Viernes, 03 Marzo 2017 00:00

“A veces me embarga la duda de si realmente el cuerpo que me dieron es el de mi hijo”

 
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17 personas fallecieron ese día en la mina Atenas en Tumeremo 17 personas fallecieron ese día en la mina Atenas en Tumeremo Foto Archivo

Las familias aseguran que el Gobierno les dio la espalda, mientras que la actividad minera ha seguido su curso, en medio de la ilegalidad del pranato, en el municipio Sifontes, al sur del estado Bolívar.

 

Las víctimas

Las hermanas

1. Mary Dalia Ruiz, 19 años

2. Marielys Ruiz, de 22 años

Los hermanos

1. José Ángel Ruiz Montilla, 25 años

2. Néstor de Jesús Ruiz Montilla, 18años

3. José Armando Ruiz Montilla, 27 años

Los hermanos

1. Junior Enrique Romero Ara, 20 años

2. José Gregorio Romero Ara, 20 años

Los primos

1. Jesús Alfredo Aguinagalde, 25 años

2. Cristóbal José Heredia Caña, 24 años

Junto a ellos también fallecieron

1. José Gregorio Aguinagalde Nieves, 25 años

2. Javier Cáceres Muñoz, 29 años

3. Carlos José Carvajal Custodio, 27 años

4. Gustavo Guevara Aguinagalde, 22 años

5. Luis Díaz Guzmán, 24 años

6. Ángel Ignacio Trejo Sosa

7. Roger José Romero

8. José Carrascobarra ama335

 

Ha pasado un año, pero la tragedia que los marca los unirá para toda la vida. Algunos han cambiado de número telefónico. Otros han tratado de rehacer sus vidas, esas que cambiaron el 4 de marzo del 2016 con la ausencia de sus seres queridos luego de incursionar en una mina.

Esa tarde todos esperaban en sus casas a que llegaran sus hijos, esposos o hermanos. Habían ido a una de las minas cercanas a trabajar. Con el transcurrir de las horas la espera se hizo agónica y los rumores empezaron a correr en esa noche fría.

El mensaje era claro: hubo una bulla y mataron a un poco de gente. Las llamadas y los mensajes de texto empezaron a llegar, pero en ninguno de ellos había respuestas. En el hospital no estaba nadie. En las comisarías no querían tomar la denuncia.

Así comenzó un viacrucis que duró más de una semana, cuando los cuerpos fueron localizados enterrados en una fosa común -de 4 metros de profundidad por 3 de ancho- en la vía a la mina Nuevo Callao, territorio dominado por el pran minero Jamilton Andrés Ulloa Suárez, alias el Topo.

Tomás Enrique Romero mantiene vivo el recuerdo de sus dos hijos. Ellos fueron dos de esas 17 víctimas. “Eso es como matar a una persona a pellizcos. Es un dolor como si me mataran poco a poco, y no se me va a quitar hasta que me muera. Ha pasado un año y el dolor sigue intacto”.

Enrique recuerda que sus hijos, Junior Enrique Romero Ara y José Gregorio Romero Ara, lo ayudaban en sus gastos, “con lo poco que ellos ganaban me daban. Lloraban cuando no podían darme, porque también tenían sus responsabilidades”.

“Están muertos y los querré hasta el último de mis días (…) La minería ha seguido igual, el gobierno se mete es a matraquear y se va”, agregó el hombre.

Promesa sin cumplir

Cuando José Armando Ruiz falleció, su hija tenía tan solo tres meses. No la pudo ver crecer, ni compartir más tiempo con ella. Una bala en la cabeza le segó la vida.

Su esposa recuerda que él se había ido desde el lunes a la mina. Le prometió que regresaría ese 4 de marzo del 2016, pero no fue así. Una de sus vecinas fue la que le avisó que había pasado algo en la mina Atenas, donde trabajaba su esposo.

“Mi esposo quedó en venir ese viernes, porque iríamos a unos 15 años. Dejó cuatro hijos, los más grandes (10 y 6 años) entienden lo que sucedió y por qué su papá ya no está con ellos. El otro niño y la niña, aún no”, comentó Priscila De Andrade.

Tanto Priscila como Tomás afirman que una de las promesas del gobierno, tras entregarles los cadáveres, era la construcción de viviendas. Aseguran que hasta ahora nada de eso ha sido cumplido.

“Nos han engañado, el gobierno jugó con nuestro dolor. A las esposas de los mineros fallecidos les prometieron casas y nada de eso les han dado. Iban a financiarles la construcción, pero todo ha sido un engaño”, afirmó Tomás.

 

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En el vacío

Desde que falleció su hijo, las únicas fotos que ha colocado Migdalia Moreno, en su perfil de WhatsApp son de él. Roger José Romero era el sexto de seis hermanos y fue uno de los caídos en la masacre.

Entre lágrimas asegura que añora las mañanas en las que su hijo llegaba pidiéndole el desayuno. “Él llegaba aquí y decía: doña quiero una arepa de las que tú me haces. Esas mañanas cuando veía que yo aún estaba en la cama acostada se me ponía al lado”.

“Lo extrañamos todos los días. No voy a llenar ese vacío con nadie más”, sostiene. Ha pasado un año, pero “a veces a mí me embarga la duda de si realmente el cuerpo que me dieron es el de mi hijo. Me ha quedado esa duda y se quedará por años. Aquí no nos dieron más explicaciones: ese es su pariente y listo”, recuerda.

Sin paz

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Que el autor material de la masacre, Jamilton Andrés Ulloa Suárez, alias el Topo, fuese abatido por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) y que hubiese ocho detenciones por el caso, no le dieron paz a los dolientes de los fallecidos.

Los tres coinciden en que eso no les ha traído paz, que su dolor se mantendrá tanto en ellos como en el resto de los parientes. “La minería ha seguido igual, los mineros entran cada día con la esperanza de poder regresar a sus casas, tarde o temprano puede ocurrir algo como lo que pasamos nosotros y una vez más no harán nada”.

“El Estado venezolano está obligado a sancionar a los responsables materiales e intelectuales de la masacre, pero además debe incluir medidas para erradicar la actuación ilegal de estos grupos”, señala la ONG Provea.

Mientras que la ONG Cofavic alertó, “las bandas organizadas ligadas a la minería ilegal ejercen el control social de la zona en gran medida con la aquiescencia y la tolerancia plena de las autoridades”.

Un año ha pasado desde que la angustia de aquellos familiares lo llevara a cerrar la Troncal 10 para exigir respuesta por sus desaparecidos. Los masacrados. Las víctimas de Tumeremo: un pueblo que sobrevive entre el dolor, el abandono del Estado y un vendaval de dudas sobre lo que realmente ocurrió aquel trágico 4 de marzo en la mina Atenas. Tumeremo aún espera.

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