Hay quienes piensan que un lector es un sujeto peligroso pues en él germina un ser crítico, angustiado, reflexivo, que ha conocido los mundos imaginarios de los libros y sabe, por ende, que este en el que vive puede ser distinto y mejor.

Supongamos que Emilio tiene seis años y ya sabe leer algunas palabras. Desde que descifra los sonidos y mensajes que se esconden detrás de cada signo, no deja pasar ocasión para demostrar al mundo su recién adquirido poder. Cuanto aviso, valla, empaque, afiche, portada, titular de periódico, grafiti o letrero se topan en su camino, Emilio inicia su balbuciente deletreo y muestra orgulloso su capacidad de ser ahora un eficiente y emocionado lector. 

Sin embargo, al poco tiempo ocurre un misterioso proceso de transformación. En cuatro o cinco años, a veces más, a veces menos, Emilio odia la lectura, aborrece los libros y en ellos ve un sinónimo de castigo y pérdida de tiempo. ¿Qué pasó para que ese superpoder terminara siendo una horrible tortura? 

Escuela, nuevas tecnologías y familia son los sospechosos habituales de este crimen pasional. Hay quienes culpan a los maestros argumentando que ellos, luego de haber encendido la chispa de la lectura, se esfuerzan en apagarla obligando a leer obras aburridas, difíciles y que no se corresponden con los intereses de los jóvenes de hoy. El lenguaje, los contextos y temas del Mío Cid, de Doña Bárbara, de María o de Don Quijote, dicen, parecieran no hablarles a los muchachos del Netflix, del PSP y del Instagram, como si las historias de la gran literatura no fuesen universales, eternas, y no encajaran en los dilemas que asedian permanentemente en todas las épocas, como el amor, la muerte, la guerra, el viaje y el poder. Quizás el problema no esté en la obra sino en las maneras de leerla. 

Otros ven en los nuevos medios y tecnologías la causa del desdén hacia los libros, afirmando que leer en una pantalla no es igual que hacerlo en formato de papel y tinta. Así, la televisión, los videojuegos y los teléfonos inteligentes son mostrados como los archienemigos de los libros, contra quienes hay que luchar por la exclusividad de atención, como si una historia trasvasada a otros géneros, a otros formatos, o un texto leído en un monitor perdiesen el poder que alguna vez exhibieron desde sus soportes tradicionales. Se puede disfrutar de un relato contado desde un videojuego, desde una película, desde una serie, desde una canción, desde un cómic, y de allí podemos pasar con mayores recursos y emoción al libro. No hay competencia alguna entre un formato y otro; el complemento y la posibilidad de leer una misma historia en diversos medios amplían la experiencia lectora. 

La familia no queda indemne cuando de buscar culpables se trata. Se insiste en decir que un niño que crece en un contexto familiar donde la lectura es poco significativa e intrascendente, irremediablemente tendrá grandes probabilidades de ver a los libros como objetos inútiles, como si los libros no encontraran otros medios para llegar a manos de los más renuentes. 

Matar el amor por la lectura no es una tarea difícil y existen personas e instituciones que se encargan de este trabajo indigno. Lo primero que hay que hacer para lograrlo es eliminar todo rastro de libro de nuestros hogares y nunca, pero nunca, dejar que los niños nos vean en concentrada actitud de lector. Los libros no deben ser parte de nuestra vida cotidiana y nunca, pero nunca, decir que como se está de vacaciones entonces hay que llevar alguno en el equipaje: la lectura es una obligación que no se compagina con el descanso. En la escuela y en los colegios nunca, pero nunca, se debe permitir que los niños y jóvenes seleccionen las obras que deben leer ni recomendarles textos que relaten los dilemas o circunstancias que cada uno de ellos pudiera estar experimentando. De ocurrir esto, el joven lector puede reconocerse en las páginas e iniciar una interminable búsqueda en otros libros hasta encontrar las huellas de su propia identidad. En los medios de comunicación nunca, pero nunca, debe hablarse de libros; de no poder evitarlo, hay que usar las horas, los días o los espacios con menor público, como un hecho inusual que debe ocurrir una vez a la semana... 

Hay quienes piensan que un lector es un sujeto peligroso pues en él germina un ser crítico, angustiado, reflexivo, que ha conocido los mundos imaginarios de los libros y sabe, por ende, que este en el que vive puede ser distinto y mejor. Es esta la razón por la cual algunos gobiernos insisten en matar el amor por la lectura desmejorando las instituciones educativas, creando la ilusión de ferias del libro -cuando en realidad se estimulan y permiten textos que muestran un solo lado de la realidad-, convirtiendo la impresión de libros en gasto suntuario, haciendo de los libros artículos de lujo por los exangües sueldos, cerrando medios de comunicación y toda posibilidad de contacto con el otro. El poder cree, como se representa en la terrible sátira de Orwell o en la asfixiante sociedad sin libros que dibuja Bradbury, que solo con una gran pantalla, con el mismo relato repetido de heroísmo, guerra, sacrificio y medias verdades, es suficiente para mantener entretenida la mente de los ciudadanos. 

Supongamos que Emilio es adulto y tiene hijos. Dice que vive feliz, sin saber que no sabe, y los libros, según se le ha oído reiteradamente, no le han hecho falta para tener esposa, casa, carro y comida. Quizás en sus hijos se repita la misma historia, a no ser que alguien ponga en sus manos el libro adecuado, cual si fuese una peligrosa carnada... 

Otras páginas 

- Desde el más allá. Arthur Conan Doyle (1859-1930), el famoso escritor inglés creador de la saga de novelas policiales de Sherlock Holmes, fue durante los últimos años de su vida un fervoroso creyente y defensor del espiritismo. Tras la muerte de su hijo menor en la Primera Guerra Mundial, Doyle sintió la necesidad de volver a conversar con él y para ello recurrió a las técnicas y sesiones espiritistas. Arthur Conan Doyle escribió numerosos textos y dio conferencias alrededor del mundo sobre el tema y, luego de su muerte, él mismo fue contactado en una sesión. En 1934 un médium realizó el contacto en un teatro londinense ante cientos de espectadores. La grabación que se hizo ese día con la voz de ultratumba de Arthur Conan Doyle puede oírse en el sitio web de la Biblioteca Británica

- Bestsellers venezolanos. Tres han sido los libros considerados como bestsellers en la historia de la edición en Venezuela. Manual de urbanidad y buenas maneras, de Manuel Antonio Carreño, publicado en 1853; Colección de medicamentos indígenas, de Gerónimo Pompa, que vio la luz en 1851 y Mi cocina a la manera de Caracas, de Armando Scannone, de 1982. Estos libros han alcanzado variadas ediciones y siguen al día de hoy alimentando las bibliotecas de los venezolanos y del mundo. 

- La felicidad que produce un libro. “Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada. A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante”. Clarice Lispector, 1971.

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