Marcos David Valverde

A Víctor Manuel, de 18 años, lo encontraron decapitado. Su cabeza estaba incrustada entre las rejas de una casa de la invasión La bendición de Dios, ubicada en Ciudad Guayana, la novena urbe más violenta del mundo. Este relato es el primero del capítulo Bolívar de Monitor de Víctimas, un proyecto para sensibilizar acerca de la violencia que ha favorecido la inacción de un Estado cómplice.

Daniela Menescal, venezolana de 17 años residente en Estados Unidos, sobrevivió al tiroteo en la escuela secundaria de Parkland, en Florida, hace un mes. Amén del debate generado sobre el uso de armas, ella enfoca su atención en uno de los orígenes de esta tragedia: el acoso escolar. Compartimos su relato, más allá de tratarse de una venezolana, por el hecho de que la violencia, allá, acá y en cualquier lugar del mundo, puede tener muros de contención con la solidez familiar y la debida atención institucional: es, sin dudas, un problema sin fronteras.

¿Votar o no? Ya con el panorama de las candidaturas más definido, aunque con la sombra de la incertidumbre de un proceso marcado por la arbitrariedad y la ausencia de garantías, muchos guayaneses opinan que sí: que no hay otra forma de lograr un cambio que votando. Sus razonamientos los exponen sin desparpajos y, sobre todo, desde el padecimiento de una crisis como nunca se había visto en Venezuela.

Hace tres años, en pleno proceso de denuncias de corruptelas en Pdvsa, el secretario de gobierno del estado Mérida fue visto por última vez. Días antes había sido amenazado con una petición: callar. No lo hizo. Las consecuencias siguen tres años después como el silencio del régimen. 

Con el respaldo, hasta ahora, de Movimiento al Socialismo y de Avanzada Progresista, el exgobernador de Lara presentó su nombre para el juego abusivo y sin reglas claras de la dictadura para el 22 de abril.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos, mediante una denuncia de Cecodap y Prepara Familia, emitió una resolución que compromete al Estado a garantizar “vida, integridad y salud” de los niños hospitalizados en el área de Nefrología del centro médico de Caracas.

Puede, sí, tener las instituciones secuestradas en su puño. Puede, además, controlar el dinero por la vía de la corrupción. Pero no tiene Nicolás Maduro, sentencia Jesús Chúo Torrealba, el poder: lo que tiene es, nomás, un botín, porque “el poder verdadero está en la calle”. Lamentablemente, ese poder real no es capitalizado por una dirigencia opositora cada día más ensimismada y aletargada que se entrega, a pasos agigantados, a una derrota histórica. ¿Todo perdido? Para nada, siempre y cuando ese poder, el de la calle, hegemonice la nueva plataforma unitaria.

Comunidades de Ciudad Guayana en las que trabajó el jesuita, así como del Colegio Loyola Gumilla y de la UCAB Guayana, se reunieron en el funeral de quien ahora es considerado uno de los grandes constructores educativos de la región.

Les bastó a Tulio Luis Ramírez, obispo auxiliar de Caracas, y a Miguel Acevedo, párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, manifestar en público su desacuerdo contra el régimen madurista para que cayeran en las fauces de la vorágine: este lunes fueron citados por el Ministerio de Interior y Justicia, acusados por “instigación al odio”. El pecado que pretenden endilgarles la inquisición de Maduro tiene una base única: ambos apoyaron la condena de la Conferencia Episcopal al atropellado y abusivo llamado a elecciones presidenciales. 

¿Habrá justicia en la nueva masacre que estremeció el estado Bolívar durante el inicio del Carnaval? Liliana Ortega, presidenta de Cofavic, no se aventura a sentenciarlo aún: opta en todo caso por el beneficio de la duda para el Estado. Lo que sí asevera es que ese mismo Estado abonó un terreno de violencia y de impunidad para que ese tipo de hechos sean ya frecuentes.

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