Lunes, 30 Julio 2018 00:00

Allá les dicen “las ochenta​”

 
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La prostitución de venezolanas en Boa Vista: otra de las aristas de la crisis nacional La prostitución de venezolanas en Boa Vista: otra de las aristas de la crisis nacional FOTO CORTESÍA CRÓNICA UNO

En una calle de Boa Vista, decenas de venezolanas acuden al oficio de la piel cuando ya sienten que nada de lo que hacen puede proveerles lo necesario para la vida.

Todo (o esa parte de lo que ahora es el todo) comenzó en la noche del 19 de diciembre, cuando Roxana (suplica que no la identifiquen con su nombre) lloriqueaba sola en una calle de Boa Vista: no tenía dinero para mandarle a su hija enferma en Venezuela.

Solo tres días después iba rumbo a Venezuela con 850 reais en la mano. Se sentía millonaria, recuerda, y, sobre todo, feliz, porque además del dinero llevaba comida y ropa: todo lo que necesitaba para tener la Navidad que quería y que hacía 72 horas pensaba que no tendría.

Otra noche, pero de junio, en la calle Ivone Pinheiro, Roxana (morena, veintitantos, el cabello secado, los labios remarcados con rojo, sandalias brasileras y un vestido floreado, tan corto que se asoma la juntura de las piernas, tan ajustado que remarca por todos sus costados las evidencias del sobrepeso) reconstruye lo vivido ese 19 de diciembre.

“Yo llegué en septiembre. Trabajaba en una carpintería y no me pagaban bien. Me pagaban 30 reais diarios y tenía que pagarme mi comida y mandar para Venezuela. Mi hija estaba enferma y no tenía el dinero para irme. Me decía que me relajara y me quedara tranquila”.

Pero no podía estar tranquila. Sabía que su hija (a cuya edad no se refiere) no estaba bien. Sabía que ella misma tampoco lo estaba porque su incursión brasileña no iba bien: las aspiraciones de tiempos mejores se diluyeron al mismo ritmo que se le diluían los 30 reales de las finanzas. Apenas comía y pagaba el alquiler. Estaba sola. Lejos. Estaba Sin dinero para mandarle a su hija enferma; masticando cada buche amargo del desespero en la noche del 19 de diciembre.

Entonces, colapsó.

Y, también entonces, apareció “la amiga”.

***

Una mirada en el buscador de noticias de Google es suficiente: “La crisis empuja a venezolanas a prostituirse en el extranjero”. “Venezolanas obligadas a prostituirse en el extranjero por la crisis”. “Harina por sexo: prostitutas en Venezuela se ingenian ante escasez e inflación”. “Vinculan aumento del VIH en Cúcuta con la llegada de prostitutas venezolanas”.

Los estigmas brotan… tanto como el hambre en Venezuela: el hambre que ha obligado a cientos a salir del país y a buscarse la vida en Brasil. Y buscarse la vida implica, también, el oficio de la piel y de los fluidos.

En 2017, un trabajo de investigación del diario Folha de São Paulo determinó un número para tener una idea acerca de la cantidad de venezolanas que, en ese momento, se prostituían en Boa Vista: unas 150 fueron contabilizadas durante un recorrido de una noche.

En mayo de ese año, la Policía Federal desplegó la operación Condinome para desmantelar una red de tráfico de mujeres en el estado de Roraima (limítrofe con el estado Bolívar).

En una nota de prensa, la institución explicó que dueños de bares se aprovechaban de la “vulnerabilidad económica” de las venezolanas para ofrecerles comida y alojamiento a cambio de sexo.

“Vulnerabilidad económica”: la síntesis de todos los males de Roxana en aquella noche de diciembre.

***

Está agradecida: los primeros reais que se ganó en el mundo de la prostitución no ameritaron sexo. Unas horas antes, “la amiga” le había dado a Roxana una receta fácil y sin nombre para ese mal que padecía, el mal de la “vulnerabilidad económica”.

“Me vio llorando. Me dijo que no me quería inculcar eso, pero que era la única forma de yo ganarme el dinero para mandar”. La amiga recomendó un cliente. Roxana, temblorosa, se fue con él a un motel. No sabía muy bien, más allá de lo evidente, qué podía pasarle. ¿Iba a raptarla, a acuchillarla, a golpearla, a secuestrarla?

Seis meses después, sonríe aligerada: la hombría de aquel primer cliente no funcionó en su noche inaugural. Pero le dijo, llamándola minha menina, que estaba bien y que igual iba a pagarle. Lo hizo: 300 reales en efectivo y un mercado.

“Yo me puse a llorar cuando vi tanta comida. Aquí es así, nunca se les ‘para’. Esos son los reales mejor ganados del mundo. De diez, dos. Por eso yo no le acepto trabajo a los venezolanos, porque los venezolanos tienen mucha mente abierta. Y ‘tan pagando a alguien y te quieren hacer de todo. Aquí en Roraima, en cambio, no. No es como en Guyana: yo estuve en Guyana y son cri-mi-na-les, ¿oyó?”, relata, conteniendo la carcajada que viene a continuación.

***

Un censo de 2010 determinó que en el barrio Caimbé, de Boa Vista, vivían alrededor de 3.800 mujeres y 3.600 hombres. Es una zona sin virtuosismos arquitectónicos: hileras de casas desiguales que se interrumpen por un abasto, un taller mecánico, un negocio que ofrece cachorros quentes (perros calientes), una padaria (panadería) y alguna iglesia evangélica.

Es el barrio atravesado por la calle Ivone Pinheiro; quizás, quién puede saberlo, la de mayor asiento de venezolanas dedicadas a la prostitución en Boa Vista.

Los espacios están copados. En una noche de un día de semana cualquiera hay hasta ocho venezolanas en cada esquina. Tres allá. Cinco acá. Todas se rigen por un código tácito: nadie rivaliza. Nadie quita clientes.

Roxana está en la esquina de la posada Castelo dos Sonhos: un motel con una fachada anaranjada que parece, más bien, una quincalla. Esta noche está con cinco de sus compatriotas. Una de ellas, su sobrina.

“Le digo: ponte bien ‘putica’ para que te los lleves. Pero yo hallo que esa (señala a una mujer en la esquina contigua) es la más bonita de cara, pero hay otras superbonitas también. Por allá está una que tiene el cabello superlargo… aunque aquí te digo: no ven lo bonito sino el carisma y cómo envuelvas al cliente. A un solo tipo le puedes sacar 300 o 400 reais y por eso le digo a ella que se ponga así”.

Roxana se asume como una gordita gostosa. “Cállate, que estamos hablando algo aquí interesante”, le grita a otra venezolana que recién se une al grupo y que ve con hostilidad la visita de dos periodistas. Aunque sean venezolanos, como ella.

“No vine aquí para esto. Mis dos hijos no saben que estoy dedicada a esto”, dice otra de las amigas. La pregunta para Roxana es, entonces, inevitable: ¿Qué le dices a tu familia?

“Yo tengo amigos en negocios. Hay uno que trabaja en una panadería y yo me hago fotos como si estuviera trabajando ahí y se las mando a ellos para que me crean”.

***

Por la Ivone Pinheiro pasa una moto. “Ese tipo tiene sida. Nadie se acuesta con él, pero nos ‘rondea’ tooodos los días”, dice Roxana cuando lo mira. El motorizado no es lo único que ronda por allí: a veces han tenido que huirle a clientes agresivos y a los policías federales.

“La semana pasada (la última de mayo), un tipo le sacó un cuchillo a una de ellas. Yo ya estaba con un cliente montada en el carro y vi la cuestión. Él quería ir para la posada y yo: ¡no, no, no, no! ¡Da volta, da volta! El tipo del cuchillo quería matarla, pero se fue corriendo. Desde ese día no me he quedado trabajando hasta tarde”, cuenta.

Son, la verdad, circunstancias extraordinarias. Las noches suelen transcurrir con una rutina pertinaz: un carro que frena, un hombre que pregunta “quanto é o programa?” y, dependiendo de la empatía, un trato cerrado.

El “programa” es una sesión de cama. En líneas generales, una brasileña cobra entre 100 y 120 reales por hora. Pero las venezolanas, para cazar al cliente, bajan el precio: 80 reales. Es por eso que allá, en Boa Vista, las llaman “as oitenta” (las 80).

Todas trabajan en una suerte de sociedad con los dueños de Castelo dos Sonhos: ellos las dejan estar en frente de la calle. Ellas les dicen a los clientes que la jornada es allí. Todos ganan.

“Tratamos de mantener limpias las calles. E hicimos contacto con los dueños de los hoteles para que nos dejen trabajar en sus habitaciones. Es más seguro para nosotras no salir del barrio. Nos hemos topado con hombres muy violentos. Aquí en Brasil consumen muchas drogas, lo bueno es que el nativo sabe que solo tiene que penetrar, el ‘programa’ no permite otro tipo de servicio, a menos que pague más”, dice una de ellas.

Roxana asiente y añade: “Cada mujer tiene sus reglas. Por ejemplo, yo, yo, yo, nunca me le desnudo al tipo así. Le bailo y lo desnudo a él. Pero si veo que tiene alguna anomalía le digo que estoy menstruando.

-¿Alguna anomalía cómo?

-Si le veo el pene raro… aunque nunca me ha tocado. Y si uno le dice: estoy menstruando, ellos respetan eso.

En febrero, Roxana cambió sus ganancias en dólares y fue a Venezuela: 2500, en total. Compró un apartamento de mil dólares. Pequeño, sí. En una zona humilde, sí. Pero ahora es su apartamento.

La meta próxima es llevarse a su hija y a parte de su familia a Brasil. ¿Que qué les dirá cuando estén en Boa Vista? No sabe. Cuando ese día llegue, verá. Pero en este momento sabe que no puede dejar su oficio.

Como lo saben muchas venezolanas que huyeron de Venezuela para dejar de pasar hambre. (Publicado originalmente en Crónica Uno)

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