Jueves, 06 Agosto 2015 00:00

Un Toronto® bajo el brazo

 
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La primera chuchería que pude pagar con mis “ahorros” fue un chocolate con leche y avellanas. El envoltorio era plateado y sobre eso tenía un papel color lila que yo coleccionaba para forrar cuadernos.

gastrologoLos venezolanos somos chucheros. Un ping-pong. Un Cocosette. Una Samba. Aquí no nacemos con una arepa bajo el brazo, sino con un “torontico”. Por algo somos el segundo país del mundo, después de EE UU, donde más se consumen galletas Oreo.

La Real Academia Española define chuchería como alimento corto y ligero, generalmente apetitoso. Para muchos de nosotros es sinónimo de chocolate. Para otros equivale a galletas. Y para los que siempre están buscando una tercera vía tenemos en nuestro haber una golosina perfecta que combina estas dos tendencias. ¿Adivinas? Exacto, es el aclamado Pirulin.

Por más dulcero que seamos ahora, hablar de chucherías es hablar de infancia. Antes no había casi ninguna preocupación materna por la cantidad de azúcar de un producto, ni por el origen de la merienda. Cualquier dulce que se comprara con monedas servía y los cumpleaños eran un festín de golosinas de todos los tamaños, sabores y presentaciones.

La primera chuchería que pude pagar con mis “ahorros” fue un chocolate con leche y avellanas. El envoltorio era plateado y sobre eso tenía un papel color lila que yo coleccionaba para forrar cuadernos. El vuelto lo pedí en caramelitos de leche, no sé si los recuerdan, se llamaban Vaca vieja. Nunca más los volví a ver.

El tercer atributo que me hace fanática de un confite es la fresa. La Samba es una galleta tipo wafle, increíblemente deliciosa, rellena con crema de fresas y recubierta con chocolate. ¿Y los sorbeticos de fresa? Las he visto recientemente en los anaqueles y ha sido una alegría del tamaño de una catedral.

El sonido de una galleta al morderla tiene una escala de crak inimaginable. Podemos pasear por los famosos cocosettes y las populares Susy, llegar a las Chips Ahoy y aterrizar en las canelitas. Gracias a Dios muchas aún se consiguen hasta en la esquina.  

¿Gomitas? Ehmm, no. Chupetas tampoco, pero los caramelos salvavidas eran mi perdición. Y aunque mis favoritos son los verdes, la edición Wild Cherry fue un hito en mi adolescencia. ¿Y el chicle PapaUpa? Era uno largo y amaba el que tenía sabor a cambur.

Los famosos M&M tienen su gemelo criollo. Los famosos dandis eran mis preferidos en las piñatas. Pastillas de colores rellenas de chocolate, ¿qué puede ser más mágico que eso para un niño?

Por supuesto, en un país productor de cacao, un repertorio de chucherías achocolatadas es natural. Avellanas, nueces, arroz inflado, maní, frutas confitadas, pasas, coco, caramelo, nombra cualquier cosa que pueda unirse con chocolate, y Savoy seguro ya creó uno. Tuve muchos affairs dulces, pero me marcó el Galak (chocolate blanco) y la Ovolmaltina, pero de bandeja, porque por alguna razón sentía que traía mucho más que el tubo.

Chucherías saladas también abundan, pero salvo los platanitos, ninguna me conmueve. Sin embargo, hay una que sin ser de elaborada manufactura me lleva directo a las memorias más divertidas de mi niñez: la pasta de tamarindo. De vez en cuando veo alguna en las panaderías. Idénticas. Un pequeño trozo de papel celofán transparente que recubre una crema color marrón brillante, en la que se aprecian algunas semillas y una textura granulosa. El verdadero sabor venezolano es el que nos hace feliz.

Para pensar con el café: La versión de Oreo que conocemos en Venezuela es única en el mundo. En todos los demás mercados solo existe la fórmula “americana”. De hecho, fuimos el primer país donde se comercializaron las galletas oreos de vainilla, que luego se expandieron a otras latitudes con el nombre de “golden oreos”. Pero lo que hace única a una Oreo es el ritual para comerlas. Yo las presiono para que la crema salga por los bordes y me como el exceso antes de morderlas completamente. Todos tenemos uno. ¿Cuál es el tuyo?

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