Domingo, 21 Septiembre 2014 00:00

"Ay abuelita, ahora me dejaron sin familia porque mataron a mi papá"

 
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Lilia Castillo, contemplando la foto de su hijo, manifestó: “Nosotros somos humildes, pero a mis hijos los supe criar. Me siento orgullosa porque no tengo nada y me duele que mi hijo haya muerto de esa forma” Lilia Castillo, contemplando la foto de su hijo, manifestó: “Nosotros somos humildes, pero a mis hijos los supe criar. Me siento orgullosa porque no tengo nada y me duele que mi hijo haya muerto de esa forma” Fotos Marcos Valverde / Cortesía

Hace tres años, Jesús Salvador Rojas Castillo se graduó como abogado en la Universidad Bolivariana de Venezuela: creía que en la Venezuela de hoy había más oportunidades para la regeneración del individuo.

Con eso soñaba cuando, la noche del 15 de mayo de este año, lo asesinaron mientras manejaba por la Vía Venezuela, en Puerto Ordaz: las balas iban para su acompañante, pero él también cayó. Dejó una esposa y una hija de seis años. Ese es el caso de esta semana en Secuelas de la Impunidad.

Sobre la mesa, cuando eran más de las 7:00 de la mañana del viernes 16 de mayo de 2014, las arepas ya estaban frías: Jesús Salvador Castillo Rojas, quien habitualmente estaba en la casa de su madre antes de esa hora, nunca llegó.

“Yo le hacía el desayuno. Él comía en su casa, en Manoa, pero yo no sabía nada. Él pasaba por aquí para buscar a su hermano para ir al trabajo, y ese día le hice las arepas”, cuenta Lilia Castillo, su madre.

Los minutos transcurrieron y nada: Jesús Salvador, el Morocho, no aparecía. “Yo pensaba: ‘ay, mi hijo no acaba de llegar’. Él pasaba antes de las 7. Yo esperando, y mi otro hijo, calladito…”.

¿Calladito? Sí. En silencio rotundo, Julián Alcides, su otro hijo, aguardaba la llegada de sus hermanas para informarle a Lilia sobre el porqué de la tardanza. Y al fin, cuando llegaron y todos se reunieron y las arepas que Jesús Salvador debía comerse continuaban en el plato, su madre supo que allí se quedarían. Porque la noche anterior, en la vía Venezuela y en frente de la Clínica Puerto Ordaz, al Morocho lo asesinaron a balazos.

A8MorochoRojas Castillo se graduó como abogado en 2011

“Sin saber por qué”
“Antonio cayó hostia en mano y sin saber por qué”, cantó, en su tributo al monseñor salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, Rubén Blades. “Sin saber por qué”, una frase que, perfectamente, aplica para muchos venezolanos que han caído, durante los últimos años, por las balaceras orgiásticas que ha propiciado la impunidad. Jesús Salvador Castillo Rojas es uno de esos casos.

Hasta el momento en que salió de la casa de su madre, aquella noche del 15 de mayo en que fue asesinado, hasta su último instante, cuando transitaba por la vía Venezuela, al frente de la Clínica Puerto Ordaz, no supo por qué iba a morir. Menos supo de porqué cuando dos carros se le atravesaron y, de ellos, descendieron unos desconocidos armados. Eso, por cierto, fue lo último que vio: fracciones de segundo después, lo acribillaron.

“De ahí no hay mucho qué decir porque realmente no sabemos qué pasó. Solamente sabemos que fue con saña y con un odio. No sé por qué mataron a mi hermano de una manera tan... es que no encuentro la palabra. Nosotros no sabíamos. Le avisaron a mi otro hermano que había tenido un accidente y mi hijo fue con él. Cuando llegaron allá, se encontraron con eso”, recuerda Marlenis González, una de sus hermanas.

Es ella quien insiste, en esta parte, en el contrapeso de el Morocho para las dudas en torno del homicidio: fue aficionado al básquet y a la música, vendedor destacado de varias marcas nacionales, estudiante de Contaduría del Instituto Pedro Emilio Coll y, desde 2011, abogado egresado de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Pero, principalmente, esposo y padre de una niña de seis años.

“Él estudió Contaduría y en marzo cumplió tres años de haberse graduado de abogado. Nosotros somos humildes, pero a mis hijos los supe criar. Me siento orgullosa porque no tengo nada y me duele que mi hijo haya muerto de esa forma”, manifiesta, a la sombra de estos cuatro meses sin él, Lilia Castillo.

“Él siempre decía, más bien, que en estos momentos había mayor defensa por parte de las autoridades, que trabajaban para que hubiese más oportunidades para las personas. No hablamos de políticas. Él pensaba que las personas se estaban regenerando y que había que darles oportunidad”, añade Marlenis.

A8Morocho4ILilia Castillo: “Me duele que mi hijo haya muerto de esa forma”

Todos los planes, abajo
Jesús Salvador y su gemela, Veda María Rojas Castillo, nacieron en Caracas, el 16 de diciembre de 1967. “El Morocho fue el primero que nació, y por eso le echábamos broma porque decíamos que, desde ese momento, ya Veda lo empujaba para que se apurara”, cuenta su cuñado.

La familia se mudó para San Félix una década después. Y allí siguen, pese a lo ocurrido la noche del 15 de mayo.

“La última vez, él llegó a mi casa bañado en sudor. ‘No, maíta, es que estaba jugando básquet’, me dijo. Se metió a bañar y se cambió porque iba a llevar a una muchacha que vivía en la UD-104, a la que le hacía transporte. Y bueno, se quedó esperándolo”, dice Lilia Castillo.

Los próximos meses para la vida de Jesús Salvador estaban minuciosamente planificados para una seguidilla de reuniones familiares, una de sus pasiones.

“Nosotros nos reunimos el Día de las Madres (el domingo 11 de mayo) y la pasamos allá en el (Centro) Ítalo. Me estaba diciendo: ‘Maíta, el Día del Padre lo quiero celebrar allá en la casa tuya. Hacemos una parrilla y la pasamos allá’. Quedamos así, pero eso no pudo ser porque lo mataron el 15”.

Pero el súmmum de aquellos planes llegaría el 18 de julio: el sexto cumpleaños de su hija.

Marlenis González lo detalla especificando que al momento del asesinato, “su esposa y su hija estaban en Margarita, pasando el Día de las Madres con su abuela materna. Teníamos proyectos para la fiesta de su hija, que era en julio, proyectos que fueron truncados. Él siempre le hacía la fiesta, no faltaba a las actividades de su hija, y era de bañarla, de darle tetero”.

Y es precisamente en esa niña, uno de los huérfanos que ha dejado la violencia en Venezuela, que está centrada, ahora, toda la atención de la familia.

“Mi nieta me dice: ‘ay, abuelita, ahora me dejaron sin familia’. Y yo le pregunto por qué, y me dice: ‘porque mataron a mi papá”, añade, con la foto de su hijo entre las manos, Lilia.

En la urbanización en donde viven la madre y las hermanas de el Morocho, en San Félix, los vecinos dedican todo mayo a rezar rosarios por el Mes de la Virgen María. Este año, acota Marlenis, “el grupo pedía en función de la paz en el país. Que se acabara la impunidad, que hubiese paz, que protegiera a todas las familias, no sólo a la mía”.

De esa manera comenzaron los rosarios de este año. Y todos ellos, católicos devotos y practicantes, tuvieron que terminar el mes pidiendo por el descanso de Jesús Salvador. Y, por supuesto, rogando que algún día haya justicia.

A8Morocho3IVarios de los planes de “el Morocho” estaban centrados en su hija
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Las cifras de la violencia guayanesa

592 homicidios se registraron en Ciudad Guayana en 2013.

403 homicidios se han registrado en Ciudad Guayana en 2014.

41 homicidios en lo que va de septiembre de 2014.

50 fueron los asesinatos en septiembre de 2013.

8 muertes violentas se cometieron entre el 14 y el 21 de septiembre.

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