expresara Miguel de Unamuno, en el centenario de su nacimiento. Tenía cuarenta y siete años, cuatro meses, veintidós días y trece horas de haber visto luz en la aldeana Caracas un 24 de julio de 1783.
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| El Secretario de la Comandancia general del Magdalena, que se identifica como V.A. Cepeda, relata, el 24 de Diciembre, los últimos honores realizados al Libertador: “… Inmediatamente de conocerse la infausta noticia, se hizo por la fortaleza del Morro la señal de tres cañonazos, y ésta fue sucedida por uno cada media hora hasta que se sepultó el cadáver, como parte de los honores fúnebres que manda la ordenanza en estos casos. Verificado por el facultativo el reconocimiento del cadáver de S.E. se le trasladó a la ciudad como a las ocho de la noche, y se depositó en la casa de Aduana que estaba preparada de antemano. Allí se le embalsamó y colocado después en la sala principal del edificio con el aparato fúnebre, si no correspondiente a tan distinguido personaje, al menos proporcionado a los recursos del país, quedó expuesto al público que anhelaba por conocerle y admirarle. Un concurso numeroso de todas clases y sexos ocupaba frecuentemente la casa de día y de noche, y no había uno que no lamentase la muerte prematura del Héroe. (…) Fijado el día 20 para dar sepultura al cadáver, se ejecutó en el orden siguiente: Tendida en ala la milicia de la ciudad por la calles por donde debía pasar el entierro, y puesta sobre las armas la guardia de S.E., comenzó la procesión a las cinco de la tarde precedida por los caballos del difunto General con caparazones negro llevando sobre ellos las iniciales del nombre de S.E. (…) y en seguida el cadáver del LIBERTADOR vestido con sus insignias militares y conducido por dos Generales, dos Coroneles y dos primeros Comandantes. Detrás del cadáver, el Comandante general del Departamento, el Comandante de armas de la plaza y sus respectivos Estados Mayores, luego la guardia de S.E. compuesta también de otra compañía del Batallón Pichincha con bandera arrollada y armas a la funerala, y después de ella los Oficiales no empleados, y Magistrados y ciudadanos de Santa Marta, presidiendo a estos el Gobernador de la provincia, quien llevaba a su derecha uno de los albaceas del difunto General. Desde la casa en que estaba depositado el cadáver de S.E. hasta la puerta de la catedral, recibió todos los honores que la ordenanza señala a los Capitanes Generales de ejército. (…) Un silencio religioso y un sentimiento profundo se notaban en el semblante de todos los que presenciaban la triste ceremonia del entierro del LIBERTADOR de Colombia, y las músicas sordas de los cuerpos, junto con el lúgubre tañido de la campanas parroquiales, y el canto fúnebre de los sacerdotes de la religión, hacían más melancólico el deber de dar sepultura al Padre de la Patria. Llegado en fin, el entierro a la Santa Iglesia catedral, se colocó el cadáver en un túmulo suntuosamente vestido, y allí tuvieron lugar los últimos oficios fúnebres. |
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