Opinión
Viernes, 06 Julio 2018 00:00

La primera vez que fui al pueblo minero de Las Claritas, km 88, vía la Gran Sabana, esa fue la expresión que vino a mi cabeza: no todo lo que es oro brilla. Eso fue en el año 1998. Pude ver la sordidez de ese pueblo. Me preguntaba para qué les estaba sirviendo a sus pobladores tanto oro en el subsuelo y tanta pobreza en la superficie. 

El reciente informe de la OPS y de la OMS detalla cómo se han incrementado la difteria, el sarampión y la malaria, enfermedades que se han estado registrando en países vecinos y cuyos casos son importados de Venezuela: es otra de las consecuencias del éxodo de venezolanos que, atribulados por la debacle social generada por el régimen madurista, huyen en búsqueda de una vida mejor. Varios de los casos registrados, por cierto, provienen directamente del estado Bolívar y son, por tanto, otra de las aristas de esta crisis sin precedentes en la historia nacional.

Pendones, vallas y murales sobran en la ciudad para promover la reelección de Nicolás Maduro, mientras los problemas de índole social en todo el país quedaron en segundo y tercer plano para quien debería responder y dar solución a los venezolanos.

José Pacheco, de siete años, murió en la madrugada del martes en el Hospital Dr. Raúl Leoni. Cuando sus padres lo llevaron el lunes en la tarde no había mucho por hacer: la difteria ya había avanzado en su organismo. Con él son cuatro los decesos confirmados a causa de la enfermedad en ese centro en lo que va de año. La muerte de José ocurre en la misma semana en la que el ministro de Salud del régimen, Luis López, aseveró que la gravedad de la difteria solo es una ‘matriz mediática’.

La declaración gubernamental, de requerir el carnet de la patria para vacunar gratuitamente a nuestros niños, es insólita, grotesca, asquerosa, canallesca, siniestra y de mentes retorcidas.

Alrededor de su urna, los familiares de José Guerrero, de 6 años, insisten en que una atención médica adecuada y un diagnóstico más acertado lo hubiesen salvado. Pero los médicos no tienen dudas: la enfermedad que reapareció en Venezuela en 2016 y que ha matado a más de 20 niños, tiene otra víctima. Este deceso coincide con la publicación de un informe del Observatorio Venezolano de la Salud sobre el silencio cómplice entre el MPPS y la OPS sobre el avance de la enfermedad en el país.

La Sociedad Venezolana de Salud Pública y Red Defendamos la Epidemiología Nacional cuestionan que la Organización Panamericana de la Salud no haya compartido los datos de difteria en Venezuela durante este año, en el que persiste la censura epidemiológica oficial.

Con la reaparición del boletín epidemiológico del Ministerio de Salud hasta diciembre de 2016, se destapan las cifras oficiales de contagios: 2016 cerró con 8.178 casos confirmados de malaria. A nivel nacional, subieron en un 76,4 por ciento comparado con 2015.

Debido a la falta de patólogos, la autopsia se retrasó dos días. Los padres tuvieron que buscar médicos para que vacunaran a quienes iban a estar en el procedimiento forense. 

Familiares de Eliannys Medina Vivas, la primera víctima de la bacteria en 2017, detalla el declive de la niña: todo comenzó con un dolor de garganta que le incomodó la cena del sábado, siguió con una leve mejoría el domingo y terminó con su deceso el miércoles, en el hospital de Guaiparo en San Félix.



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