La literatura y el arte en general no son complementos superfluos de los cuales podemos prescindir sin con ello hundirnos más en el foso de la bestialidad pura, donde solazarnos con la satisfacción de las necesidades básicas.

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Mucho he oído durante estos años de intolerancia, violencia, hambre y destrucción la crítica acerca de que las necesidades materiales son prioritarias y excluyentes ante cualquier otra manifestación y cultivo del espíritu. Dicho con otras palabras, que no puede pensarse en teatro, libros, cine, música u otro ámbito del arte ante la crueldad de la hiperinflación, la delincuencia y la barbarie de la corrupción y la dictadura. “Primero la comida y las medicinas; luego veremos lo demás”, afirman.

Soy de los que piensan que una cosa no excluye a la otra; al contrario, resistir desde la belleza, desde el cultivo de la razón y nutrirse de las bondades de la cultura es una eficaz vía para sobrellevar y superar las adversidades. La literatura y el arte en general no son complementos superfluos de los cuales podemos prescindir sin con ello hundirnos más en el foso de la bestialidad pura, donde solazarnos con la satisfacción de las necesidades básicas. El rumor del estómago avisa del hambre; la desazón y la apatía, de la falta de libros.

Todo este tema me hace recordar un bello y profundo texto de Federico García Lorca, discurso leído en septiembre de 1931 en ocasión de inaugurarse la Biblioteca Pública de Granada, y que debería ser conocido por todos los venezolanos de hoy. Decía en aquella ocasión el eterno poeta español:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?”.

“Medio pan y un libro” tiene el sentido en el contexto de la Venezuela contemporánea de no claudicar ante la lógica del campo de concentración en la que se ha sumido al país. La apatía y la desesperanza se combaten con ingenio, creatividad, libertad, ilusión, y el verdadero arte está hecho de esos elementos. Como dijo García Lorca, los libros son horizontes y escaleras con los cuales el ser humano se sobrepone de las más terribles calamidades:

“Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida”.

Más libros, más teatros, más cine del mundo, más salas de arte, más formación para cultivar la apreciación literaria y artística, más clubes de lectura, más programas de radio, televisión y columnas periodísticas donde se recomienden libros (en la misma cantidad con la cual se habla de estadísticas deportivas, de carteleras de salas de cine y de recomendaciones de series de Netflix…). Medios de comunicación, escuelas, liceos, universidades, fundaciones, asociaciones, comercios y la familia misma pueden y deben contribuir mancomunadamente al desarrollo cultural de los venezolanos, que en definitiva es dar sustento y futuro a nuestra sociedad.

Sí, alimentos y medicinas, pero también educación y libros. Todo ello junto es lo que necesitamos para que cuerpo y espíritu logren nutrirse y sostenerse el uno con el otro. “No solo de pan vive el hombre”, dice el adagio bíblico, y debemos tenerlo presente cuando hablemos de dar una mano a los más necesitados.

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