Cuando se habla de política se habla de ambición por el poder. Aylwin dice al respecto: “La historia de la política y los políticos se vincula, generalmente, al ejercicio del poder. El poder seduce y los hombres por llegar al poder y por conservarlo, suelen incurrir en muchas claudicaciones y cometer, también, muchos abusos”.

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No estamos viviendo los mejores tiempos para la democracia como forma de gobierno y forma de vida en muchos países del mundo. Una de las causas del debilitamiento de la democracia es la fractura que se ha producido paulatinamente entre la ética y la política. Ambos conceptos suenan a palabras huecas en muchas sociedades que en estos momentos priorizan sus necesidades orientadas hacia otros objetos y motivaciones.

Muy a propósito de este tema cabe la oportunidad de hacer referencia al libro Ética y Política, que reúne tres interesantes ensayos escritos por Patricio Aylwin Azócar, José Joaquín Brunner y Gustavo Lagos Matus, bajo el patrocinio de la Asociación Chilena de Ciencias Políticas. El primer ensayo intitulado Ética y Política, Patricio Aylwin Azócar apunta: “La política es una actividad que tiene mala fama. El hombre común la mira con reticencia, con desconfianza. A los políticos los cree demasiado habilidosos o a veces demasiado pillos. Piensa que hay algo diabólico en la actividad política”. A lo cual agrega: “Maquiavelo aconsejó al Príncipe a aprender a no ser bueno. Con lo cual, sin duda, dio una orientación o da pábulo a esa desconfianza ética del común de los mortales respecto de la actividad política”.

Cuando se habla de política se habla de ambición por el poder. Aylwin dice al respecto: “La historia de la política y los políticos se vincula, generalmente, al ejercicio del poder. El poder seduce y los hombres por llegar al poder y por conservarlo, suelen incurrir en muchas claudicaciones y cometer, también, muchos abusos. Tal vez de allí este descrédito generalizado de la acción política que, a mi juicio, es injusto”. Igualmente observa que la desconfianza hacia la política y los políticos por los ciudadanos tenga que ver con aquella vieja y repetida frase de Lord Acton: “El poder tiende a corromper, y el poder total corrompe absolutamente”.

Desde la filosofía política este autor expresa: “¿Es cierto que la política escapa a la moral? Eso es lo que enseña Maquiavelo. Maquiavelo no rechaza los valores morales, ni llama bien al mal ni mal al bien. Simplemente niega a los valores morales toda aplicación en la política, con lo que legitima la inmoralidad política. Para él lo importante en la política es la eficacia, obtener el resultado que se quiere. Y el principal resultado que ha de aspirar el Príncipe debe mantenerse en el poder. Ese fin justifica todos los medios, sin consideraciones de orden ético, que no rigen en este campo. Más que inmoral. El político sería, y es lo que sostiene Ortega y Gasset en su trabajo sobre Mirabeau, amoral. Las reglas morales que rigen para el común de los mortales no se aplicarían en la acción política”.

Frente a estas premisas, Aylwin plantea lo que sigue: “Yo creo que esta concepción deriva de un error básico: que el fin de la actividad política sea el poder: conquistarlo, ejercerlo y conservarlo. En verdad, esta es solo una cara de la medalla. La política es, antes que nada, una actividad humana que se ejerce por las personas y como tal está regida por la moral, que regula la conducta humana en cuanto al bien y al mal que cualquier conducta humana entraña”.

Por su parte, José Joaquín Brunner, en su ensayo Las bases pragmáticas de la política manifiesta: “La política tiene que ver con los intereses materiales que existen en la sociedad, los cuales movilizan las pasiones individuales y de los grupos sociales. Los intereses que tenemos resuenan en las palabras que decimos. Pero no todo argumento ni todo discurso enmascara intereses. Por eso mismo la política está en tensión con los intereses y no es su sirvienta. La política existe en ese espacio donde confluyen la palabra y los intereses, la razón y el poder, las ideologías y el egoísmo individual o grupal. De allí, seguramente, que ella no pueda librarse nunca por completo de la sospecha de haber inclinado la balanza en favor de uno u otro de esos polos entre los cuales se encuentra permanentemente tironeada”.

A lo expuesto, el autor enfatiza sobre esta situación: “Si lo inclina en favor de las palabras, la política puede degenerar en demagogia. Si lo hace en favor de los egoísmos, puede terminar sirviéndose a sí misma o solo a los grupos de mayor poder en la sociedad. Si solo vive de ideologías, puede la política abrigar la esperanza de convertir la tierra en un paraíso, y por ese camino transformar la sociedad en un infierno. Si en cambio solo mirara a los intereses, terminaría por quedar atrapada en una red más densa que un tapiz, paralizada para siempre”.

El pragmatismo acompaña en muchas ocasiones la acción política, al respecto Brunner sostiene: “La ética que subyace al pragmatismo, es una ética de las responsabilidades, que quizá sea la única compatible con la política en su sentido moderno. Trátase, pues, de una ética esencialmente evaluativa, donde la acción no vale por sí o por el prestigio o la intención de artífice sino solo y exclusivamente por la calidad del producto y la eficacia de la acción”.

Finalmente, Gustavo Lagos Matus, en su ensayo Democracia, reconciliación y no violencia, plantea lo siguiente: “La democracia entendida como un sistema de reconciliación es una sola y misma cosa que la democracia entendida como un sistema de no violencia. El significado de la no violencia es el abrazo de la verdad, y un sistema de reconciliación descansa en la verdad y en el rechazo de la mentira como arma política. La democracia entendida como un sistema de reconciliación tiene que descansar en la no violencia, adherir totalmente a la verdad y oponerse a toda forma de violencia verbal o física, directa o estructural. Por ello, la democracia de la no violencia rechaza toda forma de explotación y está comprometida indefectiblemente con la justicia y la solidaridad”.

 

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