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Hoy la memoria le falla, al punto de no saber en qué año está viviendo; sin embargo, Agustín Vera logra entresacar de su extenso anecdotario muchas de las experiencias que vivió luego de haber trabajado, durante décadas como cocinero en Canaima. Con esta entrevista continúa el seriado de conversaciones con personajes emblemáticos de ese parque nacional, como conmemoración de sus 50 años.
Natalie García Foto William Urdaneta
Tiene más de 50 años en Canaima. Llegó allí porque su esposa pemona lo llevó y desde entonces pocas veces salió. Durante cuatro décadas trabajó como cocinero en los campamentos turísticos, primero con Avensa y luego con Hoturvensa. En la actualidad, Agustín Vera pasa el día sentado bajo los árboles de mango en su casa del poblado indígena.
Este cocinero primero se dedicó a la minería. Trabajó en El Manteco, en Ikabarú, en Urimán, en La Estrella y en muchos otros yacimientos. Fue en La Estrella donde conoció a su esposa.
“La abuela de ella me la dio, me dijo: ‘cásate con ella’. De allí nos casamos y nos fuimos a Bocón (otra mina), agarramos una avioneta y nos fuimos. Ella es de aquí (Canaima), ella fue la que me trajo (risas) a donde su papá. Nos casamos por la iglesia, por civil y bueno ahora tenemos nietos”, relata.
Desde que llegó a Canaima son pocas las veces que Vera ha salido de este mágico lugar, y aunque la mente le falla y no precisa las fechas o el año en el que vive, hace esfuerzos para rememorar.
“Eso es lo que me embroma, no acordarme del año en el que vivo”. Sin embargo, Vera tuvo una interesante vida marcada por las artes culinarias, que le hicieron olvidarse del oro y los diamantes.
“Yo quería aprender y me contrataron para la cocina. Allí me metí y me enseñaron lo que sé. Primero fueron los húngaros, ellos se fueron y me quedé con Hoturvensa. Estuve trabajando 40 años como cocinero, después de que se fueron, todo cambió”, dice.
NOSTALGIA Vera fue un hombre carismático y alegre. Supo ganarse el cariño de la gente, tanto así que los pilotos de la aerolínea Avensa comían con él en la cocina para probar sus platillos y jugar cartas y dados.
“Mi comida gustaba. Gracias a Dios, nunca me pasó nada malo, no que yo recuerde. Los pilotos no comían afuera con la gente, comían en la cocina porque les gustaba, decían que era más sabroso. Me decían ‘prepárame esto o aquello’. Yo lo hacía y después jugábamos barajas, dados… esa era vida”, afirma.
Para aquella época, cuando Canaima apenas había sido nombrada parque nacional, en 1962, eran poquísimas las distracciones: “Aquí no había donde divertirse, todo era trabajar, comer, dormir, bañarse eso era todo”.
Recuerda Agustín Vera que en esos años, cuando llegó, no había pueblo. Los atractivos eran la Laguna de Canaima y el Salto Ángel, pero la población vivía lejos hacia la parte alta, porque lo que ahora es destino turístico antes era un lugar sagrado y respetado. Con el paso del tiempo, empezaron a hacer algunas viviendas de lata y bahareque, y fue así como se formó el poblado actual.
“Lo que es ahora mi casa estaba cercada para que la gente no se metiera. Esto era sabana. Los turistas dormían en una casa hecha con hoja de platanillo. No había nada. Todo era monte, estaba la familia de mi señora y un poco gente, no habíamos nadie más”, cuenta.
- Si no había casas, ¿dónde vivía con su esposa? - Vivíamos en Zamuro (un sector ubicado cerca de Canaima). Salíamos de trabajar y nos íbamos para allá. Había pocas casas, y éstas eran de platanillo. Después vino un italiano e hicieron unas casas de perol.
Pero antes era duro, el aeropuerto no existía y no habían transportes; cargábamos la comida en el lomo, el hielo, llegábamos al campamento casi congelados porque no había otra forma de llevarlo. Después se empezó a formar pueblo, con los italianos, los extranjeros.
Nosotros, cuando empezaron a fabricar casas, nos sacaron para acá. Habían pocas, una aquí, otra allá, los terrenos estaban como un corral para que no pasara nadie. Esto no era pueblo.
- ¿Ha salido de Canaima desde que llegó? - Sí, salía a Ciudad Bolívar. Después de que la gente se fue no viajé más. A mi no me gusta estar viajando, eso no es bueno, es suerte montarse en un avión.
- Un pajarito me dijo que estuvo en Cuba hace poco. ¿Es cierto? - Cuba… sí, estuve allí. Estaba chévere, todo bueno. Eso fue hace tres o cuatro años. Me gustó. No he viajado más. Uno, sin dinero, no viaja. Estuve trabajando muchos años, luego me enfermé y no salí más nunca.
Ahora tampoco puedo trabajar. No puedo estar al sol, no puedo estar en la lluvia. Mi vida pasa aquí en este terreno sentado bajo estas matas (su casa).
- ¿Está satisfecho con la vida que llevó? - ¡Claro! ¡Qué va a hacer uno! Es lo que me tocó. ¡Qué va a ser uno! (Risas) Es lo que hay.
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